Por Juan Carlos Recio
Oh, Pedro!!! Esto es lo que debería ver uno publicado en Diario de Cuba, por ejemplo. Las razones son tantas que son de escuela. Aquí no se ha escrito un poema “decantador” ni para mostrar títulos leídos.
El poeta logra recoger, como en el cine (todo en uno), de una pieza lograda por su coherencia y altísimo nivel, el desfile correspondiente de personajes de la historia patria y la literatura, junto a aquellos que, como cuerpos de agua, se distinguen en la superficie desde lo imaginativo, con un lenguaje que incorpora evocaciones de épocas y las trae a este presente con la elegancia de un sentimiento de apropiación de lo nacional, como la luz de un mundo moral que mejor nos representó.
Las acciones de esas historias, a través del tiempo, curtidas con lo esencial —cubanía sin desprecio— constituyen el origen fundacional de aquello por lo que el alma cubana pudiera vanagloriarse. Y después, la afinidad y soltura de ese lenguaje y atmósfera que nunca nos asaltan, sino que nos guían con un sentido de integración de engranajes que avanzan, regresan y parten desde una idea que enlaza al siguiente personaje, a la imagen de la historia que seguimos, no como repaso —y ahí radica lo enorme del poema—, sino como un caudal no anecdótico mediante el cual el poeta narra lo que sabe, utilizando su inspiración y emociones para componer, de alguna manera, esa escritura interna de manantiales profundos de la conciencia creativa, que lo hace invisible y visible al mismo tiempo. La mano del poeta se amarra a la escritura como luz en la ceniza de una instrucción que domina con dosis exactas, haciendo fluida y constante la enumeración de la belleza, con otro logro medular: convencernos de mirar a cada uno de los mencionados —sea en imagen, palabra o como esas visitaciones que llegaron una noche al estudio de Carlos Enríquez— como parte de un arte que aparece o desaparece como imagen inequívoca de lo que ha concedido su historia. Un cierre alto sobre un tema: la pérdida de lo más genuino de la identidad.
Y, por último, lo singular no es la forma ni el uso conocido de los personajes, sino el logro en contenido, como el sueño de Dulce María con su isla mental hecha náyade, o las hermanas de Piñera, esa neblina que testimonia otras razones de la existencia; igual que cuando se bebía café con los negros debajo de una ruina, lo que aporta —junto a lo mencionado— esa refriega visible de simbolismos que ayudan a concientizar, de alguna manera, lo que nos ha ido dejando el destino, cuando lo visible trata de forzar lo invisible, y todos estamos ahí, diciendo adiós a la Isla de Telos, a un país que se fue y solo existe, como en este poema, en la historia y los anhelos de los hechos vividos, de esos nombres que repasan, por qué no, nuestra realidad a conciencia.
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Pedro Llanes
Casa del telos
Silvestre de Balboa soñaba con las na’yades
en la tarde cenital de Puerto Príncipe.
Echeverri’a y Domingo del Monte las dibujaron
como el sueño escriturado de Balboa.
Manuel de Zequeira soñaba haberse vuelto invisible
en una isla que no admite la invisibilidad
salvo cuando ha sido decretada por los invisibilizadores.
Doña Leonor de Guzmán hizo invisibles a sus indios
muertos por la gracia del acto de invisibilizarse.
Hernando de Soto e Inés de Bobadilla se invisibilizaban
a través del aparecer y desaparecer.
El padre Varela y Martí fueron decretados invisibles
por los que gobiernan el decreto de la invisibilidad:
es decir, Varela y Sofía, el Crucificado y Varela;
Martí radioso en el humo de la mañana
vio las na’yades mientras el sol lo arrastraba a Dos Ríos
para invisibilizarlo y luego visibilizarlo.
Casal las veía huir en el salero de Cellini
junto a María Cay detrás de la luces invernales.
Heredia las trajo a Puerto Príncipe
a la sala de audiencias que no había visto Balboa,
roto por la estrella, roto por destierro;
otro adiós, otra despedida a la isla del telos
como Tula de Avellaneda, Al partir.
Palma creyó escuchar a las na’yades
en el Bayamo de un siglo que terminaba cubiertas de mariposas y agua de primavera
visibles y al mismo tiempo invisibles.
Juana Borrero y Zenea las marcaron soñando
para buscar a Carlos e inutilmente a Fidelia ya muerta.
Las colas del caballo del conquistador
iban hacia el este barrie’ndolo todo,
las espuelas y las grupas con sus sombras
vinieron al estudio de Carlos Enríquez una noche lejana
Clavelito soñaba visibilizarse en los vasos de agua,
era tan solo poner el pensamiento en Clavelito.
Los galipotes traídos de La Española
se visibilizan e invisibilizaban como la regla kimbisa.
Zayas y Miguel Mariano desaparecían
porque aparecer y desaparecer tal vez sea el arte de los presidentes.
Los huelguistas frente a la escalinata se invisibilizaron
seguidos de otros huelguistas y otros invisibilizadores.
El ministro Regueiferos detestaba las na’yades,
las hubiera deportado con un simple movimiento de manos.
Villena, sin embargo, las podía visibilizar
al contrario de Palma y Domingo del Monte
en los huesos tuberculosos de las constituciones.
Invisibilizadores e invisibilizados se tiraron unos contra los otros sin saber que morían
en la guerra de la pura repetición
donde el mar más que una envoltura es un rey.
Dulce María soñaba con su isla hecha na’yade
cuyos pechos de junco agitan febrilmente los vientos
sin conocer la cara de los invisibilizadores
ni la línea divisoria de los invisibilizados.
Un tranvía desanda la neblina: bajan dos muchachas
que parecen ser las hermanas de Virgilio Piñera.
El mar nos rodea por todas partes como la noche.
Los invisibilizados creen resguardarse en medio de la noche.
Las frutas podridas y el olor a café suben hasta el puerto.
Virgilio bebe el café con los negros debajo de las ruinas.
Los huelguistas son ahora los invisibilizados,
tienen los rostros de niño abiertos en el viento.
Las hermanas de Virgilio que bajan del tranvía saludan a Lezama,
se han quitado sus sombreros de novia bajo el sol.
Gasto’n dice adiós a la isla niña del telos.
Las montañas de Colba apuntan al poniente.
Otra vez los remos. La rosa tiene su hora, habrá despertado,
así que hay que encontrar a Lorenzo Garci’a.
Volvamos a Jaguey. Sentémonos en un banco de iglesia.
Las madre’poras se han sumergido, somos protozoarios.
Las na’yades no se ven, se escondieron con Wichy, con Guillaume Apollinaire.
Lo visible trata de forzar a lo invisible.
Las montañas de Colba apuntan al poniente
donde fueron las sombras de Nova’s, de Ángel Escobar.
Reina María dibuja los rostros ovales de las na’yades.
» cuando se levantan los puentes hay un canal helado que remontamos»
La tarde de mil novecientos ochenta se hace co’ncava, invisible.
En la arena de Padua, (el escape es el puente.)
El telos ha ido a buscar las esquinas, la luz, brother, la luz.
Estación de Santa Clara, Sigfredo: sopla el enorme verano.
Los grifos chorrean sus ascuas vueltas a la noche.
El señor sigiloso también dice adiós a la isla del telos.
Los invisibilizadores se despiden de los invisibilizados
en una isla que no admite la invisibilidad.
Inédito, Santa Clara, 2014
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