Por KuKalambé
Las torres del edificio en la calle Calixto García constituían un secreto que todos conocían pero que nadie pronunciaba, secreto cuya presencia se mezclaba con la costumbre de mirar sin ver y de callar aquello que podría incomodar a cualquiera que se atreviera a nombrarlo. En la piedra gris se dibujaban bajorrelieves donde las cruces torcidas aparecían con la insistencia de un recordatorio involuntario y las figuras rígidas de cuatro brazos no eran simples adornos geométricos, aunque los jóvenes del barrio fingían creerlo para evitar cualquier inquietud.
Se decía que el edificio había tenido sus días de gloria. En su patio abierto funcionó el cine al aire libre Actualidades durante los años sesenta y setenta y los viejos recordaban las sillas de hierro tambaleantes, los proyectores que se apagaban a mitad de película y las noches en que el cielo y la pantalla competían por la atención del público. Hoy quedaba solo el fantasma de aquel esplendor, torres desnudas, manchas de humedad que formaban constelaciones improvisadas y relieves que nadie se atrevía a tocar.
Los transeúntes pasaban frente a las torres con la cautela instintiva con la que se bordea a un perro callejero que podría morder o ignorar y esa incertidumbre obligaba a quienes caminaban por la acera a un doble movimiento de atención y desatención. Miraban y no miraban, aunque todos sabían que estaban ahí. Algunos niños jugaban a descubrir la X señalando con picardía los símbolos tallados mientras los padres les ordenaban avanzar porque aquello no merecía ninguna explicación.
El carretillero que vendía boniatos solía bromear con la clientela y decía que nadie quería ver las esvásticas pero todos se disputaban un boniato, y que esa era la verdadera ideología del barrio. Las risas surgían aunque dejaban un regusto agrio porque el símbolo permanecía allí, demasiado grande para ser ignorado y demasiado incómodo para enfrentarlo.
Nele, recién llegada de La Habana, traía un álbum heredado de su padre donde su abuelo aparecía en otra historia, en otro continente y en otro tiempo. Sonreía en campos de colza, posaba en playas con sombrillas de papel y mujeres de peinados elaborados, caminaba junto a hombres de uniforme que exhibían brazaletes negros y rojos con letras SD o SS. En todas las fotos las esvásticas reaparecían con la terquedad de un testigo que insiste en no retirarse. Ondeaban en banderas, adornaban brazaletes y se instalaban al fondo de cualquier imagen, ajenas a la inocencia de los niños que sostenían helados pero no ajenas al orden marcial de los uniformes y los gestos rígidos. La normalidad del horror siempre inquieta más que su estridencia.
Nele suspiraba al pasar cada página. Comprendía que su abuelo había pertenecido a algo que nadie quería admitir del todo. En una foto revisaba las hombreras de su uniforme gris y en la manga se veía un diamante con las letras SD. Ella se preguntaba si aquello había sido un disfraz, un uniforme prestado o la evidencia incuestionable de lo que siempre se temió. Los uniformes negros, las botas brillantes y las sombras de arengas nunca pronunciadas ante ella persistían entre las imágenes con una claridad que el tiempo no había logrado debilitar.
En Guantánamo, cada vez que Nele levantaba la vista hacia las torres sentía que el álbum y la piedra establecían un diálogo silencioso y perturbador, un eco alemán proyectado sobre un paisaje caribeño. Una tarde afirmó que allí también había esvásticas. El abuelo levantó la ceja incrédulo y preguntó si hablaba de esa ciudad. Ella dijo que sí, que las torres del Actualidades conservaban símbolos que los habitantes preferían no reconocer.
Los vecinos más viejos, cuando hablaban en voz baja y solo si alguien insistía con auténtica obstinación, aseguraban que aquellas figuras torcidas no habían surgido por azar ni respondían a un gesto decorativo. Explicaban que en la década del treinta, durante el dominio nazi sobre Alemania, algún arquitecto aficionado o entusiasta de modas europeas decidió reproducir en Guantánamo los signos que veía en revistas extranjeras y en manuales de ornamentación. Lo hizo movido por una mezcla de fascinación estética y ligereza moral y esa decisión quedó fijada en la piedra con una tenacidad que nadie anticipó. El edificio conservó aquellas cruces torcidas y la frivolidad o la ceguera de aquel gesto atravesó generaciones hasta convertir al Actualidades en un custodio involuntario de un tiempo remoto que pocos estarían en condiciones de interpretar.
El abuelo escuchó sin negar ni confirmar nada. Comentó que la piedra lo soporta todo y que hoy podía tener una cruz torcida, mañana una paloma y otro día una estrella. Dijo también que lo decisivo no era la figura sino la costumbre. Nele respondió que aquello no podía equipararse y que la esvástica era lo que aparecía en el álbum, lo que él llevaba en la manga. El abuelo sonrió con cansancio y dijo que ella veía esvástica mientras él veía una figura que nadie se atrevía a borrar y que eliminar la piedra no eliminaba el pasado y que intentar simplificarlo siempre generaba peligros mayores.
Ella lo miró con rabia y compasión y le preguntó qué recordaba cuando contemplaba esa cruz. El anciano cerró los ojos y recordó el peso del uniforme, que una sonrisa registrada en una foto no equivalía a felicidad, y recordó también que lo terrible inicia sus avances disfrazado de detalle discreto en una pared ignorada. Recordó órdenes pronunciadas con voz firme y la disciplina impuesta con un gesto y los días en que la ropa planchada y los zapatos brillantes adquirían más importancia que la sonrisa de un niño.
El barrio continuaba llamando al edificio por lo que ya no era. Se decía que allí se habían proyectado desde viejos noticieros hasta películas soviéticas, desde Chaplin hasta melodramas mexicanos. Con la desaparición del cine el edificio quedó reducido a un esqueleto de concreto y las torres adquirieron el aire de un santuario abandonado. En las noches húmedas los vecinos juraban escuchar risas, murmullos y fragmentos de canciones y el eco del Actualidades se mezclaba con el rumor de los grillos. Un carpintero explicaba que las esvásticas se copiaron de un libro europeo y que nadie comprendía lo que representaban, que las adoptaron porque les pareció un diseño atractivo. La ironía era devastadora, un símbolo del horror preservado en pleno Caribe.
Nele sonreía amargamente cuando su abuelo decía que la historia logra disfrazar lo terrible con una facilidad desconcertante. Por la mañana, cuando el sol iluminaba las torres, las esvásticas se revelaban con una nitidez impertinente. Los transeúntes pasaban rápido mirando al suelo y al llegar a esa esquina inclinaban la cabeza como si algo en el aire ejerciera un peso añadido. El barbero de la acera recortaba cabezas y decía que esas cruces no hacían nada mientras el sol acababa con todos por igual. La gente reía por compromiso antes de mirar de reojo el relieve para comprobar que la figura seguía donde había estado siempre.
En la noche las torres se oscurecían y las figuras se confundían entre las manchas de humedad. Los jóvenes que bebían ron barato decían que parecían aspas de molino, molinos incapaces de triturar una idea. Aun así, a más de uno se le erizaba la piel. Nadie quería reconocer que en una ciudad remota sobrevivía un vestigio de la Europa más oscura.
Nele lo contemplaba con fascinación y desasosiego porque para ella, criada entre relatos familiares y con el álbum como herencia incómoda, las esvásticas eran heridas abiertas. Una tarde preguntó cómo podían pasar frente a aquello sin inmutarse. El abuelo, apoyado en su bastón más de estilo que de necesidad, dijo que la gente veía esos signos y pensaba en otra cosa y que uno veía geometría, otro veía un molino, otro un ventilador y que la mente encuentra salidas cuando no quiere recordar.
Nele dijo que era absurdo confundir una esvástica con un ventilador. El abuelo replicó que el ser humano transforma lo perturbador en paisaje y que en esos balcones se mezclaban ropa colgada, gallinas enjauladas y antenas torcidas y que en ese conjunto la esvástica terminaba integrada sin discusión.
Ella preguntó si debían aceptar la situación y él negó con calma. Dijo que no era aceptación sino memoria y que la piedra permanecería para que alguien, alguna vez, hiciera la pregunta exacta que ella estaba haciendo.
Los vecinos preferían hablar del cine porque resultaba menos incómodo que abordar símbolos prohibidos. Un antiguo proyeccionista contaba que allí vio a Chaplin y a Cantinflas y que la gente se reía y olvidaba el calor. Otro, vendedor de helados, aseguraba que las cruces siempre habían estado allí y que nadie prestó demasiada atención.
El contraste era grotesco. En las fotos del álbum las esvásticas ondeaban en playas de Prusia Oriental y en Guantánamo permanecían inmóviles vigilando un cine tropical donde sonaban rancheras y melodramas soviéticos. Nele no sabía si reír o llorar. Decía que la historia parecía estar jugando con ellos. El abuelo soltaba una carcajada seca y afirmaba que a los fanáticos les dolería ver su símbolo compartiendo espacio con gallinas, ropa colgada y Cantinflas.
Con el tiempo el relieve se volvió parte de la identidad del barrio. Los jóvenes lo usaban para dar direcciones y decían que vivían frente a las cruces raras o en la esquina de las aspas. La ironía era inagotable. El signo que infundió terror servía ahora para orientar a desconocidos.
Nele comprendió entonces que lo que en el álbum era amenaza en Guantánamo se había convertido en un accidente urbano, guiño torcido del tiempo. Caminaba por la esquina y miraba las torres y sentía que la ciudad le transmitía que la memoria puede ser ligera o pesada, benigna o dolorosa, pero nunca desaparece del todo. Allí, entre gallinas, ropa, proyecciones y olvidos, la historia seguía viva en la piedra y hablaba para quien estuviera dispuesto a escucharla.