Pertenecemos a una Nganga…

Por KuKalambé

O al menos, eso es lo que uno empieza a sospechar después de una noche que desafía toda lógica y tiempo. Pasada la medianoche, Armando de Armas se alejaba de la ‘Casa del Ser’, un apartamento secreto donde, según él, se tejían los hilos invisibles de un poder más allá de la comprensión humana. Cada paso suyo parecía resonar en un espacio que era al mismo tiempo físico y etéreo, como si caminara sobre memorias olvidadas y susurros de fantasmas. Las luces tenues se filtraban a través de las cortinas, proyectando sombras que se alargaban y deformaban hasta confundirse con figuras invisibles que parecían acompañarnos sin permiso. La atmósfera estaba cargada de un peso invisible, un zumbido apenas perceptible que recorría el aire como si la casa misma respirara y nos vigilara. Era imposible determinar si el tiempo transcurría de manera lineal o si cada minuto era una reiteración de otro, como si la noche se hubiera suspendido sobre nosotros y nos hubiera encerrado en un instante perpetuo.

Horas de conversación —si es que se puede llamar conversación a un monólogo compartido— nos llevaron desde los meandros de su novela La Tabla hasta los precipicios del pensamiento político: las «esencialidades» del castrismo, la decadencia inminente de la literatura cubana, la sombra que se cierne sobre la voz del escritor. Para Armando, esto no era un debate académico; era un ritual, un acto de resistencia casi místico, un intento de conjurar la claridad en medio de la oscuridad que asfixia su tierra natal. Cada idea que surgía parecía cargada de una energía antigua, como si en sus palabras se condensaran años de exilio, frustración, amor y odio hacia un país que sigue presente en cada respiración y en cada silencio. Yo me encontraba atrapado entre la fascinación y el desconcierto, consciente de que estábamos participando en algo que se movía entre la vida y la muerte, entre lo visible y lo invisible, algo que no podía explicarse mediante la lógica convencional.

Un encuentro entre ‘dioses’ y ‘muertos’, me dijeron. ¿Quién lo dijo? No lo recuerdo con certeza, tal vez fue Armando, o quizá alguna voz espectral que habitaba las paredes de la Casa, susurrando con un eco que parecía surgir de todos los rincones a la vez. Su ‘muerto’, sorprendentemente locuaz para alguien que ya ha cruzado el umbral, lanzó una disertación sobre las dificultades de escribir literatura anticastrista sin caer en los clichés de siempre. No eran meras palabras; eran veneno y antídoto, un hechizo que me atrapaba y me arrastraba hacia un abismo de reflexión donde la línea entre vida y muerte se difuminaba. Cada frase parecía contener un doble filo, capaz de abrir puertas y cerrarlas al mismo tiempo, de iluminar y oscurecer, de crear y destruir. Escucharlo era como caminar sobre un suelo que no se sostenía, como flotar en un aire denso y cargado de secretos, donde cada palabra podía transformarse en un oráculo o en una condena.

Y entonces, ambos ‘muertos’ —porque ahora yo también estaba atrapado en esa Nganga, una prisión espiritual que se cierra sin aviso— nos internamos en la catacumba del pensamiento y la literatura. Allí, en los rincones más oscuros del intelecto, las palabras se transformaban en cuchillas, en herramientas capaces de diseccionar el alma de la cultura cubana, revelando la putrefacción que se oculta tras años de represión, silencio y conformismo. Era un lugar donde la historia no se leía en los libros sino que se sentía en el aire, impregnando cada objeto, cada sombra y cada silencio. La catacumba parecía expandirse más allá de las paredes físicas del apartamento, extendiéndose hasta abarcar la memoria colectiva de un país y de sus exiliados, susurrando secretos que solo podían ser captados por aquellos dispuestos a escuchar con atención y sin miedo.

No se trataba de ‘presentismo’ ni del positivismo ‘hechológico’ que nos invade cada día. Eso es para las masas que consumen la vida en fragmentos y aceptan migajas de ideología servidas en bandejas doradas. Nosotros, los ‘muertos’, nos ocupamos de secretos que no pueden compartirse. Solo los iniciados pueden vislumbrar la verdad, un lujo reservado para unos pocos, un conocimiento que se percibe como un fuego que quema al mismo tiempo que ilumina, una luz que duele si no se está preparado para verla. Había momentos en que el silencio se volvía tan intenso que parecía tener peso, y era necesario contener la respiración para no romper la magia que envolvía la conversación, como si la casa misma nos exigiera respeto y concentración para que los secretos no se dispersaran.

Mientras avanzaba la noche, la percepción del tiempo se diluía todavía más. Las horas parecían expandirse y contraerse, cada segundo cargado de significados que no podían articularse completamente con palabras. La casa respiraba con nosotros, acompañando cada pensamiento, cada gesto, cada mirada. Las paredes parecían recordar cada historia, cada dolor, cada acto de resistencia, y su presencia invisible nos recordaba que no estábamos solos. El espacio se sentía vivo, un organismo que observaba y evaluaba, un guardián silencioso de la Nganga, capaz de absorber y reflejar nuestras emociones con una intensidad que sobrepasaba cualquier lógica humana.

Pero no temas, un proyecto editorial se perfila en el horizonte. No uno cualquiera, sino un libro que revelará lo que los vivos no pueden o no quieren ver. Arderá en manos de quien lo lea, no por el calor de la tinta, sino por el fuego de la revelación que contiene. Las ideas que se volcarán en esas páginas prometen estremecer a quienes se atrevan a confrontarlas, haciendo temblar certezas y hábitos, obligando a repensar lo que se da por sabido y cuestionando las estructuras que sostienen la percepción de la realidad. Y quizá, solo quizá, algunos más podrán unirse a nuestra Nganga, abandonando el confort de la ignorancia para adentrarse en las tinieblas del conocimiento prohibido. Allí, la realidad se mezcla con los susurros de los ‘muertos’ y los hilos invisibles del poder, formando un tejido que solo puede ser descifrado por quienes se atreven a mirar más allá de lo visible, a escuchar lo inaudible y a sentir lo que normalmente permanece oculto.

El proyecto, mientras tanto, parecía tomar vida propia. Cada idea que surgía, cada reflexión compartida, cada silencio cargado de significado, alimentaba algo que se expandía y se proyectaba hacia el futuro. La Casa del Ser, con sus sombras y ecos, se convertía en un laboratorio de lo intangible, un espacio donde los límites entre lo posible y lo imposible se desdibujaban. Era imposible determinar dónde terminaba la conversación y dónde comenzaba la magia, dónde se encontraba la verdad y dónde comenzaba la ilusión. Nos movíamos como caminantes en un territorio prohibido, conscientes de que cada paso nos acercaba a secretos que podrían cambiar la percepción misma de la literatura, la historia y la memoria de un país entero.

Cada palabra dicha, cada pausa, cada mirada, parecía resonar más allá de las paredes del apartamento, viajando a través del espacio y del tiempo, tocando hilos invisibles que conectaban vidas, pensamientos y emociones dispersas. La sensación de estar dentro de una Nganga no era solo espiritual, sino física, casi tangible, como si el aire mismo estuviera impregnado de historia, memoria y poder. Cada respiración se sentía más densa, más significativa, y uno comenzaba a comprender que la experiencia no podía explicarse con lógica o razón, sino solo vivirla y sentirla en plenitud, con todos los sentidos atentos y el espíritu abierto a lo desconocido.

Cuando la noche ya comenzaba a ceder lentamente al primer brillo del amanecer, se percibía que algo había cambiado. Nosotros, los ‘muertos’ y los vivos que nos habíamos sumergido en la Nganga, habíamos atravesado un umbral que transformaba la percepción de lo real y de lo posible. Las palabras habían dejado de ser simples sonidos y se habían convertido en herramientas de transformación, en vehículos de conocimiento que podían iluminar y destruir a la vez. La Casa del Ser permanecía allí, silenciosa y vigilante, como un guardián eterno de secretos que solo podían ser revelados a aquellos dispuestos a arriesgarlo todo, a mirar sin miedo y a adentrarse en las sombras del conocimiento prohibido.

Mientras nos alejábamos lentamente, uno comprendía que pertenecer a una Nganga no era solo una experiencia de la noche, sino una forma de existencia que permea el pensamiento, la memoria y la vida misma. La revelación no era un punto final, sino un proceso continuo, un viaje interminable hacia la comprensión de lo que se esconde detrás de la superficie de la realidad y de la historia, un conocimiento que exige valentía, paciencia y la disposición para enfrentar verdades que la mayoría preferiría ignorar.

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