Por Spartacus

En el conjunto de la poesía cubana escrita en el exilio, La cosecha ( Entre Líneas, 2014), de Félix Anesio, constituye una contribución de notable seriedad y consistencia. Su lectura pone de manifiesto una voluntad de rigor expresivo y de densidad reflexiva que convoca al lector no desde el arrebato emocional, sino desde la sobriedad de un pensamiento que ha madurado al calor de la experiencia y la introspección. Anesio no ofrece un libro complaciente ni superficial: su propuesta poética es una indagación sostenida sobre el sentido de la existencia, sobre la condición de quien ha sido desarraigado y sobre la memoria como fundamento de la identidad.
Desde los primeros textos se percibe un tono meditativo que rehúye lo anecdótico o lo meramente autobiográfico. En lugar de relatos personales o evocaciones sentimentales, el autor propone una mirada que se interna en los pliegues del tiempo, de la pérdida, de la esperanza y del desencanto. Esta mirada no se inscribe en una filosofía escolarizada, sino en una forma de sabiduría vital que ha sido ganada a fuerza de habitar las ausencias. La poesía de La cosecha está escrita con el temple de quien ha aceptado la incertidumbre como horizonte último.
La metáfora de la cosecha funciona como eje articulador del conjunto. Cosechar no es aquí una imagen bucólica, sino un gesto de recuento existencial. Se cosecha lo sembrado, pero también lo extraviado; se cosecha lo que el tiempo ha permitido madurar y lo que la vida ha dejado inconcluso. En esa tensión entre plenitud y carencia se inscribe la experiencia poética de Anesio. Su escritura da cuenta de un itinerario donde cada estación vital queda registrada en una lengua que se quiere medida, consciente, austera.
El lenguaje de Anesio se aleja deliberadamente del exceso retórico. No hay estridencias ni complacencias líricas. Cada palabra parece haber sido elegida con criterio de necesidad. La sobriedad expresiva es, en este sentido, un signo de su búsqueda de verdad. El verso no es ornamento, sino instrumento de indagación. Anesio escribe como quien interroga el silencio: con respeto, con cautela, con la conciencia de que hay cosas que sólo pueden decirse desde el límite.
Uno de los méritos de La cosecha radica en la forma en que trata el tema del exilio. Lejos de los lugares comunes de la denuncia o del lamento, el autor se detiene en la dimensión metafísica del desarraigo. El exilio no aparece como situación política puntual, sino como condición del ser. Hay en estos poemas una reflexión sobre el extrañamiento radical que afecta al sujeto contemporáneo, al margen de coordenadas históricas o geográficas. En este sentido, Anesio se inscribe en una tradición poética que incluye nombres como T.S. Eliot, Paul Celan o Czesław Miłosz.
El tono general del libro es de recogimiento, de contemplación. No hay en sus páginas voluntad de espectacularidad ni gestos de afirmación gratuita. Por el contrario, cada poema parece surgir de un proceso de depuración interna, de escucha atenta de una voz que se sabe vulnerable. La tensión entre fragilidad y lucidez da al conjunto una densidad singular. La cosecha es un libro escrito desde el reconocimiento de los límites, pero también desde la voluntad de dar testimonio de una forma de estar en el mundo.
En varios pasajes del poemario se advierte una dimensión espiritual que no se ajusta a los moldes confesionales ni doctrinales. Se trata de una espiritualidad entendida como búsqueda, como interrogación abierta. El poema se convierte en espacio de meditación sobre el sentido, sobre la muerte, sobre la posibilidad de redención. El Dios que aparece en estos versos no es el de las certezas religiosas, sino el de las preguntas sin respuesta, el de la espera silenciosa.
Un ejemplo elocuente de esta actitud es el poema que concluye con los versos: «que he procreado / que he vivido. Ay de mí, al contemplar, imperturbable, esa fecunda aridez extendida hacia lo alto. Hacia un cielo, ya sin nubes, que derrame / generoso, la gota de lluvia indispensable / que permita cantar mi último verso». Aquí se cifra buena parte del espíritu del libro: la conciencia de haber vivido, de haber sembrado, y la esperanza, a pesar de todo, de una última posibilidad de fecundidad.
La construcción simbólica de los poemas descansa en una relación muy precisa con lo concreto. Anesio no trabaja con abstracciones vacías: su poesía se alimenta de imágenes vinculadas a lo cotidiano, a lo físico, a lo elemental. La tierra, el cuerpo, la lluvia, el pan, la casa: estos elementos configuran un repertorio simbólico que remite a lo esencial de la experiencia humana. El poeta no busca desmaterializar la realidad, sino descubrir en ella una dimensión oculta, una verdad poética que la trasciende sin negarla.
Cabe destacar el carácter ético de la escritura de Anesio. Su poesía no pretende imponer una visión ni adoctrinar, pero sí plantea una actitud frente al lenguaje y frente a la vida. Es una poesía que invita a la pausa, a la reflexión, a la contemplación. En una época marcada por la prisa y la saturación de palabras vacías, La cosecha ofrece un espacio para el silencio elocuente, para la escucha interior. Es, en este sentido, una propuesta profundamente contemporánea: porque va contra la corriente, porque se atreve a pensar, porque no renuncia a la densidad.
En suma, La cosecha de Félix Anesio es una obra que merece una lectura detenida y rigurosa. No solo por la calidad de su escritura, sino por la seriedad de su propósito. Es un libro que interpela al lector desde una zona de profundidad que pocas veces alcanza la poesía actual. En su aparente sencillez se esconde una complejidad que se revela con el tiempo, con la relectura, con el ejercicio de la atención. Y en esa complejidad serena reside su verdadera grandeza.