Por El Coloso de Rodas
En La isla que se repite, Antonio Benítez Rojo dedica un extenso capítulo, estructurado en cinco epígrafes, a una de las obras más emblemáticas de la antropología cubana, el Contrapunteo cubano del tabaco y el azúcar de Fernando Ortiz. Ese capítulo, que por su densidad crítica y su estructura de análisis podría transformarse fácilmente en un libro de más de cien páginas si los herederos de Benítez Rojo lo autorizaran, constituye un ejercicio de lectura y, al mismo tiempo, un desmontaje de las claves interpretativas que han acompañado al Contrapunteo a lo largo del tiempo. Su aporte radica en que no se limita a reproducir la admiración reverencial por Ortiz, sino que abre una fisura, un espacio de problematización donde la antropología, la historia cultural y la teoría literaria se entrecruzan.
La propuesta de Benítez Rojo sugiere que el Contrapunteo puede ser leído no solo como un ensayo clásico de interpretación nacional, sino como un texto susceptible de ser atravesado por las preguntas y categorías de la postmodernidad. Al recurrir, de manera sugerente, a la Condición postmoderna de Jean-François Lyotard, Benítez Rojo problematiza la idea misma de los metarrelatos en la obra de Ortiz. Según Lyotard, la postmodernidad se caracteriza precisamente por la incredulidad hacia esos grandes relatos que pretenden ofrecer una visión total de la historia, de la cultura o del progreso humano. Sin embargo, trasladar esta premisa a la obra de Ortiz no resulta un gesto simple ni automático. De hecho, supone un ejercicio de tensión: Ortiz, en tanto intelectual de la primera mitad del siglo XX, no podía renunciar a los grandes relatos porque eran precisamente la base sobre la cual se construía el conocimiento moderno y la identidad nacional. En este sentido, el Contrapunteo se presenta como un metarrelato inconcluso, un discurso que aspira a la totalidad pero que simultáneamente se abre a la fragmentación, a la hibridación y a la pluralidad de las formas culturales.
El texto orticiano, lejos de clausurar las narrativas, las coloca en fricción. Por un lado, construye una oposición binaria entre tabaco y azúcar, entre producción artesanal y producción industrial, entre lo criollo y lo importado, entre la libertad relativa del veguero y la dependencia del ingenio azucarero. Por otro, esta oposición es desbordada por la propia lógica del ensayo, que introduce elementos de la economía, de la etnografía, de la historia colonial y de la cultura popular. Así, el Contrapunteo no se deja reducir a un esquema determinista ni lineal, sino que abre un espacio intermedio, un terreno híbrido que anticipa, en muchos aspectos, la sensibilidad posmoderna sin pertenecerle de lleno. Se trata de un texto que intenta ordenar, pero que al mismo tiempo revela el desorden constitutivo de la cultura cubana.
Benítez Rojo advierte que esa hibridez no debe leerse como un mero cruce de elementos, sino como una estrategia narrativa y epistemológica. Ortiz describe un Caribe que no es homogéneo ni armónico, sino turbulento, marcado por repeticiones, fracturas y recombinaciones. De ahí que la lectura benitezrojiana encuentre en el Contrapunteo no tanto un texto moderno “cerrado”, sino un laboratorio textual que permite pensar la cultura caribeña como flujo, como proliferación de diferencias, como lo que él mismo llamaría más tarde performatividad. En ese punto se establece una continuidad entre la mirada orticiana y la de Benítez Rojo: ambos piensan el Caribe desde la multiplicidad, aunque Ortiz lo hace desde la necesidad de construir un relato integrador, mientras que Benítez Rojo, ya en clave postmoderna, resalta la imposibilidad de cerrar ese relato.
Ahora bien, el valor de este análisis no se limita a la relectura crítica del binomio tabaco-azúcar, sino que abre perspectivas más amplias para los estudios históricos y culturales sobre Cuba y el Caribe. Ortiz, en su afán de destacar los productos de exportación y su papel en la formación de la identidad, relegó a un segundo plano otras realidades económicas y sociales, como el sistema de hacienda ganadera en las regiones centro-orientales del país. Benítez Rojo, sin proponérselo, abre la puerta para repensar estas zonas marginales al discurso económico global, donde el ganado y las estancias representaban una forma distinta de relación con el territorio, menos vinculada al mercado internacional pero no por ello menos significativa. Allí se forjó un ethos rural, una experiencia cultural marcada por la relativa autonomía frente a los ciclos del azúcar, que luego incidió en movimientos políticos, en la estructuración del campesinado y en la resistencia cultural frente a los modelos centralizados.
La hacienda ganadera, si bien marginal frente al predominio económico del azúcar, se convirtió en un laboratorio social donde se ensayaron formas de vida y de organización distintas. No es exagerado pensar que esas experiencias contribuyeron al cambio de paradigma que sobrevino con la centralización capitalista de los centrales azucareros. Estos últimos no solo reorganizaron la economía, sino que redibujaron el mapa social y territorial de la isla, imponiendo un nuevo orden basado en la concentración de tierras, en la migración de trabajadores y en la subordinación creciente a los mercados internacionales. En este tránsito, lo que estaba en juego no era únicamente la producción material, sino la producción simbólica: el modo en que los cubanos comenzaron a pensarse a sí mismos como parte de un sistema global.
De ahí la pertinencia de releer el Contrapunteo no como un texto clausurado en la modernidad, ni tampoco como un mero pretexto para aplicar las categorías de la postmodernidad, sino como un punto de cruce entre ambas lógicas. El ensayo de Ortiz muestra la vigencia de los grandes relatos, pero también evidencia sus límites, su incapacidad para abarcar la totalidad de lo real. En este sentido, es posible afirmar que la obra oscila entre la modernidad y la postmodernidad, entre la necesidad de un relato totalizador y la constatación de la fragmentación y la hibridez cultural. Benítez Rojo, al leerla en clave postmoderna, no la reduce, sino que la expande: la convierte en un prisma a través del cual se pueden observar no solo las tensiones del pasado colonial y republicano, sino también los desafíos de la interpretación contemporánea.
Tanto Ortiz como Benítez Rojo coinciden en reconocer que la cultura cubana —y, por extensión, la caribeña— no puede comprenderse desde categorías rígidas. El Contrapunteo y La isla que se repite dialogan desde diferentes épocas, pero confluyen en una intuición fundamental: la cultura no es un sistema cerrado ni un relato acabado, sino un campo en constante movimiento, marcado por la repetición, la diferencia y la hibridación. En este cruce se revela no solo la vigencia de Ortiz, sino también la capacidad de Benítez Rojo para reconfigurar el horizonte de los estudios caribeños, situando la reflexión sobre la hibridez en el centro del debate académico.
La propuesta de no limitarse únicamente a la economía azucarera y tabacalera, tan central en la interpretación orticiana, abre un horizonte de reconsideraciones que permite redescubrir aspectos poco atendidos de la realidad colonial cubana. El gesto crítico de Antonio Benítez Rojo, al situar el Contrapunteo cubano del tabaco y el azúcar en un marco más amplio, no consiste únicamente en ampliar las categorías económicas de Ortiz, sino en repensar la complejidad de las estructuras culturales y sociales del Caribe. En este sentido, su mirada se desplaza hacia la noción de archipiélago, en el que las dinámicas transculturales no se reducen a la interacción directa con el mercado global, sino que emergen también de las conquistas del hinterland y de las formas productivas ligadas a la vida interior de la isla. Esta línea de interpretación lo aproxima, aunque de manera oblicua, al espíritu de Casa-grande e senzala de Gilberto Freyre, donde la sociedad brasileña aparece configurada como un sistema abierto de mezclas, tensiones y continuidades que no dependen únicamente de la lógica de exportación, sino también de las sedimentaciones que ocurren en la vida doméstica, rural y local.
El problema radica en que Benítez Rojo, al postular una tesis postmoderna del archipiélago caribeño, parece proyectar esa visión sobre un período histórico que, en rigor, no podía sostenerse más allá de mediados del siglo XIX. A partir de ese momento, el modelo funcionalista, tan bien descrito por Juan Pérez de la Riva en sus estudios sobre la demografía y la economía cubana, se impuso como el patrón dominante en la conquista del espacio. Este modelo, estrechamente vinculado al proceso de centralización azucarera y al auge de los ingenios, transformó la isla en un escenario donde la división espacial y económica se hizo cada vez más marcada. La distinción entre la Cuba A y la Cuba B, formulada por Pérez de la Riva, ilustra esta transformación: la primera, abierta al mar y dependiente del mercado global; la segunda, orientada al hinterland, con dinámicas internas de subsistencia y producción que respondían a lógicas de autonomía relativa.
La pertinencia de esta distinción no se limita al pasado. Incluso en la actualidad, Cuba y el Caribe pueden pensarse como híbridos de esas dos tendencias históricas: la del contacto marítimo, que remite a las economías de plantación y exportación, y la del hinterland, que expresa modos de vida ligados a las producciones internas y a la resiliencia territorial. Aunque la historiografía privilegió durante mucho tiempo la primera, los estudios más recientes han mostrado cómo la segunda —la Cuba B— ofrece claves fundamentales para comprender las resistencias culturales, las economías paralelas y los procesos de formación identitaria que escapaban a las lógicas centralizadoras del azúcar.
A pesar de estas innovaciones interpretativas, el Contrapunteo orticiano permanece anclado en lo que podríamos llamar una época de iniciación positiva, aquella en la que los relatos eran esencialmente funcionalistas. No se trata de reducir la obra de Ortiz a un esquema simplista, sino de reconocer que su mirada está inscrita en una tradición de pensamiento que buscaba explicar los fenómenos sociales en términos de causalidad y de mecanismos estructurales. El propio carácter del ensayo, con su insistencia en el contrapunto como metáfora de tensiones estructurales, revela un impulso profundamente funcionalista: las culturas, los sistemas productivos y los hábitos sociales son examinados en función de cómo operan, de qué lugar ocupan en el engranaje global, de qué papel cumplen en la constitución de la cubanidad.
En este punto resulta revelador el hecho de que Bronislaw Malinowski, una de las figuras centrales del funcionalismo antropológico, reconociera en el concepto de transculturación una aportación de vanguardia dentro del repertorio categorial de la disciplina. Esa aceptación sitúa a Ortiz en una posición ambivalente: por un lado, como innovador capaz de introducir nociones que desbordaban el marco funcionalista; por otro, como pensador que todavía permanecía bajo la sombra de la funcionalidad y de la búsqueda de coherencia estructural. Esta tensión interna es la que dota al Contrapunteo de su riqueza y de su complejidad, pues lo convierte en un texto que oscila entre la modernidad estructural y la apertura hacia lógicas posteriores de hibridez cultural.
La pregunta fundamental que atraviesa la obra de Ortiz, y que conecta con la tradición funcionalista, puede resumirse en la interrogación por el funcionamiento de las cosas: ¿por qué y cómo operan las estructuras sociales y culturales? El ensayo orticiano no se limita a identificar elementos aislados de la vida cubana, sino que se esfuerza por mostrar su interrelación, su engranaje, su lógica operativa. Esa búsqueda de totalidad, sin embargo, nunca alcanza un cierre definitivo, y es precisamente en esa apertura donde se anida su potencial de reinterpretación. Cada generación de lectores ha podido regresar al Contrapunteo para descubrir nuevas resonancias, para aplicar nuevos marcos teóricos, para expandir su horizonte de significación.
La obra de Ortiz se revela como un metarrelato inconcluso, atravesado por tensiones entre la modernidad y la postmodernidad, entre la funcionalidad estructural y la hibridez cultural. Benítez Rojo, al leerlo desde la lógica del archipiélago, lo sitúa en un espacio de proliferación y diferencia, pero la tradición funcionalista en la que Ortiz se formó sigue actuando como un marco de contención. Así, el Contrapunteo es al mismo tiempo un documento de su tiempo y un texto que lo desborda, una obra que nos obliga a pensar la cubanidad desde el funcionamiento de sus estructuras, pero también desde la apertura de sus fracturas.
El valor de esta obra no reside únicamente en su capacidad de explicar el tabaco y el azúcar como metáforas de la nación, sino en su condición de laboratorio discursivo donde se ponen en juego múltiples niveles de análisis. Ortiz, desde su mirada estructuralista y funcional, desentrañó mecanismos sociales con el afán de comprender la totalidad. Benítez Rojo, desde su sensibilidad postmoderna, convirtió esa totalidad en archipiélago, en multiplicidad que se repite y se diferencia. El diálogo entre ambos revela, en definitiva, que la cultura cubana —y la caribeña en general— no puede reducirse a una sola lógica, sino que debe entenderse como un campo de tensiones, de superposiciones y de permanentes desplazamientos.