Por Blanca Caballero
A: P. P. Oliva
Después de un día de arduo trabajo en su estudio, Él fue a la cafetería que estaba cerca de su trabajo. Pidió una taza de café y miró a su alrededor. A su lado había una pareja de novios, Juan y Elenita, que no cesaban de acariciarse y besarse. No respetaban su espacio; solo faltaba que se metieran dentro de su taza de café.
La pareja se convirtió en centro de atención de las personas que estaban esperando. Algunos hicieron comentarios sobre ellos.
—Compórtense, están en la calle —dijo una señora mayor, visiblemente molesta.
Seguidamente, un muchacho, riéndose a carcajadas, agregó:
—¡No aprieten tanto, caballeros!
Él, molesto e indignado, no sabe si por la escena de la pareja o por los comentarios, decide irse. Apura el café y se larga.
En el regreso a casa tiene que tomar una guagua. Se sitúa en la parada, llena de personas impacientes. La guagua tarda, está cansado, solo piensa en su sillón de mimbre para tirarse un rato y descansar.
Mientras tanto, recuerda al vecino que se ha dedicado a informar a las autoridades de todo el movimiento que ocurre en el barrio. Fue capaz de delatar a Julito porque había comprado una libra de carne de res . Lo enfurece: solamente quería darle de comer a su familia.
Entrar en la guagua fue una lucha campal contra todos los que se precipitaron sobre la puerta. Logra montarse en la guagua; más bien lo montaron, lo subieron en peso, la multitud de la parada.
En la guagua, los pisotones se hacen interminables. Va de una esquina a otra recibiéndolos. Lo pisan con saña; grita, y el agresor lo mira con cara desafiante. Discuten y casi se van a las manos.
Es como un pequeño zoológico: hay todas las especies. Allí ve a uno tratando de hurgar en el bolsillo ajeno Ese es un ratero de los pasajeros, igual que un cao. Es un ser inquieto y burlón; siempre se sale con la suya.
Allá ve dos ancianas conversando en voz alta que se le acercan. Tiene terror de colocarse al lado de las cotorras que comienzan sus charlas de gritos y expresiones obscenas y no paran hasta que se bajan en la parada. Un grito de alguna de ellas, cerca de su oído, le descompone el día.
Ve al final de la guagua al hombre de brazos largos que deja caer… caer su mano en las nalgas prominentes de alguna mujer. Se mantiene en esa posición hasta que la mujer se da cuenta y protesta; los abucheos le siguen y se ve obligado a bajarse en la próxima.
El olor del sudor agrio, por la falta de productos de higiene, hace que el espacio sea más reducido, casiirrespirable. Piensa que una de las proezas del ciudadano, en estos momentos, es tener que lidiar con una guagua a cualquier hora del día.
Llega a su parada, baja y va caminando hasta su casa, mientras se va sumergiendo en su mundo de fantasía y de creación.
El artista llegó a su casa y buscó afanosamente el periódico. No lo encontró.
—Clementina, Clementina —repetía—. ¿Dónde está el periódico?
No obtuvo respuesta. Entonces pensó, irritado:
Desde que compré el sillón de mimbre, Clementina se pasa todo el tiempo instalado en él. Lo compré para descansar cuando regresara de mis largas horas de trabajo y no lo puedo usar. Pero no es solo Clementina: todos en la casa vigilan el momento para sentarse. No dejan que se enfríe: siempre hay alguien esperando.
Negando con la cabeza, fue a la cocina en busca de una taza de café. Sabía que era misión casi imposible. Las tazas desaparecían en manos de sus inquilinos y acababan en los usos más insospechados.
En la primera que encontró estaban Juan y Elenita, haciendo el amor. No era que le molestara el amor ajeno, pero sí que luego tuviera que usar esa taza. Además, no lo dejan tranquilo. no hay remedio se ha perdido por completo la privacidad.
En la siguiente estaba Julito, que castigaba a su propio vecino pescándolo con anzuelo. Lo llevaba amarrado al cordel de la caña, y así se entretenían horas. Ese fue el castigo que le pudo aplicar al delator, hubiera querido que fuera más ejemplarizante, pero es mejor algo que nada.
Y en la tercera, una muchacha de trenzas permanecía sentada, en completa inacción. Esa era la razón de que nunca hubiera una taza disponible.
Resignado, decidió acercarse al sillón de mimbre. Clementina seguía allí. Él se parapetó, paciente y atento. Cuando ella se levantó, corrió, y por milésima de segundo llegó antes que la novia de David, que también acechaba desde la esquina opuesta.
—Gané en justa pelea. Llegué primero —dijo triunfante.
La novia de David, al borde del llanto, murmuró:
—En esta casa no hay respeto con los inquilinos…
—Al fin descanso —exhaló el artista.
Entonces recordó a sus amigos Pablo y José, que se lanzaron al mar en una balsa de neumáticos. Cargaron agua, ron y algo de comida. Quince días después solo quedaba ron. El sol y la sed los enloquecieron. Al decimoséptimo día vieron un barco. Gritaban eufóricos: “Happy new year!”, lloraban, se abrazaban. ¡Al fin la libertad! Hasta que un miliciano del guardacostas les informó que pasarían ese Año Nuevo —y muchos más— tras las rejas.
También pensó en la familia Pérez, que vendieron la casa con la vieja adentro, y los compradores se comprometieron a cuidarla hasta su muerte. Hay muchas formas de marcharse de la isla, aunque la más popular es construir uno mismo el barco.
Un golpecito en sus piernas lo sacó de su ensimismamiento. Era el rey, impaciente:
—¿Cuándo vas a terminar la escultura? Solo te falta la pátina. No busques más perfección: está muy elegante y linda. Y hazme unos buenos remos para el viaje. Cruzar el Atlántico no es tarea fácil.
Detrás de él venía un pez gigantesco arrastrado por sus personajes. Lo empujaban entre algarabía y tropiezos. Uno gritaba que movieran el pez hacia adelante porque tenía un pie atrapado. Si el artista no los ordena, lo aplastan.
—Una obra de arte necesita su tiempo —refunfuñó—. Siempre impacientes por ser viajeros…
No le dejaban descansar, ni tomar café, ni dormir, ni vivir. Pero eran sus hijos: debía tolerarlos.
Frente a él estaba una escultura de un individuo barbudo, vestido de verde. La observó con ceño fruncido. Clementina también lo miraba fijo. Estaba lista para recuperar el sillón apenas él se levantara.
—No empiece a tirarle ojitos al barbudo —le gritó—. Usted no es Pokémon. ¡Luego los voy a tener que recoger yo!
—Tienes razón, Clementina —respondió él—, pero me hace muy feliz…
Las calles estaban llenas de gente que solo hablaba de irse. Había ideas inverosímiles. Y él imaginaba otras tantas.
Llegó entonces la niña del paraguas, lleno de miniatura de personas rumbo al viaje definitivo.
—Hemos analizado los vientos —anunció—. Creemos que es el momento de despedirnos. Deseo suerte y buen arribo.
—Eso espero —respondió con tristeza—. Pero nunca olviden sus raíces…
Miró luego al sillón exclusivo, donde estaba siempre José Martí. Triste. Como si nunca hubiera imaginado tal deterioro del país.
También recordó a la novia que lloraba sin descanso: le habían desmembrado la familia. ¡Hasta el novio se fue! Otros estaban presos sin clemencia ni perdón
El artista encendió el televisor. Las mismas caras. Las mismas consignas.
—¡Vivan los mismos! —murmuró con ironía.
Se puso a dibujar. Y entonces: oscuridad.
Los vecinos gritaron:
—¡Coño, se fue la luz!
—¡Me cago en el barbudo!
Él se encogió de hombros. Nada nuevo.
Recostó la cabeza. Esperaría la luz durmiendo.
Se hace el alumbrón. El presidente de la cuadra se apresura, consciente de que la luz durará poco, y llega a la casa para citarlo a una reunión. El artista se niega. Es amenazado con que se reportará su “apatía ante las tareas de la revolución”.
Pero él solo piensa en aprovechar aquel momento de luz, breve y milagroso. Se sienta frente a su caballete y comienza a dibujar. Aparece un hombre barbudo, vestido de verde, sosteniendo una flauta en sus manos. Lo sigue una multitud que camina con determinación. Las personas que lo siguen tienen sus oídos rotos. A pesar de la situación, ellos continúan su marcha hacia la aniquilación. Es un nuevo Hamelin, el flautista encantador, y no se toman un instante para pensar con claridad