Por Blanca Caballero
El sol abrasaba y la ciudad tenía un ajetreo inusual. Hoy se sacrificaba a los vencidos al dios Huitzilopochtli, que pedía sangre para que el sol no dejara de arder; el sacerdote estaba en la cima de la pirámide, miraba a la multitud con fría expresión. Sus movimientos eran lentos y calculados.
Se oían las conversaciones, gritos, canticos que animaban la matanza. Arriba se encontraba Itzcóatl, el guerrero más feroz del imperio. Sus habilidades físicas rebasaban a cualquier otro guerrero. Todos lo creían infalible. En su niñez fue rebelde y lo castigaron con dureza: lo azotaron varias veces con agujas de maguey y lo expusieron al vapor de chile. Estaba lleno de cicatrices internas, que nunca cerraron.
Se encontraba con los brazos cruzados en el pecho pensando sobre su vida: —»Rebelde siempre mi corazón ha sido. Niño yo, me hicieron beber humo-humo de chile. Mis ojos, mis narices, estallaron de picor-dolor. También espina de maguey me visitó; hizo camino de agujeros en mi oreja».
Días atrás se internaron en la selva y vieron un asentamiento. Enseguida se dispusieron a atrapar a los habitantes, tenían que llevar víctimas para satisfacer a su dios. La batalla fue rápida y cruel. Capturaron a todos los hombres y los llevaron a través de caminos intransitables hasta su ciudad. Lo esperaba el sacerdote, orgulloso y convencido de que ellos traerían suficientes elegidos. Itzcóatl estaba satisfecho. Había cumplido con su deber y los dioses lo recompensarían.
Luego de que toda la plaza se llenó de sangre y olores nauseabundos, mezclados con el miedo y el sudor de los sacrificados, Itzcóatl se dispuso a tomar una taza de cacao con zumo de maguey. Había finalizado su tarea, pero sentía una inquietud inesperada que no podía precisar. Decidió ir a su aposento y hacer un brebaje con semillas de ololiuqui. Quería abrir los sentidos. Estar listo. Comprender su destino.
Estaba inquieto y decidió ir de caza; se internó en la húmeda y frondosa selva. Los arbustos lo rozaban y herían la piel. Aún bajo el efecto de la droga; el paisaje que veía estaba distorsionado, las hojas de los helechos eran inmensas, podía ver cada espora, los árboles no tenían fin. Sacudió la cabeza varias veces para despejarse, pero no lo consiguió. El calor lo asfixiaba y se sentía cansado, por lo que se detuvo cerca de un precipicio con la intención de observar en busca de posibles presas.
De pronto, una mole negra lo golpeó y lanzó al barranco. En su caída sintió golpes en el cuerpo de piedras y malezas, la piel se le desgarraba. Se oía el chasquido de sus huesos al romperse. Cuando llegó al suelo intentó ponerse de pie; no lo consiguió. Se dio cuenta de que tenía el brazo y la pierna rotos, astillados. Los huesos asomaban por la piel. Un dolor agudo se apoderó de él. Se arrastró con la idea de alcanzar un trozo de palo para poder usarlo como sostén.
Sintió un aliento cálido en su espalda. Volteó la cabeza y se enfrentó con la faz inmensa del jaguar que lo miraba con ojos codiciosos. El jaguar lo tomó con sus fauces. Se despidió de su vida; sabía que con lo estropeado que estaba no lo podía vencer. La fiera comenzó a arrastrarlo hacia su guarida; en el trayecto sintió más dolores y golpes. Las mandíbulas se aferraban con fortaleza en su brazo y, cada vez que apretaba el jaguar, rompía tendones y vasos sanguíneos. Hubo un instante en que lo volteó y lo golpeó contra el suelo al sentir una débil resistencia.
El trayecto fue delirante. Los dolores lo invadían; a veces perdía el sentido y volvía a recuperarlo. Finalmente, llegaron a la cueva. Dentro de ella había dos cachorros de jaguar que corrieron hacia su madre. La bestia tiró la presa a sus hijos. Como aún eran pequeños, sus mordiscos no eran letales. Sintió cada dentellada, cada zarpazo, mientras seguía con vida. Antes de caer inconsciente, pensó en las presas humanas que había traído para ofrecerlas a Huitzilopochtli, y comprendió a plenitud qué habían sentido ellas.