Por Coloso de Rodas

La historiografía cubana del siglo veinte ha sido entendida muchas veces como un territorio donde confluyen tensiones entre narrativas oficiales y aproximaciones críticas que buscan desplazar el foco de la historia hacia sus estructuras más profundas. En ese panorama intelectual, la obra de Juan Pérez de la Riva ocupa una posición singular debido no solo a la amplitud de su producción sino también a la coherencia metodológica que articula un proyecto orientado a lo que hoy podría definirse como intrahistoria. Antes de su intervención, Ramiro Guerra y Herminio Portell habían señalado la relevancia del archivo y del documento, aunque desde ángulos distintos. Sin embargo, fue Manuel Moreno Fraginals quien introdujo un análisis de bisturí económico y social en El ingenio[1], mientras que Pérez de la Riva optó por la lupa que atiende a lo minúsculo y a lo casi imperceptible. Esa mirada detenida lo llevó a entender que en las huellas pequeñas se encontraba buena parte del sentido histórico de la sociedad colonial.
A partir de ese gesto, es posible advertir que Pérez de la Riva desplaza el interés historiográfico desde lo monumental hacia lo aparentemente insignificante con una intención que es documental y también epistemológica. En lugar de reproducir la centralidad de los bustos que ocupan plazas o la reiteración de gestas fundacionales, decidió seguir el rastro de los actores sin nombre, aquellos cuya presencia se oculta en los márgenes del archivo y cuya vida queda registrada en anotaciones contables y censos incompletos[2]. Ese desplazamiento implica una toma de posición ante el relato heroico dominante en la cultura cubana. Su proyecto se orienta a escuchar el murmullo de los anónimos, porque en ese murmullo se encierra la continuidad profunda de la sociedad. Allí donde otros veían polvo y deterioro, él encontraba los signos que permiten entender la estructura del pasado.
Su corpus, conformado por más de un centenar de estudios, cubre temas que van desde la demografía histórica hasta las migraciones forzadas, pasando por esclavitud, barracones, campesinos pobres y jornaleros. Aunque pudiera parecer disperso, la lectura cuidadosa revela una unidad sostenida en una convicción teórica fundamental. La historia no debía explicarse solo por el conflicto colonia y metrópoli, sino por las estructuras económicas, sociales y raciales que definieron el modo de vida en la isla. En este sentido resulta significativa su afirmación sobre “la cifra espantosa de los esclavos”[3], que sintetiza la densidad de su pensamiento. Esa cifra permite comprender que la esclavitud no fue un fenómeno lateral, sino el pilar central de la economía colonial y la matriz que estructuró las relaciones sociales durante generaciones.
La pertinencia de su método se ilumina al examinar sus estudios sobre la Toma de La Habana por los ingleses en 1762, año en que abundaban discursos conmemorativos destinados a repetir versiones patrióticas del episodio. Pérez de la Riva no se sumó a ese tono celebratorio y eligió revisar los documentos con una sobriedad crítica visible hoy en su ensayo sobre el bicentenario[4]. En ese texto reconstruyó no solo movimientos militares sino también variaciones en precios cotidianos, reacciones de comerciantes locales y transformaciones en el abastecimiento urbano. Este tipo de análisis demuestra que los acontecimientos decisivos adquieren sentido cuando se observan sus efectos sobre la vida diaria de los habitantes de la ciudad. Lo mismo ocurre en su lectura del alzamiento de la Demajagua, donde reemplaza la épica por la demografía y examina la composición social de los alzados, sus condiciones previas y los movimientos poblacionales que acompañaron el inicio de la guerra.

La labor editorial que realizó al frente de la Revista de la Biblioteca Nacional consolidó su interés por el archivo y la multiplicidad de voces. Allí promovió estudios sobre viajeros extranjeros en Cuba durante el siglo diecinueve, interés que culminó en La isla de Cuba en el siglo XIX vista por los extranjeros[5]. En este volumen figura la conocida expresión de que la isla era para muchos “un jardín de delicias y un infierno de vapores”, imagen que sintetiza la ambivalencia de las miradas foráneas. La recopilación de tales testimonios no respondió únicamente a la curiosidad documental, sino a la certeza de que esas descripciones influyeron en políticas imperiales, inversiones económicas y prejuicios que moldearon la percepción de Cuba durante décadas. Su análisis demuestra que la identidad nacional se configura también en los espejos deformantes que proyectan quienes llegan desde lejos.
Otro segmento relevante de su obra aparece en la Introducción a la Correspondencia reservada del Capitán General Don Miguel Tacón[6], donde despliega un análisis de madurez interpretativa. Tacón aparece como un administrador eficiente y autoritario, cuyas reformas urbanas y burocráticas dejaron una huella duradera en La Habana. Pérez de la Riva evita la caricatura y opta por una contextualización rigurosa que examina sus decisiones y consecuencias. Este enfoque revela la afinidad del historiador con corrientes que entienden el poder no como esencia sino como relación y dinámica estructural. La figura de Tacón queda así situada en un entramado más amplio donde se articulan la ciudad, la administración y las tensiones coloniales.
Ahora bien, uno de los aspectos menos estudiados, aunque más decisivos, de la obra de Juan Pérez de la Riva es su elaboración de un método que podría definirse como una historiografía de la gente sin historia. Esta orientación no surgió de manera espontánea ni como consecuencia de una moda teórica, sino que responde a una elección deliberada que se mantuvo con una coherencia infrecuente a lo largo de toda su trayectoria intelectual. El historiador entendió que la configuración profunda de una sociedad no puede comprenderse mediante el relato de los protagonistas visibles, sino a través de aquellos actores que, precisamente por carecer de voz pública, sostienen el funcionamiento cotidiano del mundo social. Encontró en esos sujetos una densidad histórica que la historiografía tradicional había sido incapaz de percibir y que, por su propia invisibilidad, hacía surgir el problema metodológico central de su obra. Cómo recuperar a quienes no dejaron cartas, memorias, proclamas, actas notariales prolijas ni autobiografías que pudieran servir como fuente directa.
Este desafío lo llevó a desarrollar una lectura microscópica de los archivos, no para acumular anécdotas dispersas, sino para reconstruir estructuras de larga duración a partir de fragmentos mínimos. En Los domingos de los esclavos[7] exploró la vida de los esclavos africanos en jornadas de relativa libertad, reconstrucción que no solo muestra sus hábitos y espacios de sociabilidad, sino también las formas culturales que sobrevivían en condiciones adversas. Allí se advierte que el historiador no pretendía narrar la vida esclava en abstracto, sino comprender cómo se reorganizaba un universo cultural sometido a la violencia de la plantación. Los domingos se convertían en lugar de intercambio, persistencia simbólica y recomposición identitaria. En esa observación se revela la precisión de un investigador que entendió que lo aparentemente marginal puede ser decisivo para reconstruir la memoria de un grupo humano.

Algo semejante ocurre en El barracón en Cuba[8], obra donde analiza la arquitectura del confinamiento y la convierte en fuente primaria para reconstruir la vida esclava. No se limita a describir muros, techos o distribuciones espaciales, sino que interpreta el barracón como un organismo social que articula relaciones de poder, vigilancia, resistencia y sociabilidad. Comprende que el espacio material no puede separarse de las prácticas que allí se desarrollan y que la violencia no se manifiesta solo en castigos corporales, sino también en el modo en que el cuerpo se organiza en relación con el territorio. Desde esta perspectiva se adelanta a líneas teóricas que todavía no habían adquirido nombre en la historiografía de su tiempo, pero que hoy resultan fundamentales para entender la relación entre espacio, dominación y vida cotidiana.
El proyecto de Pérez de la Riva adquiere mayor claridad cuando se examina Para la historia de la gente sin historia[9], donde articula el núcleo conceptual que recorrerá sus trabajos posteriores. En ese texto plantea que los archivos oficiales son mecanismos de exclusión que deciden qué queda inscrito en la memoria de una nación y qué debe ser relegado al olvido. La historia no es un campo neutral de hechos, sino un dispositivo de poder que produce silencios tan elocuentes como los registros que se conservan. Frente a esa constatación, su método propone devolver presencia y voz a quienes fueron condenados a una existencia sin huella documental. Así surge la necesidad de ampliar la noción de documento para incluir no solo los papeles oficiales, sino también las marcas que sobreviven en los registros parroquiales, en las listas de haciendas, en los expedientes judiciales o incluso en las anotaciones marginales que un escribano consideraba insignificantes.
El valor de su proyecto se advierte al comprender que la historia de la gente sin historia no pretende romanticizar a los marginados ni presentar la periferia social como lugar de inocencia. Lo que propone es un desplazamiento radical del centro de gravedad de la historiografía. En lugar de considerar que la historia surge desde arriba y después desciende, sostiene que la comprensión profunda de una sociedad se encuentra en la forma en que viven quienes no participan de las estructuras visibles del poder. La plantación azucarera, el barracón esclavista, el taller artesanal, la milicia colonial, la cuadrilla de trabajadores, el culí contractualmente sometido, el campesino canario empobrecido y el jornalero sin tierra forman parte de un tejido social que no aparece en las crónicas oficiales. Recuperar ese tejido implica restituir la dimensión antropológica que sostiene el pasado y que, al ser ignorada, produce una imagen distorsionada del devenir histórico.
Otro aspecto significativo de su obra es la conciencia de que la historia de la gente sin historia exige un modo de lectura que no se limita a la acumulación de datos. Requiere una interpretación capaz de comprender que los documentos no hablan por sí mismos y que solo adquieren sentido en una trama más amplia, donde cada fragmento debe ser articulado con otros fragmentos hasta producir una configuración inteligible. En este sentido, Pérez de la Riva se acerca a la microhistoria, aunque nunca la mencione explícitamente. La semejanza radica en la convicción de que lo particular revela estructuras generales. La vida de un esclavo anónimo en un ingenio del siglo diecinueve puede iluminar procesos económicos globales y tensiones culturales que, de otro modo, permanecerían opacas.
La decisión de devolver protagonismo a quienes carecían de él en el relato oficial también lo llevó a reflexionar sobre la condición misma del historiador. Entendió que la escritura de la historia no es un acto inocente ni un ejercicio meramente académico, sino una forma de justicia. La recuperación de los sujetos sin historia no es solo una operación científica, sino un gesto ético que busca restituir dignidad a quienes fueron reducidos a cifras, categorías o silencios. De ahí que su obra no adopte un tono celebratorio ni moralizante. Evita la idealización de los oprimidos tanto como la demonización de los opresores, porque sabe que la complejidad histórica exige matices que el discurso político tiende a eliminar. Su ética consiste en comprender antes que juzgar, y en escuchar antes que interpretar.
Finalmente, es necesario señalar que este proyecto metodológico anticipa debates contemporáneos sobre memoria, identidad y subalternidad que hoy ocupan un lugar predominante en las ciencias sociales. Aunque no recurre al vocabulario teórico que siglos después formularían los estudios poscoloniales, su obra coincide con la idea de que la historia debe escribirse desde los márgenes y que los silencios del archivo son parte constitutiva de cualquier narrativa histórica. La reconstrucción de la gente sin historia no es un ejercicio de suplencia sentimental, sino una intervención crítica que transforma el modo mismo de producir conocimiento histórico. En esa transformación reside uno de los aportes más perdurables de Juan Pérez de la Riva, cuya obra sigue siendo, aun hoy, un instrumento indispensable para comprender las raíces más profundas de la sociedad cubana.
Las investigaciones sobre los culíes chinos son quizá el área más contundente de su proyecto. En Los culíes chinos en Cuba[10] describe los mecanismos de reclutamiento, transporte y explotación que sostuvieron aquel régimen laboral. Allí aparece la frase “el culí no era un trabajador libre sino un rehén”, resumen de la estructura coercitiva del sistema. El análisis combina estadísticas, testimonios dispersos y documentos notariales con una claridad conceptual que anticipa debates contemporáneos sobre racialización del trabajo y colonialidad del poder. Su reconstrucción demuestra que la violencia no era un exceso sino un mecanismo estructural al servicio de la reproducción del capitalismo colonial.
Sus estudios sobre los barracones esclavistas constituyen una de las aproximaciones más completas a la vida cotidiana en las plantaciones. Aunque no invoca a Foucault, su lectura coincide con la noción de la heterotopía del encierro. Los barracones aparecen como espacios donde se entrelazan la violencia, la disciplina, el cuerpo y la resistencia cultural. Pérez de la Riva explora no solo la arquitectura física, sino también las prácticas que se generaban en esos espacios y los modos en que la cultura africana se adaptaba y resistía dentro de un régimen sometido. Su capacidad para leer la dimensión material del poder lo convierte en precursor de análisis posteriores que vinculan territorio, cuerpo y violencia.
La construcción del contrarchivo es quizás su gesto metodológico más significativo. Pérez de la Riva entendió que los archivos oficiales son dispositivos de poder que deciden qué se recuerda y qué se omite. Frente a ese aparato erigió una arqueología alternativa compuesta por documentos humildes que otros investigadores consideraban secundarios. Entre ellos se hallan actas de defunción de culíes, testamentos de mayorales, censos con anotaciones marginales y registros de compraventa de esclavos. Gracias a este corpus fue capaz de devolver densidad histórica a sujetos anónimos y de revelar la textura social de la injusticia. Su método anticipa el giro subalterno que, décadas después, definiría nuevos modos de leer el archivo.
En el escenario contemporáneo, donde se insiste en la necesidad de replantear la historia desde un punto inicial, conviene recordar que muchos de los instrumentos indispensables para esa revisión fueron ya elaborados por Pérez de la Riva. De manera indirecta, su obra coincide con la noción unamuniana de la intrahistoria, entendida como la vida silenciosa sobre la cual se despliegan los acontecimientos visibles. Muchos debates actuales sobre identidad, exclusión y memoria hallan en él un antecedente que rara vez se reconoce. La narrativa reciente, fascinada por su sensación de novedad, olvida que buena parte de su lenguaje conceptual y metodológico ya estaba presente en los textos del historiador.
El legado de Juan Pérez de la Riva no debe verse como un monumento inmóvil sino como una invitación permanente a examinar la historia desde sus zonas de sombra. Su método recuerda que la intrahistoria es tan decisiva como los grandes episodios, que los archivos oficiales silencian más de lo que conservan y que la dignidad colectiva se sostiene en la memoria de las vidas humildes. Su obra constituye un punto de referencia indispensable para cualquier proyecto serio de reflexión sobre la memoria cubana y confirma que el oficio del historiador consiste en iluminar las fuerzas profundas que han modelado el devenir colectivo.
[1] Manuel Moreno Fraginals. El ingenio. La Habana, 1964
[2] Juan perez de la Riva: Para la historia de la gente sin historia. Editorial Ciencias Sociales,
[3] Juan Pérez de la Riva. Ensayos sobre esclavitud y estructura social, frase citada en múltiples conferencias recogidas en la Biblioteca Nacional.
[4] Juan Pérez de la Riva. Ensayo sobre el bicentenario de 1762, publicado en la Revista de la Biblioteca Nacional José Martí.
[5] Juan Pérez de la Riva. La isla de Cuba en el siglo XIX vista por los extranjeros. La Habana, 1968.
[6] Juan Pérez de la Riva. Introducción a la Correspondencia reservada del Capitán General Don Miguel Tacón. Ediciones de la Biblioteca Nacional.
[7] Juan Pérez de la Riva. Los domingos de los esclavos. La Habana, Editorial de Ciencias Sociales.
[8] Juan Pérez de la Riva. El barracón en Cuba. Biblioteca Nacional José Martí.
[9] Juan Pérez de la Riva. Para la historia de la gente sin historia. Cuadernos de la Biblioteca Nacional.
[10] Juan Pérez de la Riva. Los culíes chinos en Cuba. La Habana, 1966.