Bacardí

Por Marcial Escudero Nueva

Un amigo de South Beach nos contó hace algunos años la historia de la chiva del pintor Antonio Gattorno.

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Tras el fin de la Ley Seca, la Compañía Bacardí se estableció en Nueva York desde un club diseñado por Morris Sanders aprovechando el glamoroso «Cuban flavor» que después de la Prohibition conquistó a la Gran Manzana.

En mil novecientos treinta y seis Bacardí inaugura la famosa destilería de Puerto Rico para librarse de los aranceles norteamericanos, dos años más tarde rentaría el piso treinta y cinco del Empire State, es el momento el que aparece Gattorno al ser contratado para pintar en sus paredes un vasto mural de motivos cubanos. Antonio Gattorno pertenecía de una generación de artistas que modernizó la pintura de la isla (Carlos Enríquez, Ponce, Lam, Amelia y Víctor Manuel).

En Nueva York era promovido por Hemingway y John Dos Passos.  Gattorno solo pide que le traigan una chiva de Cuba porque allí no había cabra alguna que se asemejara al esmirriado animalito de nuestros campos y corrales. PanAmerican se la transportó desde de La Habana y el artista se dispuso a pintar la campiña de flamboyabes, cañaverales y guajiros rubicundos tomando café, y obviamente a su flamante chivita prieta con un cencerro rumiando en la guardarraya según los bocetos profusos en la pieza.

En algún momento necesitó comer algo, tomarse un café, ultimar una cita romántica o cualquier cosa que puedan imaginar, el caso es que salió a la calle y cuando regresó un par de horas después constató asombrado que su chiva se había comido todos los bocetos.

No sé cómo se enteró el New York Times pero al día siguiente fue la noticia que puso un gramo más de sabor cubano en la Gran Manzana.

Hoy Octavio Aguilera me ha retado  a que escribiera alguna crónica a propósito del doscientos nueve aniversario de la fundación de la Compañía Ron Bacardí en Santiago de Cuba, quizás no sepa que es demasiado tentador para que pueda eludirlo, ya que viví en un barrio donde el aroma dulzón de la destilería se mezclaba con la brisa del mar y con el ulular de las locomotoras meneando la tierra y los toneles de roble de la vieja fábrica que fundó el visionario don Facundo en su empeño de transformar el bronco aguardiente de caña en esa delicadeza espiritosa devenida en sangre del alma cubana y la santiagueridad.

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La chiva de Gattorno en el Empire State revela graciosamente como esa marca conquistó el mundo, pero Bacardí sigue siendo una empresa familiar y privada y en Santiago una nostalgia, una identidad y una pertenencia innombrable.

La vieja fábrica nacionalizada conserva todavía una estera mecánica cubierta por chapas de zinc por donde pasan las botellas de una nave a la otra cortando el cielo de la calle San Antonio. Sobre la chapa de zinc se leía las siglas del nombre con que Fidel bautizó su latrocinio, ECONLIBE, algo así como Empresa Consolidada de Licores y Bebidas.

Tenía de niño una visión mágica de aquel tramo, por allí regresaban mis tíos a casa tras haber cruzado la isla conduciendo trenes homéricos, por allí también pasó mi adolescencia buscando otros caminos a la vera de esos oscuros pueblitos de Oriente y Camagüey que el tren iba dejando atrás como el olor a ron del barrio y la estatua de Martín Morúa Delgado en una cuchilla urbana a un lado de la ronera.

El senador Morúa fue célebre por una enmienda que prohibía la creación de partidos raciales, sin embargo, esa doctrina no evitaría el alzamiento de los Independientes de Color durante el largo y sangriento verano de mil novecientos doce, tampoco la sufriría porque falleció dos años antes.

RON BACARDÍ COMPANY S.A., Santiago de Cuba. Yesterday and Today. + COMPAÑÍA  RON BACARDÍ S.A., SANTIAGO DE CUBA. AYER Y HOY. | The History, Culture and  Legacy of the People of Cuba

Su memoria se asocia y se confunde con aquel episodio oscuro, algunos lo ven como un traidor a las reivindicaciones de los negros y otros como un precursor de lo afrocubano.

Natural de Matanzas fue curiosamente tonelero de un alambique antes de convertirse en un impenitente periodista y de hacer patria defendiendo los derechos de negros y mestizos en diversas publicaciones como el Cubano Libre del que llegó a ser director y posteriormente desde su tribuna del Senado que en algún momento presidió.

Ahora es un prócer olvidado en un recodo polvoriento frente el eterno trasiego de la vida por el Paseo de Cristina, a un costado de la vieja fábrica que heredó su prominente correligionario Don Emilio Bacardí Moreau del Partido Moderado del Presidente Estrada Palma, como no existía aún el Capitolio la Cámara Alta de la República radicaba en el Palacio del Segundo Cabo, más que hablar de política Don Martín y Don Emilo pasaban algunas horas platicando de literatura en un café de la calle O’Reylly, ambos escribirían novelas que tenían suntuosos nombres de mujeres en la tradición naturalista de Zola y la tardía resaca romántica de Hugo. Fueron hombres cultos y patriotas tenaces que sufrieron el exilio y la prisión tras el fracaso de la Guerra Chiquita.

Cuenta Herminia Cape, la cuñada de Bacardí y viuda del Brigadier Arcadio Leyte-Vidal,  en un testimonio recogido por Miguel Barnet, como los integristas en Cádiz ultrajaron a don Emilio quemándole el rostro con cera cuando era conducido como reo con destino a Las Chafarinas junto a Guillermo Moncada, y los hermanos José y Rafael Maceo  – el joven Cholón que era el más cojonú de los hijos de Mariana Grajales, según Máximo Gómez, murió en aquella prisión infernal frente a las costas de Marruecos consumido por la tuberculosis –  Morúa es una estatua olvidada, pero don Emilio no tiene estatua en la  ciudad que él refundó, y a la que le dio empresa, electricidad, pavimento, cultura y sobre todo memoria y esa bandera de esperanza que en el primer minuto de cada año celebran los santiagueros hasta que Cuba de nuevo sea libre y se pueda brindar con el dorado añejo toda esa felicidad.

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