Por Spartacus
Un ente abstracto no equivale en modo alguno a la geografía del hábitat ni puede confundirse con ningún tipo de indulto poético nacional, algo que Lezama tenía perfectamente claro. En la tradición poética cubana, concebida como una definición empírica y, más aún, desde la perspectiva ética que propone Cintio Vitier, la poesía cubana no es una abstracción sino un fenómeno situado y concreto. Vitier sostiene que “la poesía cubana es una ética del lenguaje, un compromiso vital que brota del suelo mismo donde se enraíza” (Vitier, 1985, p. 112), enfatizando la conexión orgánica entre el poeta y su entorno. Desde este punto de vista, Lezama jamás se adscribirá a esa manera de entender el asunto. Sin embargo, su poética es también tradicional, aunque no en los términos convencionales.
Siguiendo la reflexión heideggeriana sobre el ser —entendido “desde su propia Casa (del Ser)”, sin carga alguna de connotación biológica o bélica— Lezama desplaza la base «bio» esencial que suele atribuirse a su origen. Heidegger afirma en Ser y Tiempo que “la Casa del Ser no es un espacio físico sino el lugar desde donde el ser se despliega y se manifiesta en su totalidad” (Heidegger, 1927, p. 65), lo cual permite entender la poética lezamiana como un retorno a ese espacio originario pero desligado de la biología o la territorialidad.
Al repasar la selección de las cien mejores poesías cubanas de Lezama, comprendí que Frenesís constituye la totalidad de esa tradición poética y sintetiza, por ende, la continuidad del parto Cemí. En este sentido, en el supuesto ente abstracto que representa la poesía se oculta en realidad la base de un juego de estructuras lingüísticas, donde lo visible, cuando Frenesís escamotea la visibilidad de Cemí, se eleva a la categoría de ideal. Esta operación revela un juego trascendente que se sostiene únicamente en la idea lezmiana, al tiempo que revela la imposibilidad del autor para ofrecer una entidad portadora del concepto abstracto recurrente en la poesía que se pretende dilucidar.
Lezama afirmó en Muerte de Narciso que “la poesía no es una simple función de la palabra sino el desarrollo mismo del espíritu” (Lezama Lima, 1973, p. 58), subrayando así la dimensión espiritual y filosófica que otorga a su poética, distante de toda mera abstracción formal.
El idealismo lezamiano carece de parangón con la noción abstracta del ser tal como se la concibe en la filosofía tradicional. Según su propio enfoque, reflejado en la narrativa de Paradiso y posteriormente en Oppiano Licario, su idealismo no alcanza a ser trascendental en el orden espiritual, sino que se sitúa en el orden filosófico, cuyo costo es una ética determinada. En Paradiso, Lezama escribe: “La existencia no es sino un juego de formas y de sombras, pero es en ese juego donde reside la verdadera revelación del ser” (Lezama Lima, 1966, p. 123). Esta reflexión ilustra cómo la poética lezamiana valora la forma y la imagen como vehículos del ser, más que la esencia abstracta misma.
La estrategia de Lezama para socavar la esencialidad de la poética del ser no representa una innovación. Más bien, él recurre a un idealismo que falsifica la poética del espacio insular, ya recurrente en el neorromanticismo y la vanguardia cubana. La llamada «insularización» no tiene lugar en la Casa del Ser porque no aspira a ser ontológica sino existencial, y aun así, de un existencialismo de viejo cuño marcado por la rabia, el desarraigo y la angustia ante una isla perdida. Desde la altura del astro ascético, esta artimaña se revela como una sabia maniobra que, bajo la apariencia de novedad, encierra una resignada repetición.
Lezama advierte en La expresión americana que “la isla no es un accidente geográfico sino un símbolo que contiene en su seno la paradoja del hombre y su destino” (Lezama Lima, 1970, p. 47). Sin embargo, esa paradoja es abordada desde una sensibilidad estética e histórica que va más allá del simple arraigo territorial y se sumerge en la memoria y el mito.
En suma, la poética lezamiana implica una tensión entre lo visible y lo ideal, entre la experiencia concreta y la aspiración metafísica, que la sitúa en un lugar singular dentro de la tradición cubana y universal, desafiando categorizaciones reduccionistas y proponiendo un diálogo entre la tradición, la historia y la ontología del ser.
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