El «trabajo», el diablo y la mentira poética

Por Coloso de Rodas

Amazon.com: Relatos de Belcebú a su nieto: Crítica objetivamente imparcial  de la vida de los hombres, LIBRO PRIMERO: G. I. Gurdjieff: Books

La idea de que la verdad puede alcanzarse a través de una sublime mentira parece contradictoria a primera vista. Sin embargo, esta paradoja es una de las bases del pensamiento de George Gurdjieff, quien en su obra Relatos de Belcebú a su nieto formula la provocadora afirmación: «Para llegar a la verdad, a veces, es necesario mentir descaradamente». Esta declaración, lejos de ser un capricho literario, representa un eje fundamental de su propuesta filosófica y pedagógica.

La mentira, para Gurdjieff, no es simplemente el opuesto de la verdad ni se reduce al ámbito de la falsedad. En su concepción, la mentira es un medio para desafiar los límites de la percepción ordinaria, un mecanismo para desconstruir las certezas automáticas con las que la mente opera. Mentir no equivale a engañar, sino a desarmar las estructuras rígidas del pensamiento que bloquean el acceso a la verdad esencial.

El método pedagógico de Gurdjieff, inusual e implacable, se sustentaba en esta premisa. Sus discípulos eran sometidos a extenuantes jornadas de trabajo, de hasta 12 horas, en las que se les pedía cavar profundas zanjas usando únicamente pico y pala. Una vez que estaban a punto de terminar, Gurdjieff ordenaba cerrar las zanjas, deshaciendo todo el esfuerzo realizado. Este proceso repetitivo, para los discípulos, era incomprensible y a menudo desesperante. Muchos lo calificaban como irracional, improductivo e incluso cruel.

¿Qué buscaba Gurdjieff con este aparente sinsentido? Ciertamente, no la eficiencia productiva ni la satisfacción de metas concretas. En su filosofía, el trabajo no era un fin en sí mismo, sino un medio para confrontar a los discípulos con una de las trampas más insidiosas de la modernidad: la alienación derivada del culto al rendimiento. La experiencia de cavar y rellenar zanjas era una metáfora viva de cómo el trabajo, entendido únicamente en términos utilitarios, puede convertirse en un mecanismo para embotar la conciencia y someter al individuo a una lógica de repetición y desgaste.

Más allá de su dimensión física, el ejercicio obligaba a los discípulos a reflexionar sobre el sentido del tiempo y la manera en que este se emplea. Gurdjieff desafiaba la concepción dominante del tiempo de trabajo, asociado a la productividad y el beneficio tangible, y proponía una reivindicación del tiempo ocio de la vida: ese tiempo destinado a la recreación, a la contemplación y a la experiencia no utilitaria.

Este enfoque encuentra resonancias en otras tradiciones filosóficas y literarias. Marcel Proust, en su monumental En busca del tiempo perdido, también se aparta del tiempo productivo para explorar un tiempo subjetivo, pleno de significado y memoria. Ambos, Gurdjieff y Proust, desde perspectivas distintas, cuestionan la hegemonía de una temporalidad lineal y acumulativa, proponiendo, en cambio, un tiempo liberado de las ataduras de la utilidad inmediata.

Así, la propuesta de Gurdjieff trasciende el ámbito de sus métodos y entra en el terreno de una crítica profunda a las dinámicas de la modernidad. Su arte de la mentira no es un mero capricho discursivo, sino un llamado a desentrañar las verdades ocultas bajo las estructuras convencionales del pensamiento y la acción. Al hacerlo, nos invita a reimaginar el trabajo, el tiempo y, en última instancia, la vida misma.

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