Por: Galán Madruga
Paradiso, la novela de José Lezama Lima, no es una entelequia, aunque muchos de sus críticos hayan querido reducirla a una extravagancia barroca, un delirio de metáforas o una exhibición de erudición sin destino. Es, más bien, un monumento literario que exige la paciencia de un exégeta y la pasión de un lector dispuesto a dejarse evangelizar por la poesía. Y uso la palabra evangelizar con pleno derecho, porque Paradiso se levanta como un evangelio alternativo frente al profeta sombrío de la modernidad: Nietzsche.
Si Nietzsche proclamó la muerte de Dios y con ello la precariedad de la metafísica occidental, Lezama levantó en respuesta un cosmos literario donde Dios no sólo respira, sino que fecunda cada palabra, cada imagen, cada metáfora. La novela de Lezama no es simplemente la historia de José Cemí, no es únicamente el relato de una infancia, de una educación sentimental, ni siquiera de una genealogía familiar cubana. Es el espacio donde la tradición católica, mezclada con la sensualidad americana y la imaginería barroca, se enfrenta a las tesis filosóficas que anunciaban el fin de toda trascendencia. En Paradiso, Lezama se bate contra Nietzsche como un caballero medieval que entra a duelo con un profeta armado de martillo.
En el capítulo X, Lezama pone en boca de sus personajes una polémica que parece dirigida directamente al núcleo de la crítica nietzscheana. Ahí aparece la denuncia contra el resentimiento, esa categoría que Nietzsche había elevado como clave interpretativa del cristianismo. El cristianismo, decía el filósofo de Sils-Maria, nació como religión de esclavos, como respuesta venenosa de los débiles contra la fuerza, como estrategia de los humillados para convertir su fracaso en virtud. Frente a esto, Lezama replica que el mayor error de Nietzsche fue precisamente en materia religiosa. Y lo dice citando a Scheler, ese fenomenólogo católico que intentó rescatar una lectura positiva del cristianismo contra la genealogía corrosiva de Nietzsche.
Lezama no acepta que el cristianismo sea mero resentimiento. Para él, el cristianismo es potencia poética, principio creador, espacio donde el misterio de la encarnación se multiplica en símbolos y metáforas. Lo que para Nietzsche era culpa, para Lezama es exceso de gracia. Lo que para Nietzsche era debilidad, para Lezama es fortaleza escondida en la paradoja. Paradiso no es entonces una novela anticlerical ni una novela secular, sino un acto de fe literaria que convierte la teología en estética.
El problema de fondo es que Nietzsche no podía ver al Padre con los ojos de Lezama ni de Tolstói. Su Zaratustra no tiene hambre creadora, no conoce esa “hipertelia” lezamiana que empuja siempre más allá, hacia lo inesperado, hacia la desmesura poética. Zaratustra habla de superhombres, de voluntades de poder, de eternos retornos, pero carece de la sensibilidad sacramental que Lezama atribuye a la vida. Donde Nietzsche ve historia de decadencia, Lezama ve constelación simbólica. Donde Nietzsche destruye ídolos, Lezama multiplica imágenes.
El cubano no podía aceptar que la modernidad quedara reducida al gesto del martillo. En su barroco teológico, la palabra sigue siendo encarnación. Paradiso es, en este sentido, un quinto evangelio, escrito no en clave de doctrina sino de metáforas. Allí la poesía sustituye a la dogmática, pero no para abolir la fe sino para intensificarla. Nietzsche había dicho que “Dios ha muerto” y que nosotros lo habíamos matado. Lezama responde que Dios resucita en cada imagen, en cada metáfora, en cada desmesura poética.
Por eso, cuando Lezama discute sobre la procreación, su polémica contra Nietzsche se vuelve todavía más clara. El cubano rechaza la interpretación ascendente, la idea de que el hombre deba superarse a sí mismo mediante la genealogía de la fuerza. Para Lezama, los verdaderos hombres no son engendrados por la carne, sino por el Espíritu. Prefiere un hombre que nazca de la imaginación, de la poesía, de la gracia, antes que del instinto ascendente de la biología. La generación por el Espíritu Santo es más verdadera que la generación natural, porque introduce al hombre en un orden simbólico y sacramental. Nietzsche nunca lo habría aceptado: para él, el cuerpo era lo único verdadero, la carne la única tierra. Para Lezama, en cambio, la carne sólo cobra sentido cuando se vuelve metáfora, cuando se transforma en signo del misterio.
El contraste es radical. Nietzsche proclamaba la voluntad de poder y el eterno retorno como alternativas a la metafísica y a la moral cristiana. Lezama responde con la sobreabundancia de imágenes y la poética de la resurrección. Paradiso es el espacio donde lo invisible se vuelve visible, donde lo imposible se encarna en el ritmo de la palabra. Es, en cierto modo, la gran revancha de la teología poética contra el nihilismo filosófico.
Muchos han querido leer Paradiso como una novela erótica, o como un despliegue barroco que roza la obscenidad. Y es cierto que Lezama juega con lo sexual, pero siempre como metáfora de lo trascendente. A diferencia de Nietzsche, que veía en la sexualidad un signo de la voluntad vital, Lezama la convierte en sacramento, en símbolo de la unión del hombre con el misterio. Sus personajes no son simples sujetos deseantes, sino teólogos en carne y hueso, experimentando la gracia a través del eros.
Lo curioso es que en este duelo, Lezama nunca enfrenta directamente a Nietzsche con argumentos filosóficos rigurosos. No lo hace como lo haría un académico, con citas, refutaciones, lógica escolástica. Lo hace con el estilo de un poeta que, en vez de contestar con razones, responde con imágenes. A la genealogía nietzscheana, opone la metáfora barroca. A la crítica destructiva, opone la exuberancia de la palabra. Paradiso es, por tanto, una refutación estética más que filosófica, una refutación desde el exceso, no desde la escasez.
Ahora bien, ¿qué significa hoy leer esta polémica? ¿Por qué poner en diálogo a Nietzsche y a Lezama, dos autores tan distantes en tiempo, geografía y estilo? Porque en ese contraste se juega todavía una pregunta contemporánea: ¿hay lugar para la trascendencia en la era del nihilismo? ¿Puede la literatura seguir siendo un espacio de evangelización poética cuando la filosofía ha declarado el fin de toda metafísica? Paradiso responde que sí. Que la literatura, cuando alcanza el grado de misterio que alcanzó en Lezama, puede convertirse en el último refugio de la fe.
Nietzsche había declarado que la metafísica era un error, una superstición heredada de Platón y el cristianismo. Lezama convierte esa supuesta superstición en potencia creadora. Si Nietzsche vio en la teología un síntoma de decadencia, Lezama la transforma en estética de la abundancia. La diferencia entre ambos es que Nietzsche construye su crítica desde el martillo, mientras Lezama construye su defensa desde la metáfora. Uno destruye, el otro crea. Uno desmantela, el otro edifica.
Paradiso es entonces más que una novela. Es un acto de resistencia contra el nihilismo moderno. Es el testimonio de que todavía es posible escribir con la convicción de que el misterio habita en la palabra. Frente al eterno retorno, Lezama propone la resurrección infinita de la metáfora. Frente al superhombre, Lezama ofrece el hombre barroco, ese ser que no necesita superar nada porque ya está desbordado de exceso.
Si Nietzsche odiaba a Hegel por su espíritu objetivo, Lezama lo ignoraba alegremente, refugiándose en un barroco que no necesitaba de sistemas. El cubano sabía que su novela no iba a ser entendida por quienes exigían claridad, por quienes pedían narraciones lineales o tesis transparentes. Paradiso exige un lector dispuesto a dejarse perder, a aceptar que la oscuridad también puede ser camino de revelación. Esa oscuridad es, en cierto modo, la respuesta más eficaz al nihilismo: mostrar que el sentido no se agota en el cálculo, que lo inefable también puede ser un modo de conocimiento.
En conclusión, el duelo entre Lezama y Nietzsche no se libra en el terreno de la lógica, sino en el de la estética. Paradiso es la refutación barroca de la sentencia “Dios ha muerto”. Lezama responde que Dios vive, pero vive escondido en la metáfora, en la imagen, en la hipertelia de la palabra. Nietzsche ofrecía un mundo sin trascendencia, un mundo de voluntad desnuda. Lezama ofrece un cosmos rebosante de misterio, donde cada cosa remite a otra, donde todo se convierte en signo.
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