Por KuKalambé
Decían los viejos del lugar —los que todavía conservaban memoria de los vientos antiguos— que más allá de la arena, allí donde el sol parecía detenerse un instante antes de tocar el mar, se erigía una escalera que llevaba directamente al cielo. Nadie recordaba cuándo ni quién la había puesto allí. Algunos afirmaban que era obra de los dioses del salitre; otros, que la construyó un loco enamorado de una nube. Pero lo cierto era que su presencia, mítica e inexplicable, atraía tanto a poetas como a pecadores, a sabios como a charlatanes.
Aquel día, el sol caía con una luz tan blanca que parecía inventada. Los albinos, habitantes de piel pálida y sonrisas esquivas, se agolpaban frente a la escalera. Era, según decían, “el evento del año”. Los más osados se empinaban sobre los peldaños, con la esperanza de divisar un trozo del paraíso; los más cautos la miraban desde lejos, con una mezcla de respeto, temor y superstición.
—Dicen que quien sube tres escalones y mira hacia atrás, olvida su nombre —susurró una mujer con un pañuelo azul en la cabeza.
—Y que quien alcanza el décimo, no vuelve jamás —añadió un pescador que olía a ron y salmuera.
—Pamplinas —gruñó otro—. Eso lo inventaron los poetas para vender miedo.
En medio de la multitud, un hombre delgado y encorvado tomaba notas en un cuaderno de tapas gastadas. Lo llamaban el corrector menestral, aunque nadie sabía bien por qué. Algunos decían que corregía los errores del mundo; otros, que era un escriba de historias inconclusas. Llevaba un sombrero de ala corta, y sus ojos, pequeños y vivaces, parecían registrar cada movimiento, cada palabra, cada gesto fugaz de los albinos.
—¿Qué anota usted, buen hombre? —le preguntó un joven curioso.
—Lo que nadie ve —respondió el corrector, sin levantar la vista—. Y lo que todos olvidarán mañana.
La escalera, antaño resplandeciente y majestuosa, parecía agotada. Sus peldaños dorados se habían opacado con el roce de tantos pies indecisos. Decían los albinos que los mediocres ya habían llegado a la cima y que, en su torpeza, habían desgastado el brillo de lo divino.
—Todo lo que tocan se apaga —murmuró el corrector menestral—. No por maldad, sino por rutina.
El rumor creció entre la multitud. Algunos clamaban por subir, otros pedían que la escalera fuera destruida antes de que cayera en manos de otro charlatán. Y entre gritos y plegarias, alguien preguntó con voz temblorosa:
—¿Cómo acabará todo esto? ¿Hasta cuándo soportaremos esta carga y este tormento?
Fue entonces cuando sucedió lo imposible. Playa Albina, aquella franja de arena blanca como el hueso, comenzó a inclinarse suavemente hacia el mar. Primero fue un estremecimiento, luego un deslizamiento casi imperceptible. El albino mayor, un anciano con bastón de coral, trató de sostenerse, pero el suelo cedía bajo sus pies.
—¡El mundo se está hundiendo! —gritó alguien.
—No —corrigió el corrector menestral, con una leve sonrisa—. Solo está recordando su peso.
Y así, mientras el horizonte se doblaba sobre sí mismo, Playa Albina comenzó a hundirse, arrastrando con ella los sueños, los cuentos y los cuerpos de quienes habían osado escalar. En el aire quedó flotando una melodía extraña, mezcla de plegaria y despedida.
El corrector permaneció en pie, observando sin prisa. Pensó en los hoscos lunares del sistema de seguros, en los poetas sin musa que esperaban indemnización por falta de inspiración, en los escaladores mediocres que se creyeron santos por alcanzar un peldaño más.
Sacó su pluma y escribió las últimas palabras antes de que el mar lo cubriera todo:
—“Aquí termina la historia de los que subieron sin saber a dónde, y comienza la de los que cayeron para entender lo alto.”
Y en ese abismo de historias no contadas, donde la arena se confundía con la luz, acaso comenzó a escribirse otra leyenda. Una donde el cielo no era arriba, sino adentro.
Cuando el silencio volvió a dominar el horizonte y el mar se aquietó sobre la playa desaparecida, alguien notó que nada de aquello había ocurrido realmente al aire libre. El corrector menestral, aún de pie y sin una gota de arena en los zapatos, levantó la vista y comprendió que se hallaba dentro de un Museo de Cera en Playa Albina, donde el tiempo se detenía en vitrinas de cristal y las figuras, inmóviles y perfectas, repetían sin cesar el simulacro de la vida.
Allí estaban los albinos petrificados, el anciano del bastón, los poetas con su gesto extático, la escalera dorada que no conducía a ningún cielo. Todo era una escenografía exacta del recuerdo, una obra suspendida en el punto donde la ilusión y la memoria se confunden. El corrector sonrió, cerró su cuaderno y murmuró: “Quizás el verdadero milagro no fue la escalera, sino este museo que conserva, en su quietud de cera, el temblor de lo que alguna vez creímos vivir.”
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