Por Kukalambé
Nunca olvidaré aquella mañana en que decidí abandonar el circo. La carpa olía a polvo, a pintura vieja y a vino derramado. Afuera, la lluvia caía con una parsimonia que parecía fingida, como si el cielo también formara parte del espectáculo. Los demás artistas seguían en sus preparativos: el malabarista practicaba su rutina frente al espejo roto, el payaso se dibujaba una sonrisa nueva sobre la anterior, y la contorsionista rezaba bajito, invocando a un dios que ya nadie recordaba.
—¿No vas a ensayar? —me preguntó el domador, mientras afilaba un látigo que nunca usaba.
—No —le respondí sin mirarlo—. Esta vez no habrá función.
—¿Qué dices? El público está afuera. Hay que darles lo que vinieron a buscar.
—¿Y qué es eso exactamente? —pregunté.
El domador levantó los hombros.
—No lo sé. Pero si no lo hacemos, dejarán de venir.
Me reí con amargura. Todos en Kaskania temían lo mismo: el silencio del público. Era un miedo que nos mantenía vivos y al mismo tiempo nos pudría por dentro.
El payaso, que lo había escuchado todo, intervino con voz temblorosa:
—El silencio es peor que el fracaso. Cuando no se escucha nada, uno empieza a oír su propia cabeza. Y eso, amigo, es peligroso.
Yo lo miré. Detrás del maquillaje, su rostro parecía el de un niño que se había cansado de jugar.
—¿No te das cuenta de que eso es precisamente lo que necesitamos? —le dije—. Escuchar lo que hay adentro.
El payaso se rió.
—Tú hablas como Hugo Ball.
—Quizá sea porque lo entiendo —respondí—. Él también se hartó del ruido.
—¿Y qué consiguió? —preguntó el domador, que nunca perdía una oportunidad de interrumpir—. Se fue a los Alpes y nadie volvió a oír su nombre.
—Tal vez eso era lo que buscaba —dije—. No que lo escucharan, sino escucharse.
El malabarista soltó una carcajada, dejando caer las pelotas al suelo.
—¡Escucharse! —repitió burlón—. Eso dicen todos los que fracasan en su número.
Yo guardé silencio. Los observaba con una mezcla de ternura y repulsión. Todos representaban algo que ya no creían. El domador temía a los animales, el payaso odiaba reír, el malabarista tenía vértigo. Y yo, el acróbata, ya no sentía el vértigo, sino el tedio. Era la señal más clara de que debía irme.
Esa noche, antes de la función, me acerqué a la cuerda floja. La toqué con los dedos y sentí su tensión, como si aún guardara la memoria de mis pasos. En la penumbra, una figura se acercó. Era la contorsionista.
—Dicen que vas a marcharte —susurró.
—Sí.
—¿A dónde?
—A ninguna parte. Solo quiero salir de Kaskania.
—Nadie sale de Kaskania —dijo ella, mirándome fijo.
—Entonces inventaré la salida.
Me sonrió con una tristeza casi maternal.
—Si te vas, ¿quién hará el número final? —preguntó.
—Tal vez nadie. Tal vez eso sea lo mejor.
Cuando el tambor comenzó a redoblar, el público empezó a aplaudir sin saber por qué. La función era una misa diaria. Entraban, se sentaban, aplaudían, se marchaban. No esperaban asombro ni belleza, solo la repetición del gesto. Yo caminé hacia el centro del escenario y miré hacia arriba. La cuerda parecía más alta que nunca.
El domador gritó desde el costado:
—¡Vamos, acróbata, que el tiempo es oro!
Yo levanté la cabeza.
—El tiempo no vale nada —le dije—. Lo que vale es detenerlo.
Y entonces subí. Los reflectores me siguieron, cegadores. Sentí el calor sobre el rostro, el rumor de la multitud. Avancé unos pasos, pero no hacia el otro extremo. Me detuve en el centro. Desde allí podía verlos a todos: los artistas, el público, las luces, la carpa. Todo era una sola maquinaria repitiéndose sin descanso.
—¡Muévete! —gritó el malabarista—. ¡El acto no ha terminado!
—Sí ha terminado —respondí—. Terminó hace mucho, pero ustedes no se dieron cuenta.
Solté la vara de equilibrio y me quedé inmóvil. Por un momento, todo se detuvo. El público dejó de respirar. Los artistas se quedaron quietos, esperando una caída. Pero no caí. Bajé lentamente, sin dramatismo, como quien desciende de una idea.
—¿Qué vas a hacer ahora? —preguntó la contorsionista cuando llegué al suelo.
—Nada —dije—. Tal vez aprender a no fingir.
Crucé la cortina y salí al aire libre. La lluvia había cesado, pero el cielo seguía cubierto. Caminé sin rumbo, hasta que la carpa quedó atrás y el sonido de los aplausos se convirtió en un murmullo indistinto. En algún punto del camino me di cuenta de que ya no escuchaba nada, ni voces, ni tambores, ni risas. Solo el silencio.
Por primera vez, no me dio miedo.
Esa noche dormí en el campo, sobre la hierba húmeda. Soñé con Hugo Ball, sentado frente a un lago, escribiendo con la serenidad de quien ya no espera ser leído. Cuando desperté, el sol asomaba detrás de las nubes, y comprendí que el circo, con sus luces y sus trampas, seguiría funcionando sin mí.
Kaskania no se destruye con la fuga, pensé, pero al menos deja de ser prisión. Tal vez siempre estará ahí, girando con sus aplausos huecos y sus artistas cansados, pero yo ya no pertenezco a su función.
Cerré los ojos y sentí el aire frío en la cara. No sabía adónde iba, pero por primera vez en mucho tiempo tenía la certeza de que avanzaba. El equilibrio, comprendí entonces, no está en la cuerda, sino en el paso que se atreve a salir del escenario.
Esa noche dormí al aire libre. El viento olía a tierra mojada y a fuga. Por primera vez en años no oí el redoble del tambor ni las risas forzadas del público. Pensé en Ball, en aquel hombre que un día comprendió que el arte se había convertido en una enfermedad del tiempo, un síntoma de una civilización que ya no podía detener su propio temblor. Él no huyó del arte, sino del espectáculo; no del lenguaje, sino de su agotamiento.
Entendí entonces lo que había querido decir en su ensayo El artista y la enfermedad del tiempo, de que la creación moderna, dominada por la prisa y la repetición, había perdido su misterio y se había vuelto una terapia de los desesperados, una forma de exorcismo sin dioses. Ball vio en el artista no a un genio iluminado, sino a un enfermo que intenta curarse con sus propias palabras, un acróbata que tiembla sobre el abismo de su mente mientras el público aplaude su equilibrio sin ver la cuerda que se deshilacha bajo sus pies.
Recordé una frase suya que leí alguna vez: “El tiempo enferma al hombre cuando este olvida su silencio.” Entonces comprendí que lo mío no era una renuncia, sino un regreso. Volver al silencio era volver a la fuente.
Mientras el amanecer comenzaba a levantarse detrás de las montañas, me senté sobre una piedra y abrí mi cuaderno. No escribí nada. Dejé que el viento pasara sobre la página vacía. En ese instante supe que la fuga de Kaskania no era la huida de un cobarde, sino la última acrobacia posible: la de aquel que decide saltar fuera del tiempo para recuperar su respiración perdida.
Bajo el cielo todavía gris, pensé en Hugo Ball con gratitud. Él había encendido una luz en medio de la enfermedad y me había mostrado que destruir los ídolos no es negar el arte, sino devolverle su espíritu. Su artista y la enfermedad del tiempo no era un tratado, sino una advertencia: la belleza solo sobrevive en quien tiene el valor de callar.
Y mientras el silencio se volvía total, sentí que por fin caminaba sobre una cuerda invisible tendida entre el pasado y la nada, pero esta vez sin público, sin aplausos, sin miedo.
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