????????????????????????????????????

La muerte en cuero

Por KuKalambé

A Milagros le dijeron desde pequeña que no mirara. Que si miraba mucho, La Muerte en Cuero se le iba a pegar a la sombra.

Eso le decía su abuela Canducha mientras le trenzaba el pelo con manteca de cacao, sentada en el portal, con los ojos clavados en la carretera como si todavía esperara el regreso de alguien. Canducha decía que la Muerte en Cuero no era broma ni personaje, sino una desgracia vestida de pellejo seco, un castigo que se arrastraba entre la gente como quien busca venganza por haber sido olvidada.

—No tiene carne porque se le cayó del alma. Y un cuerpo sin alma es pellejo con memoria —decía la abuela.

Milí, como le decían todos, escuchaba pero no creía. O creía como creen los niños, entre el miedo y la curiosidad, entre el deseo de que no exista y las ganas de verla con sus propios ojos.

La primera vez fue en el carnaval de Guantánamo, en una noche calurosa y espesa como caldo viejo. La música recorría las calles con un relampagueo de colores; comparsas, cabezones, congas, gente disfrazada de diablos y santos. La ciudad entera latía al ritmo del tambor mayor, con ese tembleque de carne y risa que tienen los pueblos que han sufrido mucho y no se han rendido.

Pero entonces ocurrió, el tambor calló. Se hizo un hueco entre la gente, como cuando el mar retrocede antes de un golpe. Y por ese hueco avanzó la criatura.

No venía bailando. No venía con disfraz ni con sonrisa. Venía arrastrando una piel entera, un cuero viejo y humeante, como recién salido del matadero del mundo. Tenía forma humana pero sin forma exacta. Era más grande que un hombre, pero se movía como animal. El cuero —de res o de chivo, nadie sabía— se le pegaba al cuerpo como si estuviera aún vivo, palpitante. Tenía dos huecos por ojos y de ellos salía una luz opaca, como de carbón mojado.

La gente se apartaba con respeto, pero no gritaba. En Guantánamo, la risa es arma, pero el silencio es altar. Milí se soltó de la mano de Canducha y no corrió. La miró. La miró directo. Y vio que la criatura se detenía, como sorprendida de que alguien tan pequeña no huyera. Se quedaron así, frente a frente. Y Milí sintió una tristeza enorme, como si estuviera viendo a alguien que pedía ayuda desde dentro de una piel que no era suya.

Aquella noche no durmió. Ni la siguiente. Tenía pesadillas con un cuerpo buscando su sombra, con una voz sin garganta pidiéndole cobija. Canducha no decía nada, pero la observaba.

—¿Qué le viste, niña?
—No sé, abuela… Me dio lástima.
—No te equivoques. Lo que tú viste fue la verdad sin cuerpo. Por eso asusta. Porque ya no se puede esconder.

Pasaron los años. Milagros creció, aprendió a leer, se fue a estudiar a La Habana, y aprendió a nombrar las cosas de otra manera. Lo que antes era “espanto” ahora era “símbolo”, “resto arquetípico”, “resistencia estética”. En la universidad le decían que esas tradiciones eran formas de expresión popular, pero nadie parecía tomarlas en serio. Hablaban de «subversión performática» como quien receta aspirinas para el miedo.

Milí escuchaba, sí, pero no olvidaba. La Muerte en Cuero seguía allí, en su recuerdo, como un eco animal que nunca terminó de irse.

Regresó a Guantánamo después de muchos años. El barrio estaba más silencioso. Su abuela ya no vivía. La casa seguía, pero sola. La gente hablaba menos de lo de antes. Decían que la comparsa de los pellejos la habían querido sacar por “incitar al atraso”. Que ya no asustaba como antes. Que eso era cosa de viejos. Pero esa noche, durante el desfile, cuando el aire se puso espeso y la música bajó sin aviso, Milagros supo que venía.

Y vino.

La misma. La que no tiene carne. Cubierta en su cuero sagrado, sudando miedo y recuerdo. Pero había algo distinto. Caminaba más lento, como si ya no buscara asustar. Como si supiera que ya nadie la quería ver.

Milí no se apartó. Y cuando ella pasó frente a ella, volvió a detenerse. Los huecos se encontraron con sus ojos.
Y por un instante —uno solo— la criatura tembló. Milagros extendió la mano. Y tocó el borde del pellejo.

Fue un roce mínimo. Pero suficiente. El cuero ardía. No como fuego, sino como herida. Y en ese momento, Milagros vio. Vio lo que nadie más vio. Vio un cuerpo antiguo, desollado en el monte por escaparse del ingenio. Vio una mujer disfrazada de macho para huir del mayoral. Vio un niño al que mataron por bailar con los muertos. Vio el dolor de los que no tienen tumba ni cruz. Todo eso era la Muerte en Cuero. No un monstruo, sino una memoria. Un rastro de la crueldad humana que no ha querido borrarse del carnaval.

La criatura se retiró despacio. No bailó. No atacó. Se fue como vino, sin nombre. Después, los más viejos contaron que algo cambió ese año. Que la sombra no volvió a oler tan fuerte. Que por primera vez, después del desfile, un grupo de niños jugó a imitar a la Muerte en Cuero, riéndose, como si ya no les diera tanto miedo.

Milagros no volvió a tocarla. Pero cada vez que alguien la miraba con sorna por contar “esas cosas del pasado”, ella respondía con firmeza:

—Lo que ustedes llaman superstición, yo lo vi temblar cuando lo toqué.

Y cuando alguien le preguntaba qué había sentido, decía,

—Calor. Tristeza. Algo vivo. Como una piel que por fin, después de siglos, supo que no estaba sola.

Después de aquella noche, Milagros no fue la misma. Ni el barrio tampoco.

La gente comenzó a hablar de ella como “la que tocó el cuero”. Los niños la miraban con una mezcla de temor y admiración, y las ancianas, esas que aún hervían hojas de caimito para calmar los sueños pesados, murmuraban su nombre entre dientes, como si pronunciarlo completo pudiera abrir una puerta. Pero Milagros no buscaba fama.
Ella buscaba entender.

Días después del carnaval, volvió al solar donde los viejos artesanos guardaban los trajes y embozos. Era una casona olvidada, entre tamarindos secos y perros echados, donde aún resonaban los ecos de generaciones disfrazadas. Allí encontró a Don Chicho, uno de los últimos portadores del secreto.

—¿Usted fue Muerte en Cuero alguna vez? —le preguntó.
—No, niña. Nadie es la Muerte en Cuero. Uno sólo la lleva. Es como un préstamo… o una deuda.
—¿Y a quién se le paga esa deuda?
—A los que no están. A los que se tragó el monte, el machete, la fiebre. A los que ni nombre dejaron.

Don Chicho abrió un viejo baúl. Dentro, un trozo de cuero seco, amarronado y quebradizo, todavía guardaba el olor de la sangre y el humo.

—Este fue uno. No el primero, ni el último. Cada tanto cambia de cuerpo. Pero el alma sigue.
—¿El alma?
—Sí, alma de pueblo, mija. Alma de rabia y espanto.
—¿Y por qué me miró a mí? ¿Por qué se detuvo?
—Porque la reconoció.

La frase quedó flotando. Milagros sintió un vértigo. No era miedo, era una certeza que venía de otra parte. Algo más antiguo que ella. Como si en su sangre hubiese un camino trazado. Volvió a su casa esa noche con el cuero doblado bajo el brazo, sin saber por qué se lo había llevado. Y allí, bajo la luz tenue de una lámpara con pantalla rota, empezó a hablarle al cuero.

No por locura, sino por necesidad. Le habló como se le habla a un muerto querido. Le contó de la ciudad que ya no recordaba, del ruido eléctrico de La Habana, de las aulas donde nadie creía en espíritus. Le habló de su abuela Canducha, de sus sueños rotos, de la música que ya no suena igual. Y en ese acto, sintió algo. Un temblor. Una especie de respiración dentro del cuero. No era sobrenatural. Era algo más triste: una respuesta de memoria.

Durante los meses siguientes, Milagros comenzó a recolectar relatos. Buscó a los últimos que aún recordaban. Visitó ancianos olvidados en caserones húmedos, leyó cuadernos de conga escritos en tinta violeta, escuchó grabaciones oxidadas de cantos en lengua lucumí. Y en cada uno encontraba un eco de la Muerte en Cuero.

No era una figura única. Era muchas a la vez. A veces mujer. A veces bestia. A veces madre. Y siempre herida. Fue entonces cuando decidió. No escribir un libro —eso era lo fácil—, sino hacer algo más vivo. Una comparsa nueva, pero no para bailar, sino para recordar. Una caravana de los cuerpos sin carne. Una procesión sin música, sin luces, sin máscaras. Sólo cuero y silencio.

Al principio se burlaron de ella.
—Eso no es carnaval, es entierro —decían.
—Precisamente —respondía Milí—. Hay cosas que necesitan entierro para volver a nacer.

Y la noche del siguiente carnaval, mientras los tambores golpeaban con su furia festiva, ella y un grupo de mujeres, niños y viejos marcharon en fila por la calle Paseo. Llevaban trozos de cuero sobre los hombros, cubriéndose el rostro, pero sin ocultar los ojos. No gritaban. No bailaban. Caminaban. Y cada paso era un tambor mudo.

La gente, al verlos, no supo si reír o guardar silencio. Algunos se apartaron. Otros se hincaron. Una mujer mayor rompió a llorar en la acera. Un niño se acercó y tocó el cuero. —Está tibio —dijo—. Como si tuviera corazón.

Esa noche, la ciudad no durmió del todo. Hubo quienes soñaron con gente desollada que danzaba sobre el mar. Otros con una sombra que los cubría, pero no los asfixiaba. Y muchos, por primera vez en años, pronunciaron los nombres de sus muertos en voz alta.

Milagros no volvió a vestir el cuero. No lo necesitaba. Ya lo llevaba dentro. Porque en Guantánamo, donde las heridas se cantan y el miedo se baila, La Muerte en Cuero no es espanto. Es la manera en que el pueblo recuerda que sigue vivo.

Memoria no es lo que se dice. Es lo que se arrastra.

Total Page Visits: 1859 - Today Page Visits: 1