Vamos de corte en corte y de ruptura en ruptura y sin señal de llegada. Hace poco fue la irrupción de la construcción localizada, la estructura axiomática o los lugares señalados. Formas que no son historicistas, pero es cuestión de darles tiempo, que lo serán ¿O ya lo son?
También están de moda las apropiaciones, los site-specificity, la transitoriedad, la acumulación, la discursividad y la hibridación, todas ellas estrategias múltiples que pasan por formar gran parte del arte actual y lo distinguen de sus predecesores modernos.
Claro que todo este desfile nos está llevado al hecho de la necesidad de abrir el discurso crítico y todo el conglomerado estético a un saludable escepticismo. Incluso, algún autor piensa que, dada la situación actual, la validez de cualquier medio artístico y la propia experiencia estética se han vuelto sospechosos.
No obstante, entendamos de una manera u otra la modernidad o neomodernidad, el artista ha de ser una persona sensible, con talento y elocuente, con algo que decir. Además, en plena modernidad, se le exigía ser original y la obra de arte única.
Arendt lo argumentaba claramente: la esencia de la libertad humana reside en la capacidad del sujeto —en este caso el artista— de entrar en el mundo sin predeterminación, dotado de la capacidad de hacer algo.
Por consiguiente, todo el arte es una plataforma de significado en un sentido u otro, y el presente y las modas y movimientos que preconizan su desaparición y agotamiento en un determinado momento, en el siguiente los vuelven a considerar determinantes y preeminentes, lo que nos sitúa ante un panorama de falacias y postureos.
Quizás lo decisivo sea que la presentalidad de la imagen en que se combina la concreción estética y el espacio temporal de un objeto visual con el elemento de abstracción inherente a las ideas, sea el nexo configurador de toda comprensión del arte en sus distintas modalidades y disciplinas.
Gregorio Vigil-Escalera
De las Asociaciones Internacional
y Española de Críticos de Arte (AICA/AECA)