Siempre BUÑUEL

Por Waldo González López

En otras Notas al margen, he mencionado mi Pentarquía de realizadores preferidos, entre los que figuran, prima facie, el sueco Ingmar Bergman, el polaco Andrzej Wajda, los italianos Federico Fellini y Luchino Visconti, como, por supuesto, el español Luis Buñuel.

   Amante de la cinematografía desde la adolescencia, durante mis años de estudiante/becado en la Escuela Nacional de Teatro ―de la Escuela Nacional de Arte (ENA)―, en las noches solíamos fugarnos a la Cinemateca de Cuba, y aún recuerdo, cuando salíamos a hurtadillas tú, Rodolfo Pérez Valero, nuestro querido Gordo Bruno de la Portilla y yo. 

   Entonces, nos escapábamos a hurtadillas de nuestro albergue, en el ex Reparto Country Club… Desertábamos, a campo traviesa, para llegar hasta la zona franca y barrio marginal con su mote bien cubano «Palo Cagao»― tal era su antológico seudónimo― donde tomábamos un autobús, en el que llegábamos hasta la distante calle vía 23 (más bien Avenida, por su extensión) entre las calles 10 y 12, en El Vedado, donde ojala esté aun el Reino de la Cinematografía: la inolvidable Cinemateca de nuestros dulces ‘60s, cuando éramos tan jóvenes y donde cientos de noches disfrutáramos de tantos excelentes filmes.

LA CINEMATECA O CINEMA PARAÍSO

   Cierto, aquellas largas tiradas en ómnibus, desde el municipio Playa hasta El Vedado, bien valían la pena, pues en el ansiado templo tan admirado por nosotros (que renombro arriba parafraseando el inolvidable filme de Giuseppe Tornatore) conocí La maravillosa historia del cine, título del clásico historiador y crítico de cine francés Georges Sadoul, cuya publicación sugeriría años después a la Editorial Gente Nueva, cuando este cronista fuera asesor de esta casa editora.

   En La Cinemateca, pude visionar/disfrutar desde las cintas de los hermanos Lumière y Georges Méliès, hasta las norteamericanas, inglesas y francesas de los ’40, ’50, ’60, ’70 y ‘80, en un extenso e intenso haz de celuloide que incluía a los filmes expresionistas alemanes (Murnau et al), sin dejar a otros realizadores significativos, como los americanos David Griffith y Alfred Hitchcock, el sueco Ingmar Bergman, los italianos Federico Fellini, Luchino Visconti y Pier Paolo Pasolini, entre otros preferidos, sin olvidar, por supuesto, al aragonés Luis Buñuel y las dos obras maestras que iniciaran su filmografía: Un chien andalou (Un perro andaluz, 1928) y L’âge d’or (La edad de oro, 1930), monumentos de la modernidad en la pantalla grande, en cuyo guion colaborara el artista plástico Salvador Dalí, su amigo desde los años de estudios en la prestigiosa Institución Libre de Enseñanza, decisivo centro educacional hispano, marcado asimismo por la presencia de otros grandes creadores.

LUIS BUÑUEL Y EL GENUINO CINE

Luis Buñuel (1900) confirmaría, en numerosos filmes posteriores, su excepcional talento, si bien durante su exilio mexicano, se alejaría de su particular impronta para sobrevivir en la tierra de las rancheras y los charros, donde debió cumplir con los requisitos del melodramático público que, mientras ignoraba el alto nivel cultural y el gran legado literario de Alfonso Reyes, Octavio Paz y Carlos Fuentes, por mencionar tres grandes, sí en cambio, disfrutaba la falacia de lo cursi de aquellos melodramones [y, ¡peor todavía!, hoy ama al ya fallecido Rey del Kitsch: el meloso Juan Gabriel, Príncipe del tal seudoarte], aunque, claro, no sucedería así para los fans más avisados y avezados que comprendieron la carga de ironía y burla en los guiños del Maestro, quien en la patria de Juana de Asbaje, entre los ‘40s y ‘60s, viviera y filmara entre otros títulos,  Gran Casino,  Los olvidados, El gran calavera, Subida al cielo, El bruto, Él y Ensayo de un crimen.

   Incluso, mucho antes, en la propia España, Buñuel había incursionado en un empeño de tales filmes: en 1935, con ayuda de algún dinero familiar, fundó, junto a Ricardo Urgoiti, la productora Filmófono, que competía con la Cifesa de los hermanos Casanova, firma principal entre las españolas de los ‘30. Con Filmófono produjo películas como Don Quintín el amargao (donde debutó en el cine la gran bailaora Carmen Amaya), La hija de Juan Simón, ¿Quién me quiere a mí? o ¡Centinela alerta!, y la única condición de Buñuel para producirlas era, por supuesto, no aparecer en la ficha técnica, pues no eran más que «melodramas baratos», por decirlo con el propio cineasta. Claro, todos estos largometrajes, por rentables, supusieron la consolidación de la industria cinematográfica española de los ‘30. Sin embargo, la Guerra Civil abortó este proyecto. 

   Regreso a México: El cineasta tenía bien claro lo que deseaba filmar: óptimas cintas que cambiaran el curso de la cinematografía de su época. Por ello, realizaría, entre otras de sus valiosas cintas, momentos claves de la pantalla grande (muchos de los que este cronista disfrutara en La Cinemateca), como el documental, financiado por su amigo Ramón Acín: Las Hurdes, tierra sin pan (1933, retrato de hondo realismo, revelador de la pobreza en esa comarca), Los olvidados (1951, uno de las tres filmes reconocidos por la Unesco como Memoria del Mundo), Robinson Crusoe (de 1952, registrada en 1954), Ensayo de un crimen (1955), Nazarín (1958, primero de los varios lauros Palma de Oro, merecidos por el Maestro en el Festival de Cannes, 1959 y primero de los tres filmes realizados con el brillante Paco Rabal), Viridiana (1960, segundo Palma de Oro en Cannes, 1961 (que protagonizado por la mítica Silvia Pinal, no estrenaría en su patria hasta 1977, cuando mereciera el Premio Nacional de Bellas Artes), El ángel exterminador (1962), Diario de una camarera (1963), Simón del desierto (1964, León de Plata en la Mostra de Venecia, 1965),

   Luego llegarían otras cintas de alta valía: Belle de jour (Bella de día, 1967, segundo León de Oro en la propia Mostra de Venecia), La Voie Lactée (La Vía Láctea, 1968), Tristana (1970),  Le Fantôme de la Liberté (El fantasma de la libertad, 1974), Cet Obscur Objet du Désir (Ese oscuro objeto del deseo, 1977, Premio Especial del Festival de Cine de San Sebastián)… 

   Como constatará el lector, se trata de una brillante filmografía que, por ello mismo, sería censurada por los gobiernos hispano y mexicano, como  el Vaticano, si bien no pudieron frenar el genio del gran cineasta, quien figura entre los más altos del orbe. 

BUŇUEL ESCRITOR Y LECTOR

   A pesar de no ser tan conocida su faceta de lector y autor de algunas obras literarias, entre otros proyectos, a los 27 años escribiría, el poemario surrealista Polismos, nunca publicado y, sobre todo, durante la vejez, antes de su fallecimiento en 1982 daría a las prensas su valiosa autobiografía Mi último suspiro (1982), una de las mejores leídas por este cronista,  fan de este género. Sin duda, otra presea es este libro, Mi último suspiro, porque sin alardes literarios, deja conocer al lector más y mejor sobre los intríngulis de su imaginativa y talentosa creación y muchos aspectos de algunas de sus películas más conocidas, por cuya lectura el cronista conocería más y se valdría para la confección de estas Notas al margen.

   Por supuesto, acorde con su modestia, Buñuel se consideraba «ágrafo», pero sí sería un lector incansable a lo largo de su larga vida. Algunos de sus libros favoritos, según él mismo afirmara, serían:

La leyenda áurea, de Jacobo de Vorágine.

El Monje, de Matthew Lewis.

Peter Ibbetson, de George du Maurier.

Manuscrito encontrado en Zaragoza, de Jan Potocki.

Historia de los heterodoxos españoles, de Marcelino Menéndez Pelayo.

Cumbres Borrascosas, de Emily Brontë.

El Lazarillo de Tormes.

Gil Blas de Santillana, de Alain-René Lesage.

Don Juan Tenorio, de José Zorrilla.

La vejez, de Simone de Beauvoir.

Toda la obra del Marqués de Sade y de Benito Pérez Galdós.

Algunos de estos libros, fueron adaptados al cine por el gran realizador y otros le sirvieron como documentación o inspiración para sus filmes. 

SUS ADAPTACIONES

   La primera adaptación de El monje, de Matthew Lewis, la realizaría en 1973 Ado Kyrou, quien llevara al cine un guion de Buñuel, quien contara con actores tan conocidos como el italiano Franco Nero o la francesa Nathalie Delon. La obra de Lewis era considerada de culto entre los cultores del movimiento surrealista; por eso, el proyecto contó con un buen presupuesto y un gran equipo técnico.

UNA IMPORTANTE MUESTRA

   Pocos años atrás, la Academia de Cine de Madrid rescató los carteles de no pocos filmes del genial cineasta. De tal suerte, en la sede de la institución se exhibió la colección del malagueño Lucio Romero, con la que la institución recordó el 25 aniversario de la muerte del maestro de Calanda. Una treintena de carteles de las cintas más importantes de Buñuel, de los 150 que posee Romero en su colección de 4.000, se mostraron en la importante institución hispana. El coleccionista Lucio Romero, es actor de teatro, cine y televisión, y un amante del séptimo arte.

   La muerte de Luis Buñuel, en 1923, dejó al cine español huérfano de uno de sus mejores y más originales directores, como maestro del valioso Carlos Saura. Un cuarto de siglo después, la Academia de Cine recordaba, en su sede madrileña, su legado con una exposición homenaje, en la que el público pudo contemplar una selección de fotografías del cineasta y una muestra de la colección de carteles del actor malagueño Lucio Romero. Entre las muestras que avalaron al fan, cuentan dos vinculadas con la obra de Buñuel, del que había realizado entonces también dos muestras: una sobre el director, y otra doble, dedicada a Hitchcock y a él, a la que tituló: «Dos monstruos del cine». La exposición de Madrid devendría una muestra de inéditos. Fue la primera vez que el público pudo observar los carteles de cintas como Los ambiciosos, El Ángel Exterminador, Tristana, Un perro andaluz, Ese oscuro objeto del deseo La vía láctea. Mención Especial merecieron las primeras películas de Buñuel: La edad de oro y Los olvidados. 

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