La pigmentación con el rojo lithol —un colorante sintético— le pareció lo más adecuado para conseguir un color que no fuese un dolor sobre la carne, sino una depuración de la materia hasta lograr que no fuese más que un aliento místico.
Pero ¿supo o no supo Mark Rothko, la gran figura del expresionismo abstracto norteamericano, que entonces sus pinturas se desintegrarían y acabarían destruyéndose por culpa de ese agente químico de efímera vida?
Cuando, posteriormente, sumido en una profunda depresión, alza la cabeza ante el espejo, estira su cuello y lo acuchilla violentamente, ¿es consciente en ese momento de que lo que ha creado, también ha agotado su existencia porque él lo ha envenenado con el mismo designio de extinción y finitud? ¿Pensaría que sería suficiente su sangre vertida, que se desbordó en un inmenso charco, para reparar una vaporización que haría desaparecer una obra tangible y un destino intangible sobre los que seguir proyectándose?
Seguramente que su suicidio pudo ser, además de un símbolo que sale de paseo con el mito, una respuesta con la que especular bajo una voz y declamación múltiples, una desesperación y una falta de fe.Después vino la picaresca, la mentira, la impostura y el fraude a adulterar el valor y el mensaje con el repintar con nuevos pigmentos los lienzos. Nadie dice nada —el mercado manda— aunque al final llega a saberse, pero continúan declarándolos, confirmándolos y mostrándolos como Rothkos. ¿Lo mismo da o ya no importa?
Gregorio Vigil-Escalera
De las Asociaciones Internacional
y Española de Críticos de Arte (AICA/AECA).