Por KuKalambé

Cuando lo llamaron a testificar ya traía en el estómago un temblor antiguo, un hervor que no era solo miedo sino también conciencia de que había cruzado una línea invisible. Lo citaron a las nueve de la mañana en la estación del barrio, un edificio bajo, con pintura descascarada y una bandera que parecía cansada de tanto sol. Caminó hasta allí con el paso breve de quien quiere llegar y no llegar al mismo tiempo.

Apenas se sentó en la antesala sintió la urgencia brutal, la cagaera traicionera que le dobló el cuerpo como si le hubiera apretado un botón interno. Pidió permiso con voz trémula.

—Compañero, ¿puedo ir al baño un momento?

—El baño está clausurado por rotura —respondió el agente sin levantar la vista.

Sintió la cólera subirle desde el vientre hasta la garganta. No sabía qué le indignaba más, si la rotura del baño o la certeza de que hasta su necesidad más básica quedaba atrapada en la burocracia. Lo hicieron pasar a una oficina pequeña donde el ventilador giraba con un zumbido nervioso. Detrás del buró lo esperaba el compañero de la seguridad, un hombre de sonrisa blanda y ojos atentos, que parecía más dispuesto a conversar que a acusar.

—Tranquilo —dijo mientras apoyaba una mano en su antebrazo—. Aquí solo queremos aclarar algunas cosas.

—¿Qué hacía usted en aquella biblioteca independiente?

—Buscaba algunos libros que no existen en la biblioteca pública.

—¿Qué libros?

—Pasternak… El doctor Zhivago. Archipiélago Gulag… y otros.

El ventilador siguió girando como si nada. El agente retiró la mano y anotó algo en un papel.

—Usted sabe que esos textos no están autorizados. ¿Qué interés tiene en leerlos?

—Interés literario. Nada más.

El hombre lo miró largo rato.

—A veces las novelas dicen más de lo que parece.

La entrevista terminó sin gritos ni amenazas explícitas. Le recomendaron “cuidarse”, firmó una hoja y salió a la calle con una sensación de alivio y sospecha. Pensó que todo había quedado en una advertencia.

Pero no.

Tiempo después lo arrestaron. Fue de noche, sin previo aviso, cuando golpearon la puerta con los nudillos duros del Estado. Dos hombres y una mujer le mostraron una orden y lo condujeron sin explicaciones al DTI. Esta vez no hubo caricias en el antebrazo ni ventilador indulgente. Hubo pasillos fríos, luces blancas y preguntas repetidas hasta el cansancio.

Le hablaron de “actividad sospechosa”, de “vínculos con elementos desafectos”, de “desviación ideológica”. Le recordaron sus visitas a la casa donde funcionaba la biblioteca independiente y le preguntaron quién más iba, qué comentaban, qué copiaban. Le insinuaron que detrás de cada libro había una conspiración.

Tras varios días de interrogatorios lo pusieron en libertad condicional hasta el juicio. Esa libertad no era más que una cuerda larga. Tenía que firmar cada semana, no podía salir del municipio, debía estar disponible “cuando fuera requerido”. Caminaba por su barrio con la sensación de que cada esquina era un ojo.

El juicio llegó meses después, en una sala donde el aire olía a madera vieja y expediente. Lo sentaron en el banquillo y escuchó, como si hablaran de otro, la acusación formal: contrarrevolucionario por desviación ideológica, por visitar la casa de un enemigo de la Revolución, por difundir literatura que atentaba contra el orden constitucional.

La palabra lector se convirtió en prueba. El fiscal enumeró títulos de libros considerados armas de fuego. Nombró a Pasternak, a Solzhenitsyn, a otros autores que en aquella sala sonaban contraseñas prohibidas. Lo acusaron de intentar sembrar dudas, de dejarse contaminar por ideas ajenas.

Él intentó defenderse.

—Leer no es conspirar —dijo—. Leer es pensar.

El juez lo miró con severidad burocrática.

—Pensar no está prohibido. Lo que está prohibido es pensar contra la Revolución.

La sentencia fue clara. Prisión.

El día que lo trasladaron a la cárcel entendió que el recorrido había sido lógico. De la biblioteca independiente al DTI, del DTI al tribunal, del tribunal al penal. Cada etapa una página del mismo libro que nunca quiso escribir.

En la celda, al principio, lo invadió el silencio espeso de los hombres que esperan. Luego descubrió que en aquel lugar también circulaban papeles, lápices diminutos, hojas arrancadas de cuadernos viejos. Comenzó escribiendo cartas para otros reclusos que no sabían ordenar sus palabras. Redactaba mensajes a madres, a esposas, a hijos lejanos. Ponía en limpio nostalgias ajenas.

Después empezó a escribir para sí.

Versos breves en los márgenes de los formularios, reflexiones en trozos de papel higiénico, cartas que no enviaba a nadie. La biblioteca había desaparecido, pero los libros seguían vivos en su memoria. Recordaba párrafos de Archipiélago Gulag, escenas de El doctor Zhivago, frases que hablaban de hombres enfrentados a sistemas gigantescos.

De lector en la biblioteca independiente pasó a lector y escritor en la cárcel. Leían sus poemas en voz baja, como oraciones clandestinas. En la prisión aprendió que la palabra podía ser una forma de resistencia mínima, un modo de no dejarse reducir al expediente.

A veces, por la noche, recordaba la estación de policía y el baño clausurado. Comprendía que aquel episodio había sido un presagio. No había desahogo posible en un sistema que sospecha del pensamiento. Sin embargo, también entendía que algo en él había cambiado para siempre.

Lo habían acusado de contrarrevolucionario por desviación ideológica. Él comenzó a pensar que su verdadera desviación había sido otra, más simple y más peligrosa: creer que un libro podía leerse sin consecuencias.

En la cárcel ya no pedía permiso para ir al baño con la misma ingenuidad. Pero cada vez que lograba escribir un poema y pasarlo de mano en mano sentía que, pese a todo, seguía siendo aquel hombre que entró un día en una biblioteca independiente buscando libros que no existían en la biblioteca pública. Y esa memoria, esa fidelidad a la lectura, era una forma silenciosa de libertad que ninguna sentencia podía clausurar.

Dos años pasaron así, entre requisas, listas y noches largas donde la humedad parecía pegarse a los huesos.

Al cabo de ese tiempo lo absolvieron por buen comportamiento. Esa fórmula sonó a indulto moral, a certificación de obediencia. Le entregaron un papel donde constaba que había cumplido, que no había generado conflictos, que había mostrado actitud disciplinada. Salió por la misma puerta por la que entró, pero no era el mismo. Traía encima la piel de la cárcel y debajo una esperanza intacta.

Se creyó, de verdad, que había saldado la deuda con la Revolución. Pensó que el castigo había sido una corrección, una advertencia ya superada. En su cabeza todo podía recomponerse si demostraba lealtad suficiente. Por eso pidió, con orgullo y humildad, recuperar su antiguo puesto de asesor literario.

Entró en la oficina con el expediente bajo el brazo y la convicción de que el sistema sabría reconocer su voluntad de reintegrarse. Habló con el nuevo director, explicó que había cumplido, que no guardaba rencores, que estaba dispuesto a trabajar más que antes.

La respuesta fue breve, casi administrativa.

—No es posible.

Intentó argumentar.

—He sido absuelto.

—Eso no cambia nada —le dijeron—. No es conveniente.

La negación fue rotunda, limpia como una puerta que se cierra sin estruendo. No hubo gritos ni insultos, solo la fórmula fría del descarte. En ese momento comprendió que la absolución no borraba la marca invisible que llevaba encima. El expediente no se archivaba en la memoria de los hombres.

El ninguneo comenzó entonces su trabajo silencioso. Nadie lo llamaba, nadie respondía sus solicitudes, nadie devolvía sus correos. Su nombre dejó de circular. En las reuniones culturales se hablaba de libros, de premios, de nuevas publicaciones, pero él no existía. El ninguneo se convirtió en la estrella de su sombra, una presencia constante que lo seguía a todas partes sin necesidad de pronunciarse.

Buscó empleo en editoriales, en centros culturales, en bibliotecas públicas. En cada lugar la respuesta adoptaba formas distintas, pero el resultado era el mismo. Lo miraban con cortesía tensa, revisaban su historial, prometían llamar y nunca llamaban. La cárcel no lo había rehabilitado, lo había clasificado.

Sin trabajo, sin salario estable, comenzó a vivir de pequeños encargos y de la ayuda discreta de algunos amigos que aún se atrevían a saludarlo en voz alta. Su dignidad empezó a dolerle más que el hambre. No entendía cómo podía ser a la vez absuelto y excluido, liberado y condenado.

Una tarde, después de otra entrevista frustrada, caminó hasta la plaza donde se erguía el edificio gris del Comité Provincial del PCC. No sabía exactamente qué haría. Tal vez nada. Tal vez solo mirar la fachada como quien contempla una montaña.

Pero algo se rompió dentro.

Sintió que el silencio impuesto, el borrado sistemático, era una forma más cruel de castigo que la celda. La cárcel tenía muros visibles. El ninguneo era un muro sin ladrillos. Recordó las consignas repetidas en su juventud, los discursos que había escuchado de pie, la emoción que le había hecho creer que todo sacrificio tenía sentido.

Y entonces gritó.

No fue un grito elegante ni calculado. Fue un estallido.

—¡SOY REVOLUCIONARIO!

La frase se elevó en la plaza, rebotó contra el concreto y ascendió por las ventanas cerradas del edificio. Algunos transeúntes se detuvieron. Un custodio lo miró con extrañeza. No había insulto en su voz, ni desafío explícito, solo una afirmación desesperada.

Lo dijo una vez más, más fuerte.

—¡SOY REVOLUCIONARIO!

No sabía si gritaba para que lo escucharan dentro o para escucharse a sí mismo. Tal vez ambas cosas. Tal vez necesitaba convencerse de que no había traicionado nada, de que su amor por los libros no era una herejía, de que su paso por la cárcel no lo convertía en enemigo.

El eco se disipó. Nadie salió a responderle. Nadie lo aplaudió ni lo arrestó. El edificio permaneció imperturbable, como si aquel hombre no fuera más que un ruido momentáneo.

Se quedó allí unos minutos, respirando con dificultad. Comprendió que su grito no era una petición de empleo, sino una súplica de reconocimiento. Quería que alguien le devolviera un lugar en la historia que había ayudado a imaginar.

Pero la plaza volvió a llenarse de pasos y de rutinas. Él bajó la voz. El ninguneo, silencioso y eficaz, siguió caminando a su lado.

Esa noche, en su cuarto pequeño, volvió a escribir. Ya no cartas ajenas ni poemas carcelarios, sino un texto donde narraba la escena del grito frente al Comité Central. Lo tituló con ironía amarga. No sabía si alguien lo leería. Tal vez no.

Sin embargo, mientras trazaba las palabras, sintió que algo se acomodaba dentro. Había sido lector, prisionero, escritor de cartas, acusado, absuelto, desempleado. Ahora era también el hombre que gritó su identidad frente a un edificio mudo.

Y aunque nadie respondió desde las alturas del poder, supo que ese grito, al menos, le pertenecía.

Total Page Visits: 328 - Today Page Visits: 4