Reflexiones sobre la cubanidad en el marco de Consiliencia

Por Jorge A. Sanguinetty

Cuando los edificios se derrumban sin una razón aparente se debe hacer una evaluación de las causas que provocaron el desastre. Cuando el derrumbe es provocado por alguna fuerza externa e inesperada, como un terremoto o una explosión, la evaluación de la estructura sigue siendo necesaria y hay que enfocarla en el por qué el edificio no resistió tal embate, en los factores determinantes de la debilidad estructural. En ambos casos la evaluación tiene que tomar en cuenta el diseño y la calidad de la estructura y las condiciones por las que no se mantuvo estable. Como se trata de una estructura física, la evaluación se puede hacer objetivamente con elementos o componentes tangibles y con instrumentos de medida y otras herramientas, de manera que la evaluación no dependa de opiniones subjetivas que vayan a predominar sobre la evidencia material y pueda alcanzarse un consenso sobre los orígenes del evento.

Sin embargo, cuando se trata del derrumbe de una república o sociedad la evaluación es infinitamente más compleja, pues se trata de una “estructura” intangible cuyos elementos o componentes no se pueden ver, tocar o medir. Lo que podemos percibir como estructuras sociales están sostenidas por fuerzas invisibles y con frecuencia la evaluación de las causas de su derrumbe se enfoca en lo que es aparentemente obvio, como las causas directas o externas. De este modo se puede afirmar que el derrumbe de la república y la sociedad cubanas que ocurre fundamentalmente entre 1959 y 1960 todavía no ha sido adecuadamente explicado. Abundan las evaluaciones que enfocan todo el análisis de las causas en la voluntad de Fidel Castro y su movimiento revolucionario, pero se quedan cortas en la explicación del fenómeno al no incluir los factores que permitieron que un grupo relativamente exiguo de guerrilleros se apoderara del país entero con sus siete millones de habitantes en menos de dos años. Las defensas de la sociedad, o sea, lo que se puede entender como su sistema inmune, no fueron lo suficientemente robustas para oponerse al proceso o revertirlo después, a pesar de la heroica resistencia de muchos ciudadanos.

Busco en el análisis de la cubanidad, como expresión de la cultura cubana en su sentido más amplio, las causas de ese derrumbe. Me interesan también los factores que han permitido que el régimen político, económico y social, que surge del derrumbe hayan perdurado por más de seis décadas a pesar de su incapacidad para gobernar satisfactoriamente y ser el único responsable del enorme deterioro del nivel de desarrollo económico y social del país alcanzado hasta 1959. Además, es notorio  que después de 62 años es sólo ahora con las manifestaciones de protesta del 11 de julio que aparece un desafío importante, sin duda el más serio, al poder del régimen instalado desde entonces. En principio se puede afirmar que los factores que explican el derrumbe de la República tienden a ser los mismos que explican la permanencia y estabilidad del nuevo régimen, tópicos que por su importancia y proyección hacia el futuro merecen ser analizados con un cierto grado de rigor y profundidad. Aunque sea someramente, me propongo tocar algunos elementos de análisis que no suelen ser considerados en muchas reflexiones y escritos.

Los análisis y estudios que he leído sobre el cambio revolucionario y la estabilidad del régimen resultante son con frecuencia superficiales y no contribuyen a lograr una comprensión cabal del proceso y a que Cuba pueda superar esta situación en un futuro visible. No hay que conformarse con explicaciones triviales y simplistas como la de que todo ocurrió por la voluntad de un líder revolucionario y sus obedientes seguidores. Es necesario explicar por qué la república y la sociedad cubanas no resistieron el embate revolucionario y por qué y cómo los cubanos en masa se dejaron despojar de sus derechos y de sus propiedades en tan corto tiempo y de manera tan radical.

No voy a referirme a la cubanidad vagamente y en abstracto, como si fuera una entelequia ambigua o caja negra sobre cuyo contenido sabemos poco. Para producir un análisis convincente y de utilidad práctica para los cubanos quiero referirme a algunos factores o variables específicas constitutivas de lo que conocemos por cubanidad. Con el fin de observar y evaluar la naturaleza de la cubanidad en su conjunto es necesario identificar y analizar los componentes que la definen y la hacen perceptible.  Fernando Ortiz habló de los componentes de la cubanidad a modo de metáfora comparándolos con los de un ajiaco, pero prefiero usar una analogía más dinámica y realista y con tal fin adopto la nomenclatura del economista Joel Mokir que ha estudiado las raíces culturales del crecimiento económico, en especial la Revolución Industrial de los siglos XVIII y XIX.

En su libro The Culture of Growth, The Origins of the Modern Economy, el autor agrupa los componentes que definen cada cultura en tres grandes clases de agregados: conocimientos y creencias, preferencias y valores predominantes o más frecuentes en una sociedad dada. Este enfoque nos permite ampliar la concepción de Fernando Ortiz abriendo oportunidades analíticas de gran utilidad práctica. Acercándonos a los tres vectores de Mokyr para ver con más detalle los componentes de la cultura cubana, el grupo de conocimientos y creencias incluye no sólo el saber hablar español con el léxico cubano sino también las formas en que el lenguaje se usa para adquirir, ampliar, transmitir y difundir conocimientos y creencias, además de preferencias y valores. Es fácil percibir las múltiples y muy complejas interacciones de estos componentes de la cultura, pero en extremo difícil describirlas con precisión y evaluarlas por su naturaleza intangible y hasta subjetiva. Esta condición no debe detenernos en la investigación de los fenómenos y componentes que nos interesan, en especial sobre cómo la cultura cubana influencia y hasta determina la evolución de la sociedad en todos sus aspectos, o sea, en su organización política, económica y social.

Para mejor comprender o percibir la evolución de la cultura cubana podemos ampliar la concepción de Ortiz y comparar la cubanidad como algo análogo a una selva o bosque con sus componentes en materia de fauna, flora, clima y territorio, con todo y su ecología, con múltiples variables exógenas y endógenas, y una existencia e identidad propias. Al igual que una selva, la cubanidad tiene un origen en los múltiples organismos que aparecen de manera exógena pero van apareciendo, plantándose y creciendo en medio de una red compleja e indescriptible de innumerables interacciones.

En esta analogía aplico el marco analítico de Conciliencia desarrollado por el entomólogo Edward Wilson en su libro Consilience, The Unity of Knowledge, donde el autor explica cómo la expansión del conocimiento de las ciencias naturales como la física, la química y la biología, ha hecho que sus fronteras toquen a las de complejidad creciente en las ciencias sociales y las humanidades. Así, la analogía de la cultura como si fuera una selva nos permite usar las propiedades de la biología evolucionaria para mejor comprender los cambios culturales en el tiempo y sus variaciones en el espacio, en especial cómo los principios darwinistas de la selección natural entre los componentes específicos de la cultura. Del mismo modo que una selva es un super organismo compuesto de organismos vivos que interactúan entre sí para crear una dinámica conjunta, la cultura que llamamos cubanidad evoluciona como resultado del conjunto de sus organismos constitutivos, sus propias evoluciones individuales, pero no necesariamente independientes y de la misma evolución conjunta de todo el sistema.

Como expresión de la cultura cubana, la cubanidad es una entidad viva, evoluciona en el tiempo, pero también varía en el espacio porque tiene rasgos regionales y la afectan los movimientos migratorios de sus portadores. Desde 1959 se puede afirmar que ha estado sufriendo cambios o choques abruptos, en algunos casos traumáticos, no evolutivos y difíciles de calibrar o evaluar aunque acaban afectando sus evoluciones futuras. Las presiones totalitarias provenientes del nuevo régimen de gobierno en Cuba para lograr un predominio ideológico basado en las ideas marxistas-leninistas e implementado mediante el monopolio estatal del sector educativo, la prohibición de toda forma de educación privada y el control de todos los medios de expresión, han estado modificando continuamente la cubanidad y sus componentes desde 1959.

Independientemente de cómo se forma y evoluciona, los cubanos tomamos la cubanidad por dada de manera parecida a cómo tomamos el clima, algo a lo que nos acostumbramos desde el nacimiento, con lo que estamos forzados a vivir, como algo inmutable, a lo que tenemos que adaptarnos. Y nunca se nos ocurre que es algo a cuya formación y evolución contribuimos, aunque sea de manera infinitesimal e inconsciente pero que en conjunto conforman la cultura. Que además, como cualquier otra cultura, se forma, reproduce y crece como una selva, de manera silvestre, aunque puede haber sectores que se cultiven deliberadamente, de acuerdo a un plan. Pero es legítimo, a pesar de todo lo aparentemente inmutable o inconmovible de una cultura, preguntarnos: ¿Qué factores exógenos y endógenos conforman o influyen en la cubanidad y en sus variaciones? ¿Tiene sentido analizar críticamente algunos de sus componentes? Jorge Mañach lo hizo en su Indagación del choteo al que señaló como un rasgo no precisamente admirable de la cubanidad. A propósito, creo que lo que llamamos choteo es una forma de comportamiento que puede estar correlacionado con otras características de la cubanidad, como es la frecuente propensión de algunos o muchos ciudadanos de no tomarse muy en serio el cumplimiento de las normas o de las leyes. Pero yo quiero referirme aquí, aunque sea brevemente, a otros componentes, pues la cultura es la base determinante de los comportamientos ciudadanos que en conjunto generan o modulan los acontecimientos de una sociedad y lo hacen de una manera recurrente, como una serie interminable de cadenas de Markov, de manera que lo que pasa en un período dado está determinado o por lo menos influenciado por lo que pasó en el período anterior.

En este punto y a modo de aclaración metodológica quiero apuntar que se puede hacer de los componentes de la cultura una conceptualización o formulación más precisa y rigurosa mediante la lógica simbólica o la teoría de conjuntos con base en conjuntos confusos (“fuzzy sets”). Me refiero a conjuntos confusos porque la cubanidad u otra cultura no se define por los que se identifican con un grupo, tengan exactamente los mismos rasgos. O sea, en una cultura dada hay rasgos predominantes en el conjunto de los miembros de esa cultura, como es el hablar como cubano, por ejemplo, en el caso de la cubanidad, pero siempre hay otros miembros con conocimientos y creencias, preferencias y valores diferentes, que no los excluyen del mismo grupo. Dicho de otro modo y viéndolo con una perspectiva amplia, la cubanidad, como cualquier otra cultura reside en sus portadores y cada uno de ellos aporta, a su manera y con intensidades variables y casi sin saberlo a la cultura de la cual también se nutre. Con esta última observación no quiero dejar de reconocer en el marco de la cubanidad el acervo cultural acumulado desde su nacimiento en forma de arte, historia, literatura, arquitectura, etc., pero que no son pertinentes a este análisis.

Para no abrirme en abanico y perder el foco de la exposición que más me interesa escojo un tema específico o grupo de componentes culturales que me preocupa sobremanera para poder ilustrar concretamente un modo de proceder en este análisis. Así me pregunto: ¿es la cultura cubana o cubanidad compatible con una organización democrática de la república? O planteado de otro modo: ¿son o han sido las actitudes, ideas y comportamientos cubanos compatibles con la promoción y mantenimiento de una democracia? ¿Son esos comportamientos motivados por la cultura prevaleciente de los cubanos, en materia de conocimientos, creencias, preferencias y valores? ¿Qué componentes concretos de la cubanidad son propicios a la democracia? ¿Es la falta frecuente de respeto por el cumplimiento de las leyes un rasgo de la cubanidad? ¿Hay algo en la cultura cubana que nos ayude a explicar por qué los cubanos en su gran mayoría acogieron con gran indiferencia la ruptura constitucional del 10 de marzo de 1952 orquestada por Fulgencio Batista y la aceptación y adaptación de muchos a la transfiguración revolucionaria que comenzó en 1959 y ha durado hasta hoy?

Las manifestaciones del 11 de julio demostraron que hay muchos cubanos que valoran y prefieren vivir en libertad, pero ¿cuántos son y qué tienen que hacer para lograrlo? ¿Qué saben cuántos cubanos cómo organizarse con tales fines? ¿Por qué tantos cubanos se han adaptado al totalitarismo y por qué los que no se adaptan prefieren irse del país en vez de intentar cambiar al régimen? Si, por alguna razón, el sistema actual de gobierno en Cuba desapareciera, como ocurrió con la Unión Soviética, ¿cuán preparados están los cubanos pare reconstruir la República sobre principios democráticos? Una democracia que funcione con un mínimo de estabilidad requiere una organización compleja, que resulte de acuerdos colectivos que no son fáciles de alcanzar, con leyes y reglas que deben cumplirse con cierta disciplina y regularidad. Esa organización necesita que, por lo menos, una masa crítica de ciudadanos tenga la capacidad de llegar a acuerdos estables y duraderos y saber cómo lograr un mínimo de apoyo del resto de la población. Para organizarse se requieren acciones colectivas coordinadas, lo cual a su vez depende de que los miembros de una acción colectiva dada lleguen a acuerdos que se puedan cumplir con un mínimo de disciplina, precisión y eficacia. Y para llegar a acuerdos se requieren diálogos organizados entre los actores.

Sin una capacidad colectiva para formar una sociedad organizada en favor de los ciudadanos, las sociedades tienden a depender de un poder que las organice, como un deus ex machina. De la demanda social para evitar el caos y tener un mínimo de orden y seguridad ciudadana surgen los poderes centrales. La historia nos enseña que esos poderes nacen y se consolidan en forma de caudillos o dictadores, y Cuba no es una excepción a lo que se puede postular como una regla o ley de la organización social: La incapacidad de una sociedad para organizarse crea un vacío que tiende a llenarse con una autoridad máxima o caudillo, que concentra grandes poderes que suelen administrarse dictatorialmente y a contrapelo de los intereses de la mayoría de los ciudadanos.

Sin el apoyo de investigaciones empíricas, mis observaciones del comportamiento típico de los cubanos (que se asemeja al de otros latinoamericanos) indican que en varios componentes de la cubanidad tenemos desventajas frente a otras culturas. Por ejemplo, por ser desorganizados los diálogos entre cubanos no facilitan lograr acuerdos sobre acciones colectivas prácticas y duraderas. Un detalle que no sólo es observable en Cuba sino también entre la mayor parte de los cubanos que vivimos en el llamado exilio. Ortega y Gasset propuso hace unos cien años en su España Invertebrada, que la desorganización de la política española estaba correlacionada con la desorganización de los diálogos entre los españoles, fenómeno que se puede extrapolar a los cubanos. Los diálogos sirven a los interlocutores para identificar sus intereses comunes y sus desacuerdos como fase preliminar a los acuerdos necesarios para acciones colectivas. En este contexto se puede señalar también que dentro de la cultura cubana no se destaca una gran capacidad de manejar y resolver conflictos, lo cual es esencial para llegar a acuerdos que puedan generar beneficios comunes.

Se puede afirmar que la cubanidad sufrió cambios traumáticos a partir de 1959. ¿Qué pasó con la cubanidad desde entonces? ¿Se puede decir que la capacidad de dialogar libremente se fortaleció o se debilitó? Es de esperar que la falta de libertad de asociación ha impedido que los ciudadanos desarrollen destrezas retóricas y organizativas necesarias en una sociedad democrática. La ofensiva ideológica revolucionaria, la supresión de la libertad de expresión y de prensa, el adoctrinamiento masivo y otras intervenciones deben haber dejado una huella en la cubanidad, pero creo que se puede postular, de nuevo sin el apoyo de evidencia rigurosa, que en el 11 de julio una masa significativa, acaso representativa, de cubanos mostraron preferencias y valores a favor de vivir en libertad, así definida vagamente aún cuando no tengan el conocimiento ni las destrezas de cómo lograrlo. Pero tales preferencias y valores no parecen ser compartidos por los cubanos que pertenecen al gobierno y al Partido. Pero ¿qué significa esto? ¿Se bifurcó la cubanidad? ¿Hay una cubanidad para los gobernantes y otra para los ciudadanos de a pie? Aunque no creo que tenga sentido afirmar que hay dos cubanidades, porque la predominancia de los rasgos originales de la cultura cubana así lo determinan, me parece que se puede reconocer que hay una segmentación cultural en Cuba que en la actualidad separa a los gobernantes de los gobernados.

La gran cuestión es si, en el largo plazo, podemos influenciar o incluso mejorar en alguna medida ciertos componentes de la cubanidad. Al fin y al cabo la cubanidad se fue formando evolutivamente desde el comienzo de la nación cubana y sus componentes resultaron de la combinación aleatoria de infinitos factores, muchos de los cuales fueron fortuitos pero otros resultaron de decisiones deliberadas en muchos sectores, familias, industrias, programas educativos, inmigraciones, clubes, religiones, la influencia de otras culturas, etc. No propongo someter a la cubanidad a ningún plan de ingeniería cultural pero definitivamente creo que es legítimo considerar cambios dentro de alguna perspectiva razonable. Independientemente del carácter “silvestre” de la “selva cultural” que es la cubanidad, sectores de la misma pueden ser cultivados deliberadamente del mismo modo que se planta y atiende un jardín o un parque. De la misma manera que el clima del planeta o de una de sus regiones no se cambia con facilidad, “mejorar” algunos componentes de la cubanidad parece una tarea imposible, pero no lo es. Hoy, las tendencias negativas del cambio climático nos obligan a tomar medidas que disminuyan o incluso detengan el calentamiento global. Lo que parecía descabellado pensar hace algunos años ahora se ha convertido en una tarea necesaria y factible, aunque costosa, para los habitantes de La Tierra.

Pero aparte de estas disquisiciones, Cuba tiene un desafío gigantesco en el corto plazo y es el de construir una nueva república sobre una base democrática a partir de las condiciones actuales. Y ¿cómo puede lograrse semejante hazaña partiendo del gobierno y sociedad actuales y en el marco de la cultura cubana tal como existe ahora? Descontando la aparición de un superpoder político que pueda definir y dirigir el proceso, que dicho sea de paso no está entre mis preferencias, la solución está en el desarrollo de coaliciones que puedan converger hacia un acuerdo nacional empezando por mantener diálogos comprometidos con una meta concreta. El acuerdo tiene que formarse entre coaliciones e individuos que, conscientes de nuestras características culturales, puedan superar las limitaciones que he apuntado someramente arriba. Pero ¿cómo pueden formarse, en Cuba y fuera de la isla? En este sentido las experiencias de otros países en su formación democrática puede ser una fuente de conocimientos e inspiración.

Estos son temas que pudieran alimentar debates e intercambios entre los cubanos como una preparación para un futuro democrático en la Isla. El régimen dictatorial en Cuba no necesariamente será automática o fortuitamente reemplazado por una república como la que muchos cubanos desean. Mucho dependerá de cómo los cubanos de ambas orillas trabajen y se preparen.

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