Poética de la fuga y la resonancia en «Discurso de los vivos»

Por Galán Madruga

Uno podría imaginar, no sin cierta perplejidad que no se disipa del todo aunque se la nombre, una biblioteca en la que algunos libros rehúsan ser leídos en el sentido habitual, no por ocultar su contenido bajo capas de oscuridad deliberada, ni por entregarse a una opacidad de oficio que los vuelva inaccesibles, sino porque desplazan continuamente aquello que en otros textos se deja fijar, de modo que toda tentativa de retener lo leído se vuelve insuficiente, parcial, provisional; en esa biblioteca, que no es tanto una ficción como una forma de experiencia repetida por quienes han frecuentado ciertas escrituras, se encontraría Discurso de los vivos, de Juan Carlos Recio, publicado en 2023 por la editorial Lunetra, un libro que no se deja reducir a una interpretación estable, no porque niegue el sentido, sino porque lo mantiene en una deriva constante, como si su materia no residiera en lo que afirma, ni siquiera en lo que sugiere, sino en esa imposibilidad persistente de ser retenido en una forma definitiva.

Leer, en condiciones ordinarias, implica aceptar un pacto que rara vez se formula de manera explícita pero que estructura la relación entre texto y lector, una expectativa según la cual lo leído terminará por organizarse en una figura reconocible, en una arquitectura que permita, al final, producir ese gesto mínimo pero decisivo de asentimiento, esa forma de clausura que consiste en decir que se ha comprendido, o que al menos se ha alcanzado una zona donde la comprensión parece posible; sin embargo, hay libros que no rompen ese pacto de manera frontal, no lo denuncian ni lo desarticulan de manera visible, sino que lo dejan sin efecto, lo vuelven irrelevante mediante un procedimiento más sutil, una forma de desplazamiento continuo que impide que el sentido se estabilice allí donde el lector cree haberlo encontrado, y en ese desplazamiento, que no es ruido ni confusión sino una especie de movimiento silencioso, se instala la experiencia de este libro.

No se trata, conviene insistir, de oscuridad en el sentido trivial del término, ni de una ambigüedad diseñada para producir desconcierto, como si el texto buscara imponerse a través de su dificultad, sino de algo más cercano a una resistencia de superficie, una imposibilidad de atravesar lo que se lee sin detenerse en ello, sin quedar retenido en la frase, en la imagen, en ese leve desfase que aparece cuando algo parece haber sido comprendido y, sin embargo, se desplaza apenas, se retrae o simplemente no termina de coincidir con la expectativa que lo precedía; es en ese desfase, en esa zona donde la comprensión no se consuma del todo, donde la lectura encuentra su lugar, no como resolución, sino como permanencia.

La organización del libro, que en una primera aproximación podría confundirse con una distribución convencional en secciones, revela pronto otra lógica, menos visible y más insistente, una forma de respiración que modula la experiencia del lector sin ofrecerle puntos de descanso claros, alternando zonas de mayor densidad con otras donde el tono parece aligerarse sin perder su peso específico, como si la escritura no buscara variar su intensidad sino desplazarla; así, “Verdades” no ofrece ninguna que pueda sostenerse sin fractura, no porque niegue la posibilidad de verdad, sino porque la somete a un régimen de inestabilidad constante, mientras que “Peces fritos” introduce una materia que podría parecer más cercana, más cotidiana, pero que pronto se ve sometida a una torsión que la vuelve irreconocible, y así sucesivamente hasta llegar a “Sentado en el aire”, donde el libro parece elevarse apenas, sin llegar a resolverse, como si encontrara en la suspensión una forma de persistencia que no necesita clausura.

Dentro de ese recorrido, ciertos poemas funcionan como núcleos donde las tensiones del conjunto se hacen más visibles, no porque sean más claros, sino porque concentran con mayor intensidad los desplazamientos que atraviesan todo el libro, y entre ellos destaca La sublime enfermedad de los que sufren, cuyo título ya introduce una ambigüedad que no se deja resolver, no porque carezca de sentido, sino porque lo mantiene abierto, como si la enfermedad y lo sublime no fueran términos opuestos sino dimensiones que coexisten sin anularse; desde sus primeros versos, donde las historias que se cuentan del yo aparecen como invenciones que, sin embargo, le pertenecen, se establece una relación inquietante entre identidad y relato, entre lo vivido y lo narrado, como si la distinción entre ambos hubiera perdido su eficacia o, más radicalmente, su necesidad.

Esa relación se intensifica cuando el hablante asume los sentimientos, las culpas y las vergüenzas de otros, no como un gesto de exageración retórica, sino como la descripción de una experiencia en la que la responsabilidad se desplaza, se reparte, circula sin fijarse en un sujeto determinado, lo que introduce una forma de comunidad que no se funda en la afinidad ni en el reconocimiento, sino en la carga compartida, en una especie de economía afectiva donde lo propio y lo ajeno se vuelven indistinguibles; y sin embargo, en medio de esa circulación, aparece una afirmación que interrumpe el movimiento, una negativa a odiar a quienes sufren que no se sostiene en la inocencia, sino en todo lo que la rodea y la desestabiliza, como si esa frase no fuera una conclusión sino un punto de tensión.

En La historia me absolverá, el tono parece desplazarse hacia una ligereza que podría confundirse con desenfado, pero que en realidad opera como una forma de distancia frente a las grandes palabras, frente a esas declaraciones que han pretendido fijar el sentido de la historia, y la imagen de la danza, repetida hasta volverse insistente, termina sugiriendo no tanto una elección como una condición, una forma de movimiento del que no se puede salir, como si la libertad que se enuncia fuera, en realidad, una figura más dentro de un sistema que la contiene.

Al avanzar hacia “Peces fritos”, la fragmentación se vuelve más visible, pero no por ello más accesible, y los poemas parecen entregarse a una forma de dispersión que no implica pérdida de sentido, sino su desplazamiento constante; en Camino del bosque, el gesto de prender fuego puede leerse como destrucción, pero también como intervención, como una tentativa de alterar un espacio que, de otro modo, permanecería intacto, y la repetición de la consigna que invita a la felicidad introduce una ironía que no necesita ser explicitada, porque se revela en la insistencia misma, en esa forma de repetición que vacía de contenido aquello que enuncia.

En Discurso de los muertos, la presencia de los suicidas no se limita a una evocación, sino que se convierte en una forma de invasión, en una ocupación del cuerpo del otro que borra cualquier frontera entre vida y muerte, entre presencia y ausencia, y convierte al sujeto en un espacio atravesado por voces que no le pertenecen del todo; mientras que en el poema que da nombre a la sección, la libertad no se afirma, sino que se disuelve en cada una de sus posibles formulaciones, como si solo pudiera pensarse desde su propia negación, desde aquello que la impide.

Bajo las estrellas introduce una interrogación que no busca respuesta, no porque renuncie a ella, sino porque su función parece ser otra, la de sostener el poema en una apertura que no se cierra, donde los recuerdos aparecen como fragmentos que no terminan de organizarse en una secuencia coherente, como si la memoria no fuera un relato sino una serie de imágenes que se resisten a encajar, que permanecen en una especie de simultaneidad discontinua.

Y al llegar a La máquina de la felicidad, cualquier expectativa de cierre se disuelve en una forma de circularidad que no resuelve, que no concluye, sino que devuelve al lector a ese movimiento inicial en el que la felicidad no se alcanza, sino que se busca a sí misma, lo que equivale a no encontrarla nunca o a encontrarla solo en ese mismo acto de búsqueda, como si el libro se negara a ofrecer una salida que no fuera, al mismo tiempo, un regreso.

No se trata, entonces, de interpretar en el sentido habitual, ni de extraer un significado que pueda fijarse como resultado, sino de habitar una experiencia de lectura que no se agota en lo que el texto dice ni en lo que sugiere, sino que continúa más allá de la página, en esa persistencia que deja en el lector una forma de inquietud que no se resuelve, que no se deja clausurar, y que, quizá por eso mismo, constituye su forma más precisa de permanencia, una lectura que no concluye cuando el libro se cierra, sino que sigue desplazándose, como el propio sentido que la sostiene, en un movimiento que no necesita llegar a ningún lugar para justificarse.

Total Page Visits: 1158 - Today Page Visits: 1