R.C. Olán, ST. Collaje, 2025

R.C. Olán, ST. Collaje, 2025

Lo que da de sí un mojito

Por Gregorio Vigil-Escalera

Los restos del arte conceptual, del minimal y del neodadaísmo se resisten a desaparecer. Hasta de vez en cuando se hacen compañía. Siempre se postulan como nuevos brotes verdes de génesis perdurable, igual que unas instalaciones espectáculo, artificiosas, proyectadas mediáticamente, inconsistentes y perecedera algunas —no todas—, con la autenticidad celebrada a priori y con la razón de existir entre paños de plañideras. 

También continuamos masticando la tesis de la ruptura de la estética, dudosa de sí misma, con la práctica de un arte que le confirió al objeto manufacturado categoría de obra de arte por el simple hecho de la risa que le da al artista por su elección. Equivocación suma por cuanto era el hecho de la carcajada la que debería ser elevada al rango epistemológico.

Lo que nos deja con el mojito bien delicioso si nos convencemos de que la crítica estética, como dicen algunos, no ha de proponerse infundir conocimientos cuanto comunicar emociones. Llegan a sostener la afirmación de que la estética forma un tipo de saber sui generis, es decir, que vale tanto para lo ortodoxo como para lo heterodoxo, lo gnoseológico, lo iconoclasta, lo hereje, lo caótico retórico o el espacio apagado por no pagar la luz.

Si, es verdad que una crítica de los significantes no puede quedarse viuda porque por sí misma es insuficiente, debe arrejuntarse con una crítica del sentido por si se pierde en tantos universos conceptuales y mixtificadores como hay, ya como embriones o ya como gérmenes pomposos, que desfilan en todos los frentes artístico-culturales. 

Por lo que tenemos que seguir vinculados a esa aprehensión auténtica y verdadera del pasado, porque nos procura para los desesperados un signo ontológico que le es propio: el de la negación y el no ser. Lo que es al mismo tiempo la liberación del valor obligatorio del ser, cuyo conflicto interno no deja de asustarnos, de incrementar nuestro terror.

Por eso, el artista genuino, presa de ese temor, juzga, sopesa, valora continuamente la validez de lo expresivo, de lo deformado, roto, intuitivo, mental, hermético y contradictorio; así como de lo temperamental, inventivo, camaleónico, artificial, abyecto e irredento, sabiendo o ignorando orígenes y principios, sólo estando seguro de que su destino es el de culminar la obra y, volviendo la vista hacia ella, comprender que la forma que la estructura e identifica es la que al fin ha constituido la realización de su descubrimiento.     

Y seguimos hablando del fin del arte, del fin de la incansable voluntad creadora de los sueños y deseos humanos, la que no tendrá lugar en tanto en cuanto sigamos percibiendo todavía que los hombres persisten en conformar su propia y lánguida vida.

Cualquier hipotético fin del arte, nos asegura Gadamer, será el comienzo de un arte nuevo, y eso, pese a que Mondrian se haya negado e insistido en que el arte desaparecerá en la misma medida en que la vida adquiera equilibrio —yo nunca lo he tenido, siempre he ido cayéndome.

Gregorio Vigil-Escalera
De las Asociaciones Internacional
y Española de Críticos de Arte (AICA/AECA) 

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