Por Galán Madruga
Para la filosofía, la comparación entre el sistema poético del mundo formulado por José Lezama Lima y la poética del estar en el mundo de Martin Heidegger requiere inicialmente deslindar sus órbitas conceptuales para evitar equivalencias que serían falsas. Ambos se enfrentan al problema mayor de todo pensamiento que intenta refundar el sentido del mundo en épocas donde las viejas certezas se erosionan y donde la tradición filosófica ya no ofrece abrigo suficiente. Sin embargo, mientras Heidegger intenta restituir una relación originaria con el ser mediante una indagación ontológica que deshace el predominio del sujeto y del objeto, Lezama levanta una arquitectura imaginaria en la que el mundo no es un horizonte previo sino una materia en constante engendramiento. Heidegger abre el claro donde los entes pueden revelarse, Lezama crea una proliferación de imágenes que alteran la jerarquía de lo real y reorganizan la historia en un plano más alto que el de la mera cronología.
Para Heidegger el mundo no es un conjunto de cosas que rodean al Dasein, sino la red de significatividad donde cada cosa remite a otra y donde el sentido se sostiene en la práctica cotidiana del cuidado. El mundo es la apertura donde el existir humano tiene lugar. Lezama no parte de esa visión estructural, pues para él el mundo es un tejido de correspondencias figurativas que no se limita a abrirse sino que se expande, se multiplica y se reorganiza mediante la imagen. La imaginación lezamiana produce mundos posibles y constelaciones inesperadas, de modo que el sistema poético del mundo no es una descripción ontológica sino una creación incesante que opera sobre la historia, la mitología, el cuerpo y la cultura con una libertad que no responde a un marco previo. El mundo no antecede a la imagen, surge de ella. Esta diferencia de perspectiva marca todo el contraste entre la ontología heideggeriana y la poética lezamiana.
Es necesario detenerse en un punto decisivo que suele pasarse por alto. Lezama habla del sistema poético del mundo y nunca del sistema poético en el mundo. Esa preposición en y del modifica radicalmente la comprensión de su proyecto. Decir sistema poético del mundo implica que el mundo mismo es materia poética, ni esta dentro ni esta afuera de algo, que la poesía opera como fuerza estructural de la realidad, que la imagen antecede a toda clasificación porque participa de la sustancia misma del mundo y no de un simple ámbito interior o literario. Si Lezama hubiera escrito sistema poético en el mundo habría situado la poesía dentro de un marco previamente dado y habría reconocido al mundo una prioridad ontológica que él en realidad niega. El poeta cubano no quiere inscribir la poesía en un espacio ya trazado, quiere afirmar que la poesía es constitutiva del orden real y que el mundo no se organiza mediante categorías filosóficas sino mediante imágenes en constante proceso de irradiación. Esa diferencia entre el en y el del resume lo que distingue la creación lezamiana de toda fenomenología clásica. El mundo no aloja la poesía. El mundo brota como poesía. Heidegger jamás haría tal afirmación porque para él el ser se revela al hombre y el lenguaje poético es guardián de esa revelación. Lezama en cambio cree que el lenguaje crea aquello que nombra y que por tanto la imagen no guarda el misterio sino que lo genera. En esa diferencia mínima de preposición se cifra la distancia entre un pensamiento que cuida la apertura del ser y otro que concibe la imagen como potencia generatriz.
Heidegger insiste en que el lenguaje es la casa del ser y que el hombre habita en esa casa a través del habla. El poeta es el que oye el llamado del ser y lo deja resonar sin imponerle categorías técnicas. Lezama piensa el lenguaje de manera completamente distinta. Para él la palabra no hospeda, sino que irradia. Cada término puede abrir un ámbito histórico e imaginario nuevo. La imagen no es representación sino acto de fundación. El lenguaje actúa como un organismo vivo cuyo movimiento produce mitos, genealogías, escenas, cuerpos simbólicos y correspondencias inesperadas. Mientras Heidegger busca devolver al lenguaje su capacidad originaria de revelar, Lezama le concede la capacidad de crear, que es más que revelar. La ontología del cubano es una ontología creadora donde la imaginación es principio metafísico y no sólo recurso literario.
Con respecto a la historia también difieren radicalmente. Heidegger critica la historia por su carácter acumulativo y por la manera en que oculta la pregunta por el ser. Para él la historia es un despliegue de épocas de comprensión del ser, cada una marcada por una tonalidad fundamental. Lezama mira la historia de otro modo. Ella es un archivo maleable que puede ser reorganizado por la imagen. No existe para él una secuencia necesaria de épocas, sino un campo magnético donde lo griego, lo barroco, lo colonial, lo renacentista y lo americano pueden entrelazarse por sorpresa y generar ámbitos culturales nuevos. Lezama no busca liberar la historia de categorías metafísicas. Busca que la historia genere imágenes que la superen. Heidegger piensa el tiempo como estructura de sentido del Dasein. Lezama piensa el tiempo como material poético susceptible de transformación.
También el cuerpo marca una distancia infranqueable. En Heidegger el cuerpo no funda nada. Es un acompañante tácito cuya presencia no adquiere valor filosófico central. El Dasein no es corporal en sentido fuerte. Es existencia arrojada que se comprende en sus posibilidades y no en su carne. En Lezama el cuerpo es decisivo. La imagen se encarna, se materializa, se vuelve voluptuosidad, fenómeno sensible, signo erótico. El sistema poético del mundo es un sistema de encarnaciones imaginarias. La poesía nunca se separa de la carne, porque el mundo es carne iluminada por la imagen. Esto hace de Lezama un pensador para quien la sensualidad es un mecanismo epistemológico y no una dimensión secundaria. El cuerpo permite ver lo que la razón no alcanza. El cuerpo en Heidegger no permite ver nada nuevo. Simplemente está. En Lezama el cuerpo crea mundos.
La técnica aparece también como un eje de divergencia. Para Heidegger la técnica moderna constituye un peligro porque transforma los entes en recursos disponibles, en existencias calculables. La técnica no es un instrumento. Es un modo de revelar que reduce el mundo a objeto manipulable. Para Lezama la técnica no es una amenaza ontológica. Es una instancia más sobre la que la imagen ejerce su poder transformador. El peligro para Lezama no está en la técnica sino en la falta de imaginación. Un país sin imágenes es un país sin mitologías y, por tanto, sin mundo. Heidegger teme la devastación del claro. Lezama teme la esterilidad simbólica.
Ambos proyectos buscan salvar algo esencial en el mundo. Heidegger quiere salvar la pregunta del ser, que ha sido olvidada por la tradición metafísica y sofocada por la tecnificación contemporánea. Lezama quiere salvar la potencia imaginaria del mundo, que ha sido empobrecida por las lecturas utilitarias de la cultura. Heidegger abre espacio para que el ser se diga. Lezama multiplica espacios donde la imagen puede actuar. Heidegger cuida el misterio. Lezama lo expande. Ambos restauran la densidad del mundo, pero lo hacen desde lugares irreductibles.
Sin embargo, en esa distancia aparece una extraña afinidad. Ambos creen que el mundo no es simplemente dado. Hay que abrirlo, custodiarlo, inventarlo o multiplicarlo. Ninguno cree en la evidencia de lo real. Ambos sospechan de cualquier forma de transparencia. Para Heidegger el mundo necesita ser escuchado. Para Lezama necesita ser recreado. Desde esas dos actitudes la tarea es la misma. El mundo ha perdido espesor y hay que devolverle un centro. Heidegger lo hace desde la ontología fundamental. Lezama desde la imaginación poética. Uno desciende hacia la raíz. El otro asciende hacia la proliferación. Ambos restituyen lo sagrado del mundo, aunque uno lo haga desde el silencio y el otro desde la abundancia.
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