Por Blanca Caballero
Hace días que estoy oculta en una lata de pintura blanca. Los ánimos afuera no están aplacados y la mejor manera que tengo para lidiar con el mundo es volverme invisible, cubrirme con una capa de vacío.
Desde que se ha comenzado a evaluar a los hombres con relación a cómo ellos se ven, siento un malestar pegajoso que parece alterar las leyes de la física en mi propia casa. Los utensilios de la cocina empiezan a vibrar con una frecuencia histérica; los cubiertos hacen un ruido espeluznante, un chocar de metales que me taladra los oídos. Los platos no se quedan atrás: comienzan a girar por el piso de la cocina como sierras de cerámica que invaden mi espacio. No se sabe cuándo puedes toparte con uno de ellos y tropezar, o perder el equilibrio en este hogar que ya no reconozco.
El asunto se ha vuelto serio. Mi vecino, ese que vive a solo dos casas de la mía, ha decidido definirse como perro. Ha gastado una fortuna en cirugías y accesorios para lograr su empeño. Cuando sale a caminar, es ridículo y degradante verlo levantar la pata para orinar; el chorro tiene una gran potencia y llega incluso a mojar a los transeúntes que se encuentran cerca, marcando un territorio que ya no pertenece a la lógica humana.
El otro día lo vi. Iba caminando con mucha precaución, con esa cautela animal, como si no quisiera que lo notaran. ¡Ilusa ilusión! ¿Cómo no percatarse de un hombre que pretende ser un canino en medio de la acera? Movida por la indiscreción nacida del miedo, quise averiguar qué sucedía y comencé a seguirlo a una distancia prudente.
Cuando estuvo algo alejado de las casas, en un terreno baldío, vi que se acercaba a un grupo de alrededor de veinte personas. Todos estaban allí, en cuclillas, jadeando, convencidos de su propia naturaleza canina. El corazón me dio un vuelco. Me desconcerté porque siempre pensé que lo de mi vecino era una alucinación puntual, el delirio de un hombre solo. Pero aquello era una alucinación colectiva.
Sentí que las fuerzas me abandonaban. Al ver a ese grupo de personas renunciando a su humanidad en silencio, comprendí que no estábamos ante un cambio social, sino ante algo mucho más profundo y aterrador: estaba presenciando, en vivo, la descomposición de la humanidad. El tejido de la realidad se había rasgado y, por esa grieta, el sentido común estaba escapando para siempre. Contuve el aliento y di marcha atrás con cautela. ¿Qué otra cosa podía hacer?
Volví a casa contando mis pasos obsesivamente. Cuando llegué, había enumerado un millón de ellos, aunque estoy segura de que en varios momentos perdí la cuenta bajo el peso del pánico. Al entrar, me impuse la misión de reflexionar y actuar. Me senté a escribir un artículo urgente para el periódico donde trabajo, una alerta desesperada para los hombres que aún conservaban su identidad. Confeccioné pancartas y comencé a contactar a amistades y conocidos. El plan era claro: reunirnos en la calle, protestar, gritar hasta que esa locura colectiva se detuviera.
Pasé los días siguientes en un nervio vivo, habitando una vigilia eléctrica. Al fin llegó el día esperado. Me dirigí a la plaza principal con la ilusión casi infantil de que aún podía salvar a la humanidad.
Al llegar, miré hacia todos lados. No vi a ningún amigo. No había rostros conocidos, solo una inquietud desbordante que flotaba en el aire como estática. De pronto, divisé a lo lejos un grupo que se dirigía hacia mí con paso firme y marcial. A medida que se acercaban, el horror me heló la sangre: eran ellos. Eran perros-hombres, pero vestían uniformes de policía. Llevaban el orden en manos de la locura.
En ese instante comprendí que no había resistencia posible; el sistema mismo se había transformado. Salí disparada hacia mi casa, con el corazón golpeando las costillas, y me metí en la lata de pintura blanca. Aquí sigo, sumergida en este vacío incoloro. Es posible que aquí no me encuentren. Es posible que, en este blanco absoluto, yo sea lo único que queda de verdad.