¿La inteligencia natural en declive?, («At our wits end»)

Por Ego de Kaska

Fue un amigo —profesor de college, lector de filosofía, cazador de señales culturales— quien me sugirió este libro. Me habló de él sin entusiasmo, como se mencionan las cosas que inquietan de verdad. Lo busqué en Amazon, lo adquirí en formato Kindle, y desde la primera página tuve la sensación de estar ante un documento no tanto académico como provocador. Publicado en 2018 por Imprint Academic, At Our Wits’ End: Why We’re Becoming Less Intelligent and What it Means for the Future, de Edward Dutton y Michael Woodley de Menie, avanza como una advertencia escrita desde los márgenes de la corrección ideológica.

No es solo un libro sobre la inteligencia humana; es un ensayo que se atreve a enunciar lo que muchos sospechan pero pocos se atreven a afirmar: estamos perdiendo capacidad intelectual como especie, y el fenómeno no es anecdótico, sino histórico, estructural, irreversible tal vez.

Dutton y Woodley de Menie abren su diagnóstico con una afirmación tan sencilla como perturbadora: la inteligencia general está en declive. Desde la Revolución Industrial, el número de macroinnovadores —esos sujetos capaces de alterar el curso de la ciencia y la tecnología— ha disminuido. Ya no abundan los genios capaces de inventar vacunas, teorías, sistemas. Quedan rastros, pero no herederos.

El libro propone que este declive no es producto de la educación deficiente o del ocio digital, sino de un fenómeno más profundo: la erosión genética. A lo largo de generaciones, los alelos que sustentaban el coeficiente intelectual han ido desapareciendo del acervo genético. Estudios masivos, como los realizados sobre la población islandesa, detectan una caída constante en las variantes relacionadas con altos niveles educativos, usadas aquí como índice de inteligencia. Ochenta años bastan para advertir un empobrecimiento invisible, pero decisivo.

Uno de los ejemplos que los autores utilizan como alegoría de este retroceso es la desaparición del Concorde. El avión supersónico, que acortaba a tres horas y media el vuelo entre Londres y Nueva York, fue retirado en 2003 sin que nadie, desde entonces, haya sido capaz de reemplazarlo. No es una cuestión de mercado o eficiencia. Lo que se ha perdido es el impulso mental capaz de concebir y sostener una hazaña técnica semejante. El vuelo, como símbolo de civilización, se ha estancado.

Pero el problema va más allá de la ingeniería. El libro acusa un colapso cultural. Occidente, dicen los autores, ha sido víctima de su propio éxito: la abundancia ha debilitado los mecanismos de selección que en otros tiempos favorecían la inteligencia. En paralelo, crecen ideologías antirracionales —nacionalismos, tribalismos, esencialismos culturales— que exaltan la sangre, la lengua y la tierra como si fueran respuestas al extravío moderno.

Y lo más irónico: la élite cognitiva, supuestamente más preparada, no es inmune. Intelectuales, científicos, burócratas progresistas, todos parecen aceptar como dogma la creencia de que la biología es irrelevante y que toda desigualdad es obra de sistemas opresivos que deben ser erradicados con métodos autoritarios. Para los autores, estas formas de pensamiento extremista no son pruebas de lucidez moral, sino síntomas de una racionalidad fatigada.

At Our Wits’ End no se presenta como verdad revelada, sino como un espejo incómodo. Invita a mirar de frente el deterioro cognitivo, no como una catástrofe cinematográfica, sino como un lento deslizamiento hacia el silencio de las ideas. Dutton y Woodley de Menie no anuncian el fin del mundo, pero sí el fin de cierto mundo: uno donde la inteligencia era un capital, no una sospecha.

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