La estéril intolerancia de los puristas

Por: Nicolás Águila

Son agrios, regañones, rígidos, intolerantes. No se toman un minuto de descanso en su lucha contra solecismos, anacolutos, barbarismos, anglicismos, neologismos y cuanto gazapo del habla hallen a su paso. Son los puristas. Los que gozan de lo lindo cuando te pescan en una supuesta falta gramatical, los casticistas que te marean con la cantaleta del buen decir, los abanderados de la hipercorrección y de la prosa pasteurizada. Los mismos que en aras de la pureza de la lengua caen en algo peor al estimular la esterilidad del discurso correctamente insípido.

Su modus operandi es muy típico. Los hay que rechazan todo lo que no sea un castellano ‘modélico’ que ni en Castilla se habla, como hay también los que pretenden mejorar la lógica interna del idioma. Y, desde luego, todos se remiten al diccionario como autoridad suprema y última, aunque no se toman el trabajo de acudir a la más reciente edición del Diccionario de la Real Academia Española (DRAE), donde hallarían ya registrados muchos de los vocablos que siguen tachando de incorrectos.

El DRAE —no se cansan de repetirlo actualmente los mismos académicos— ni autoriza ni prohíbe el uso de las palabras. Simplemente las consigna, sin pretender abarcarlas todas. Se trata, pues, no de un código sino de un inventario limitado de términos, muchos de ellos en desuso o en franca obsolescencia. En ese sentido, García Márquez no dejaba de tener razón, por esa vez, al calificar el diccionario como un “cementerio de palabras”, si bien es justo matizar ese juicio añadiendo que el DRAE ha abierto ya sus puertas incluso a voces tan impuras como ‘titingó’, ‘bateo’ y ‘guaricandilla’, por solo citar tres perlas cubanas de cultivo callejero. ¡Antes porque no llegaban y ahora porque se pasan!

Hoy el enfoque de la Real Academia Española (RAE), más que prescriptivo o proscriptivo, es de carácter descriptivo. Sin embargo, los puristas siguen aferrados a los viejos esquemas normativos, todavía como en los tiempos en que la Real Academia se anunciaba con orgullo como una marca de detergente: LA QUE LIMPIA, FIJA Y DA ESPLENDOR.

La RAE ha cambiado tanto que su exdirector, Víctor García de la Concha, refiriéndose a la invasión de anglicismos en la era informática, llegó a afirmar que le parecía muy bien el empleo de ‘chatear’, en razón de que al ‘chat’ del inglés se le ha dado una terminación propia del verbo castellano*. El uso de ‘emilio’ por ‘email’ —una españolización medio festiva que se puso fugazmente de moda en España hace unos años— también le sabía a gloria a García de la Concha, agregando de paso que los hispanoamericanos eran más conservadores y preferían decir correo electrónico.

Los puristas que ofician de cazadores de gazapos en periódicos y revistas, obviamente, son más chapados a la antigua y hasta más academicistas que los propios académicos, pues entre estos ya se cuentan numerosos escritores, periodistas y lingüistas de mentalidad moderna y desprejuiciada. Y es que los defensores a ultranza del buen uso ni se enteran de los cambios y, dada la resonancia que hallan entre comunicadores y maestros, pueden resultar muy desorientadores. ¿Cuántos libros y folletos no se han publicado con listas impresionantes de anglicismos y otras ‘incorrecciones’ que supuestamente deben evitarse al hablar y escribir? Y total, con la dinámica imparable de una lengua viva, todos aquellos supuestos disparates (implementar, recurrente, controversial, etc.) no solo forman parte del vocabulario vivo actual, sino que hasta gozan ya de carta de naturaleza en el diccionario académico. La palabra ‘patriota’, tan normal en español desde que Bolívar comenzó a usarla, no venía antiguamente en el diccionario y era uno de los blancos favoritos de los puristas de la época. Aunque viene del griego, la consideraban un galicismo de mal gusto. Increíble.

No es solo que los puristas aren en el mar con su prédica fundamentalista. Es que actualmente los estudiosos más serios del lenguaje consideran anticientífico, y aun discriminatorio, tachar de errónea la desviación de la norma culta. De ahí que resulte penoso que vengan los censores del habla con sus melindres a sentar cátedra en un tema tan controversial como la corrección en el decir. A mí me la refanfinflan.

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*No obstante, el DRAE define ‘chatear’ como «beber chatos (‖ vasos de vino).»

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