La crisis de un siglo. Reflexiones en torno a una nueva edición de dos clásicos cubanos*

Por Dr. Ariel Pérez Lazo

*Ponencia presentada en el panel de la 8va Convención de la Cubanidad

El ensayo que ahora presento La crisis de la alta cultura en Cuba es una de los mejores del siglo XX cubano. Representa un ejercicio de memoria de lo que el siglo XIX había logrado en términos de alta cultura en Cuba y expresa la paradoja de que, al llegar a la libertad con la República en 1902, el cubano encuentra mermada aquella cualidad que lo había hecho antes un pueblo culto. 


  El problema de Mañach era el de una república que quería afirmar su personalidad frente a los Estados Unidos. De ahí la comparación que hace entre Francia y los Estados Unidos. Mientras el primero era una nación culta, la segunda no la era. Sin embargo, Cuba en el siglo XIX había logrado esa comunión de ahíncos entre sus intelectuales que la acercaban a Francia en la posesión de una alta cultura propia. Si Cuba lograba recuperarla esto sería un contrapeso a un país que por la Enmienda Platt y el dominio de la economía hacían a muchos pensar en una república con soberanía mermada.


La solución de Mañach, en este sentido, toma mucho de aquella fórmula de Márquez Sterling » frente a la injerencia extraña, la virtud doméstica» pero la rebasa al preocuparse también por la legislación social, recordemos la cercanía de la Revolución Mexicana y su constitución y el problema del latifundio, dos años antes de que Ramiro Guerra lo señalara en Azúcar y población en las Antillas. Al no pronunciarse por una revolución de corte socialista Mañach se distancia de los comunistas de su generación, algunos amigos personales suyos como el caso de Juan Marinello, lo que explica que este ensayo apenas se mencione en los estudios de la época de la historiografía posterior a 1959. 


¿Ha pasado un siglo y que puede el joven Mañach todavía decirnos cuando ya en 1959 busca más los puntos en común con la cultura del país donde nos hemos exiliado, distanciándose un tanto de aquel nacionalismo de juventud? 


En primer lugar, que como en 1925 la comunión de ahíncos, de un ideal que unifique los esfuerzos intelectuales se encuentra ausente. El prolongado conflicto ideológico de los casi 70 años de castrismo ha contribuido en mucho a esto. Con dolor lo digo, pero los intelectuales hoy están cerrados en su mayoría a pensar en un ideal común, abunda el individualismo. el egocentrismo, la frivolidad que hace dudar incluso de que se posee talento.


Varias son las razones para esta procesión de escritores cual aves del paraíso. Una de ellas es la ausencia de pensamiento teórico, resultado indirecto de haberse impuesto en Cuba una ideología de Estado que fosilizó las ciencias sociales. A partir de los años ochenta la literatura se emanciparía, pero no solo de la tutela oficial, que era necesaria sino también de los rigores intelectuales salvo pocas excepciones. Así pudiéramos preguntarnos: ¿Quienes realmente en este exilio leen a Rafael Rojas, al difunto Emilio Ichikawa o a Alexis Jardines? ¿Por qué es una rara excepción entre nosotros un autor como Armando de Armas capaz de escribir El regreso de los imperios? Y sea dicho esto aquí en homenaje al fallecido escritor que era capaz de un respetuoso diálogo con un pensador posmoderno como Ichikawa, al cual escribiría el prólogo de su último libro. Y esto es uno de los rasgos de la crisis de la alta cultura en Cuba en 1925 que un siglo después sigue vigente: Como preguntaba Mañach: “¿Cuántos hombres de nuestro tiempo…han cursado anejas teologías, o abrevado siquiera de paso en los manantiales filosóficos?”. (La crisis, 27)


En los años 90 parecía que el ideal de los intelectuales cubanos era la libertad o al menos la reforma más o menos amplia del régimen imperante en Cuba, pero ni siquiera en mayo de 2002 cuando Oswaldo Payá presentó el Proyecto Varela a la Asamblea Nacional en Cuba se pudo ver este ideal común: algunos intelectuales apoyaron la Primavera Negra y otros en el exilio cuestionaron el proyecto aludido. Hubo momentos en que los autores exiliados y los que permanecían en Cuba parecieron lograr cierta unidad, tal fue el caso de la malograda guerrita de los emails que hubiera podido servir para saldar cuentas con la represión ejercida en el pasado. En el momento en que escribo con una nueva administración de la Casa Blanca varios miembros del gremio intelectual en Miami sacan credenciales de anticastrismo y no es que no merezcan respeto estas credenciales es que son utilizadas para fomentar desconfianza y rencillas contra figuras intelectuales que han estados más o menos vinculadas en el pasado con el oficialismo. Las nuevas tecnologías, sobre todo las redes sociales lejos de contribuir al diálogo funcionan para la cancelación de intelectuales cubanos. El choteo, aquel rasgo del carácter nacional, resurge. Precisamente y para decirlo en términos de Mañach este aparece cuando el sentido social de las jerarquías está quebrado. A esto último contribuye la universal nivelación social que vemos tanto en la música como en la literatura con resultados ya hace un tiempo señalados por Vargas Llosa en La sociedad del espectáculo.


Consideraba Mañach que aquella perdida de la unidad de proyecto que fundamentaba la alta cultura cubana en el siglo XIX se había producido como resultado de la concentración de los esfuerzos en los menesteres revolucionarios. Y este señalamiento deja una lección para nuestro presente: si de estar absorbidos por el esfuerzo de lograr que la Cuba perdida sea restaurada, esfuerzo que se da ahora como denuncia no enajena del intelectual el tiempo necesario a la contemplación que la alta cultura necesita.


Con esto el totalitarismo sigue socavando la alta cultura y Mañach queda como solitaria voz que clama en el desierto por una nación que sigue alejándose cada vez más de ser alcanzada por los cubanos.


Esta pugna que corroe los cimientos nacionales me llevó a decir en el prólogo del ensayo que aquí presento que la nación había colapsado en los años 60. Sería justamente la generación de Mañach, la que ha sido llamada de 1923 a veces de 1930, la que crearía un nuevo proyecto de vida en común que galvanizara las energías del país. Grandes fueron los logros de aquella Generación, entre ellos la constitución de 1940, donde todas las fuerzas políticas del país tuvieron voz y voto en la redacción de la Carta Magna.


La generación de Orígenes continuaría este esfuerzo si bien con una idea de la nación influenciada por María Zambrano donde esta era alcanzada a través de una intuición poética y no creada en un contrato social. La alternativa de Castro de “dentro de la revolución todo, fuera de la revolución nada” sembró la división en el proyecto común que los intelectuales buscaron lograr. Al adquirir la revolución la camisa de fuerza de una ideología dejaba así aherrojada esta división. Salir de ella, mostrar que la Nación existe fuera y antes de la Revolución debía ser parte del proyecto de la intelectualidad, condición necesaria para que pueda el país retomar su estado de alta cultura. Sin embargo, esto necesariamente implica también salir de las trincheras ideológicas en que los intelectuales se ven atrapados en el exilio y que responden muchas veces a las luchas interiores de la sociedad norteamericana.


Mañach había definido a los intelectuales como minoría “atenta como ninguna al bienestar de todos”. Sin embargo, uno de los síntomas de la crisis de la alta cultura era que su influencia social se encontraba en declive. Sin dejar de señalar la influencia de los prejuicios de una época positivista sobre el pueblo mostraba como: “… hasta entre la burguesía, el ser o parecer intelectual es una tacha de la que hay que redimirse (La crisis, 40).


El rechazo al intelectual, a su papel director en la dinámica social ya había sido señalado por Ramos y explicado como un vicio colonial. Aquí, sin embargo, Mañach acude a Ortega y habla de una “sorda antipatía” que responde a “hostiles sentimientos primarios” (40) según la definición orteguiana, cuyo préstamo Mañach reconoce. Ortega los había explicado en su defensa del arte de vanguardia, contrastado con la típica música romántica como expresión de sentimientos: “…que cualquier hombre de tipo mediocre experimenta bajo el influjo de los alientos botánicos y el festival luminoso que con honesta puntualidad da de sí en tal sazón Naturaleza.” (Musicalia, 37) Como puede verse se trata de aquellos sentimientos comunes a todo hombre, carentes de una sensibilidad especial.
Es interesante que Mañach utilizara este inicial análisis orteguiano de naturaleza estética para derivar una sociología de la nación cubana. El intelectual es, en la tesis de Mañach, un hombre con una sensibilidad especial que ha sido capaz de dejar a un lado estos sentimientos primarios hostiles “contra toda aspiración en que le parece sorprender pujos de aristocracia” (La crisis, 40). Compárese estos sentimientos primarios con la apropiación que hace Ortega del concepto de resentimiento de Nietzsche. Para Ortega el resentido quiere proclamar la absoluta igualdad de condiciones, no reconociendo ningún tipo de dirección en la sociedad (Democracia morbosa,71)


Este sentimiento anti-aristocrático llegaría su clímax con la Revolución de 1959. La destrucción de La Habana, entonces ciudad elegante y moderna a escala continental, es ejemplo de este resentimiento social. Quedaría por ver si la definición de la revolución cubana como triunfo de lo que Ángel Callejas llamaría la Cuba B, patriarcal, contra la Cuba A, moderna es resultado de este fenómeno más general de la “parejería” cubana. Este diagnóstico es el cimiento teórico de este ensayo que lleva a la escala de Cuba lo que Ortega años más tarde llevará a Europa: el fenómeno de la rebelión de las masas. ¿Fue suficiente la revolución de 1959 para satisfacer este espíritu de nivelación social? ¿Estamos, un siglo después, en el reflujo de aquella marea niveladora? A una época revolucionaria suele suceder un alma desilusionada” según Ortega, pero todavía está por ver la recuperación de la autoridad social del intelectual en Cuba.


La segunda obra que entrego a los lectores es Imagen de Ortega y Gasset donde Mañach hace el juicio de uno de sus principales maestros intelectuales, en realidad de su generación, magisterio a veces repudiado pero presente como en el caso de Alejo Carpentier. Aunque existen excelentes estudios sobre Ortega y Gasset, no puedo dejar de recomendar este que revela a su vez lo que nuestro autor toma del filósofo español.

¿Por qué volver a Ortega ahora? Es el autor de La rebelión de las masas, aún más de una de las más interesantes teorías de la crisis de la cultura occidental. Su diagnóstico de la crisis parte de la deserción de las minorías directoras, que localiza en el periodo del iluminismo. Lo curioso es que Mañach en su teoría de la crisis cubana ve la raíz de está en una similar deserción. En este caso la deserción de los intelectuales cubanos de su misión había consistido en abandonar la creación propia de la alta cultura por la lucha revolucionaria. Recordemos como a Martí se le choteaba llamándosele “Capitán Araña” por no haber participado en las guerras independistas anteriores a 1895 y el costo de esta actitud para el país, lo que lo llevaría a un innecesario martirio. El resultado de esta deserción se refleja en el cuadro que Mañach pinta de Cuba al comenzar el siglo XX:


De ahí que este texto de Mañach sobre Ortega puede ser leído como continuación o epilogo de La crisis de la alta cultura en Cuba. Como mencionaba arriba, Mañach refiere la importancia dada por Ortega a la crisis de la cultura que la resume en la arribada al poder público de las masas. Mañach lo explica como “el ascenso mecánico de los más incultos al primer plano de la vida social” (Imagen,32) , ascenso desmoralizador que había dejado a Europa sin valores-dice. En realidad, el proceso ha sido inverso: primero se produce la pérdida de valores por las minorías directoras e intelectuales y como resultado de su deserción de la tarea social de crear normas para la vida colectiva se ha producido la rebelión de las masas o el intento de suplantar estas minorías.


No obstante, Mañach acierta al ver en la salvación de los pueblos europeos “el restablecimiento de la autoridad culta”. Desmarca en este elogio de la autoridad a Ortega del fascismo, un error que solían cometer algunos republicanos españoles que se refugiaron en Cuba como Juan Chabás. La autoridad culta no es el autoritarismo que se debe más bien al triunfo de la incultura. Mañach como Ortega se oponía no a la democracia sino a lo que José Antonio Ramos antes llamara oclocracia u Ortega el politicismo integral. Es un fenómeno que lo vemos en esta hora en el absoluto que se ha convertido la pretensión de la igualdad. Dicho magistralmente por Mañach en esta Imagen: “la democracia, de forma política que solo es…se ha convertido en pretensión general, invadiendo zonas de la vida y de la cultura que le son ajenas”. (33)


Por supuesto que hay varios otros temas relacionados con la obra de Ortega que el autor aborda en esta Imagen como su teoría del conocimiento perspectivista, pero aún en un tema tan alejado de los problemas sociológicos que preocuparon a Mañach vemos su conexión social.


En un adelanto a las críticas más contemporáneas a la razón-más bien debiera decirse al racionalismo Ortega encuentra que es necesaria una razón vital que supere el absolutismo de la razón pura, engendradora de revoluciones, de querer conformar la realidad a un esquema teórico previo-y qué es sino el marxismo sino y recuerdo aquí como el escritor Orlando Luis Pardo Lazo en una de sus ironías decía que “el sueño de la razón engendra marxismo-leninismo”, es decir una fantasía de la razón pura. El método de Mañach era la razón vital orteguiana, ni racionalista ni relativista, y desde esta ha de entenderse no solo su obra sino su actuación política resultado de la cual es también la constitución de 1940. Es también su resultado el diagnóstico de la crisis de la alta cultura en Cuba donde señala entre sus remedios que el Estado adquiera los ejemplares del libro producido en Cuba que el público se negaba a comprar, muchas veces por una rémora colonial de que lo mejor ha de ser lo importado y distribuirlo a las bibliotecas: una forma en que el Estado subvenciona a la alta cultura sin crear parasitismos innecesarios.


Quede entonces el recuerdo de este centenario como un momento para reflexionar sobre cuánto nos falta para llegar a ser ese pueblo culto que según nos dice fuimos en el siglo XIX, a una distancia que ha llevado a historiadores como Rafael Rojas a hablar de la invención de una tradición. En esta reflexión todavía Mañach puede acompañarnos.


Obras citadas
Mañach, Jorge. La crisis de la alta cultura en Cuba. Introducción de Dr. Ariel Pérez Lazo, Exodus, 2025.


–––. Imagen de Ortega y Gasset. Introducción de Dr. Ariel Pérez Lazo, Exodus, 2025.

Ortega y Gasset, José. Musicalia. Filosofia.org, https://www.filosofia.org/mon/mus/musicalia.htm. Consultado el 4 de agosto de 2025.


___, Democracia morbosa. El Espectador. Selección y prólogo de Gaspar Gómez de la Serna. Salvat, 1970.

Total Page Visits: 1773 - Today Page Visits: 2