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La biblioteca de Raúl Salazar Paso*

Por Kukalambé

En el apartamento donde vivía Raúl Salazar la luz tenía un cansancio antiguo, una palidez que parecía surgir del polvo. Nada brillaba. Todo estaba cubierto por una quietud espesa que no era silencio sino algo más profundo, una renuncia. Los objetos ( sillas, mesa, cocina) parecían carecer de utilidad, pero permanecían allí como testigos que no se atrevían a marcharse. Los libros levantaban una muralla sin propósito, una defensa contra un mundo que ya no lo buscaba. En aquel aire inmóvil se percibía el peso del tiempo, no el que transcurre sino el que se deposita, el que deja su sedimento sobre las cosas. Raúl se movía dentro de ese espacio como un habitante de otro siglo, resignado a convivir con su propio dilema. Lo visité por allá de 2006 y conversamos de todo, como si se tratara de una entrevista.

Raúl vivía entre esos libros con la calma de quien no espera nada. Caminaba despacio, rozaba los lomos con los dedos como quien mide la temperatura de las cosas, y volvía a su silla sin alterar el equilibrio que lo rodeaba. No había gestos innecesarios en sus movimientos. Cada acción respondía a un pacto tácito con el espacio, como si el hombre y la habitación se hubieran domesticado mutuamente.

Los libros ocupaban las paredes y parte del suelo. No existía un orden visible, pero tampoco desorden. Era un sistema secreto, una topografía que solo él comprendía. Si alguien preguntaba por un autor, Raúl levantaba la mano y señalaba una dirección imprecisa, como si los nombres ya no tuvieran un sitio sino un clima. Allí convivían Martí, Lezama, Piñera, Carpentier, Cabrera Infante, Dulce María, Arenas, Sarduy y otros que parecían hablarse a través del polvo.

Cada uno representaba una voz dentro de la misma habitación. Martí hablaba desde la claridad, Lezama desde la sombra, Piñera desde el miedo, Cabrera Infante desde la burla. Ninguno dominaba; todos coexistían. Raúl decía que la literatura cubana había encontrado su verdadero territorio en esa convivencia forzada, en esa soledad compartida que solo puede sostenerse dentro de una biblioteca.

Leía sin prisa, con un movimiento de ojos que no tenía comienzo ni fin. Pasaba de un libro a otro sin cerrar el anterior y los dejaba abiertos, como si esperara que el aire los leyera por él. Su lectura era silenciosa, no porque no hablara, sino porque en ella el sonido se disolvía. Tenía la impresión de que leer, para él, era un acto más antiguo que el lenguaje. No buscaba entender las palabras; las dejaba pasar por su mente hasta que perdían sentido.

A veces se quedaba mucho tiempo mirando una página. Nunca supe si leía o si esperaba. Quizá aguardaba que algo se revelara, o que el libro lo olvidara, o que el silencio adquiriera forma. Si se le interrumpía, sonreía con cortesía, pero su atención no se movía. No le molestaba la presencia del otro; simplemente no la necesitaba.

Hablar con Raúl era como entrar en un sueño. Respondía desde un lugar donde las palabras parecían venir ya usadas, gastadas por el pensamiento. Decía que los libros no se leen para aprender, sino para permanecer despierto en medio de la noche. Que el estilo de un escritor no está en lo que dice, sino en la manera en que calla. Si alguien le pedía explicaciones, bajaba la mirada y murmuraba: “El sentido, si existe, nunca se entrega entero.”

Sobre su escritorio descansaban una lámpara torcida, una taza vacía y un cuaderno de tapas duras. Allí escribía frases breves, sin fecha ni contexto. Una tarde hojeé esas páginas y encontré una línea: “El lector busca un orden que no está en el libro sino en sí mismo.” En otra, escrita con letra temblorosa: “La palabra sirve solo mientras no se la dice.”

Raúl no llamaba a eso escritura. Decía que eran huellas del pensamiento, rastros que el día dejaba al pasar. Nunca corregía nada. Cuando el cuaderno se llenaba, lo cerraba y lo colocaba sobre los otros, sin título ni índice, como si el conjunto formara un solo volumen infinito.

De los autores cubanos hablaba con cierta distancia, como quien se refiere a parientes con los que ya no se trata. De Martí decía que había visto demasiado temprano la claridad. De Lezama, que confundió la abundancia con la salvación. De Piñera, que tuvo razón aunque le doliera. De Arenas, que su grito aún no ha terminado. Ninguno lo apasionaba, pero ninguno le era ajeno. Todos vivían en él, cada uno con su sombra y su temperatura.

Su biblioteca era un organismo vivo. Cambiaba según la hora del día: a veces crecía, otras se contraía. Los libros parecían moverse, buscando su lugar o intentando escapar. En las noches, cuando encendía la lámpara, la habitación se transformaba en cueva, y el resplandor sobre los lomos creaba una ilusión de vida. Los títulos vibraban; los nombres se confundían.

No había espejos. Decía que el reflejo distrae la atención y que mirarse interrumpe el pensamiento. Tampoco reloj: cuando alguien le preguntaba la hora, respondía que era la hora de leer.

Recibía pocas visitas. Yo fui una de ellas. Me ofrecía un vaso de agua y se sentaba frente a mí. Las conversaciones terminaban siempre en los libros. Raúl escuchaba con atención, pero su mente parecía habitar otro sitio. Si algo le interesaba, levantaba apenas las cejas y asentía. Una vez me contó que, mientras dormía, oyó caer un libro del estante. Al levantarse, no lo encontró en el suelo. “Desde entonces creo que los libros no caen —me dijo—, se retiran.” Nadie sabía si hablaba en serio.

La luz de la tarde entraba débil por la ventana y se posaba sobre los libros. El polvo flotaba inmóvil, girando apenas, como si siguiera un ritmo secreto. Raúl miraba ese movimiento con la atención de quien asiste a una revelación que no le pertenece.

Nunca hablaba de inspiración ni de belleza. Decía que esas palabras eran peligrosas porque daban la ilusión de sentido. Para él, la literatura cubana era una sucesión de tentativas inconclusas, una serie de búsquedas que se repiten en distintas épocas con el mismo desconcierto. Escribir, me dijo una vez, es como cruzar una habitación oscura sin tocar los muebles.

Cuando caía la noche y la lámpara proyectaba su luz oblicua, Raúl cerraba el libro y permanecía inmóvil. No parecía cansado ni concentrado, solo detenido. Uno sentía que algo invisible lo acompañaba, una presencia que lo observaba desde los estantes o desde su memoria. Luego apagaba la luz y dejaba la casa en penumbra.

Al salir, la puerta quedaba entreabierta. El pasillo oscuro conducía a una calle sin ruido. Desde allí, la biblioteca de Raúl Salazar parecía un cuerpo que respiraba. Los libros seguían en su sitio, el polvo giraba, y en algún rincón el pensamiento proseguía su trabajo secreto, como si la lectura no dependiera ya del lector, sino de la obstinación de las palabras por seguir existiendo.

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*Raúl Salazar Paso, escritor, místico y filósofo, fue encarcelado en Cuba por negarse a entregar el manuscrito del Diario de Vargas Vila. En 2001 publicó fragmentos de ese diario en España. En su apartamento de Miami conserva una biblioteca personal que supera los diez mil volúmenes.

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