Por Coloso de Rodas

Julius Evola mantuvo durante toda su vida una relación ambigua hacia Friedrich Nietzsche que comenzó en la juventud con una adhesión intensa a su gesto de demolición y terminó convirtiéndose en una distancia reflexiva que buscaba poner a salvo la noción de una trascendencia no contaminada por la vida y por el tumulto naturalista de la modernidad. Esta relación, que en ocasiones se ha interpretado como una variación de ida y retorno, no se reduce a la simple transición entre un entusiasmo adolescente y una crítica madura sino que expresa la tensión profunda entre dos concepciones del hombre que comparten la voluntad de ruptura con el igualitarismo pero difieren radicalmente en lo que el poder, el valor, la fuerza y la elevación significan. Evola veía en Nietzsche la irrupción de un espíritu que se rebelaba contra la moral burguesa, contra la domesticación cristiana del sufrimiento y contra la falsedad sentimental que deformaba el gesto de la grandeza.
Esa impresión se encuentra repetida en varios puntos de Cabalgar el tigre, donde afirma que Nietzsche fue de los pocos pensadores de la modernidad que no retrocedieron ante la exigencia de vivir en un plano aristocrático. También en Rebelión contra el mundo moderno se remarca que Nietzsche descubrió el núcleo patológico de la moral del resentimiento mejor que cualquier crítico de su tiempo y que supo rastrear el origen de las valoraciones igualitarias en una psicología del fracaso y de la reacción. Sin embargo, desde temprano Evola empieza a sentir que existe en Nietzsche un problema que no puede pasarse por alto. Ese problema no está en la crítica sino en la afirmación. La negación nietzscheana funciona, destruye, disuelve, revela. Pero la parte afirmativa, aquella que Nietzsche quería imprimir a su filosofía bajo la forma del superhombre, la voluntad de poder y la transvaloración, le parecía a Evola insuficiente y desviada del eje solar que él identificaba con las tradiciones indoeuropeas. Mientras Nietzsche se presentaba como el filósofo que quería instaurar un nuevo orden de valores, Evola sentía que ese orden carecía de un fundamento que no fuera vital y que por tanto no podía sostener el edificio de una verdadera aristocracia espiritual.
En primer término, Evola percibe que la voluntad de poder de Nietzsche, tal como aparece no solo en Más allá del bien y del mal sino en los fragmentos póstumos del Nachlass, tiende a confundirse con una energía vital que se expande sin otro eje que su propio incremento. Nietzsche afirma en varios de esos apuntes que no existe el ser sino únicamente la voluntad de poder. Evola encuentra allí un dinamismo desbordante que no ha sido ordenado por la verticalidad de la trascendencia. Para Nietzsche la voluntad de poder es el impulso subterráneo que sostiene la vida en todas sus formas. Para Evola la voluntad de poder debía significar otra cosa, un modo de afirmación del ser que no dependiera de los procesos naturales.
El Nietzsche dionisíaco, embriagado de vida y de fuerzas subterráneas, no podía satisfacer al pensador que había hecho de la impasibilidad, de la forma y de la superación interior los pilares de su individuo absoluto. En Teoría y Fenomenología del Individuo Absoluto Evola precisa que el verdadero dominio no se ejerce sobre los otros sino sobre la propia interioridad y que esta conquista no puede derivarse de la simple exacerbación de la vitalidad. El vitalismo nietzscheano, al fundirse con un evolucionismo implícito, con una idea de crecimiento desde abajo, se convertía en un obstáculo para cualquier noción de trascendencia.
Evola detecta un problema aún mayor. Nietzsche, sin proponérselo, introduce en el corazón de su pensamiento un elemento que él mismo quiso combatir. Este elemento es la visión darwiniana o al menos naturalista de la existencia. Cuando Darwin postula la selección natural y la competencia por la supervivencia, Nietzsche reacciona criticando el énfasis en la conservación y en el instinto adaptativo, pero no abandona la estructura general del esquema. Solo lo reformula. La vida no lucha por sobrevivir sino por expandir su poder. La competencia no garantiza la supervivencia sino el incremento de fuerza. Lo que Darwin analiza desde la biología, Nietzsche lo transforma en una lucha de energías que se disputan el ascenso. Sin embargo, Evola advierte que ambos se mueven en el mismo plano, el de la naturaleza entendida como escenario de tensiones vitales.
La diferencia es de grado, no de esencia. Nietzsche supera a Darwin pero no abandona el vitalismo. Evola considera que ese gesto lo ata irremediablemente al mundo moderno. En Los hombres y las ruinas sostiene que la modernidad se define precisamente por la absolutización del plano vital y que Nietzsche, al afirmar la vida por encima de cualquier valor trascendente, participa de esa absolutización a pesar de sus esfuerzos por destruir la moral moderna. Nietzsche, en esa lectura, queda atrapado en la contradicción de combatir la decadencia desde un impulso que también es decadente por carecer de eje metafísico.
Otro de los agravantes, según Evola, es la figura del superhombre. En Así habló Zaratustra Nietzsche lo presenta como el sentido de la tierra y como la meta del hombre. El superhombre es el creador de valores, el que vive más allá del bien y del mal, el que afirma la vida en toda su plenitud. Evola, sin embargo, cuestiona que esta figura carezca de un componente iniciático. Para él, el superhombre nietzscheano no es un ser trascendente, sino un ser exaltado. No es un aristócrata solar sino un vitalista fortalecid. Nietzsche, en palabras de Evola, creó un modelo humano que sustituye la elevación espiritual por la intensidad vital. Ese énfasis en la vitalidad conduce, según Evola, a un caos potencial que puede desembocar en el culto al héroe sin forma, al militante sin disciplina interior o incluso al guerrero de masa que actúa sin conciencia metafísica. Esta es una de las razones por las que Evola advertirá, ya en la posguerra, que Nietzsche podía ser malinterpretado por la modernidad y transformarse en una máscara agresiva de energías colectivas sin orientación superior.
El desvío vitalista de Nietzsche se refuerza con la exaltación del elemento dionisíaco. Desde El nacimiento de la tragedia, Nietzsche coloca lo dionisíaco como principio de afirmación de la vida, de la embriaguez, de la disolución del individuo en la totalidad del devenir. Evola, en cambio, ve en Dionisos un poder que solo puede ser asumido bajo la vigilancia del principio apolíneo. La embriaguez vital, sin forma, es para él una amenaza de disolución. En La Tradición Hermética sostiene que lo dionisíaco sin un eje solar es pura caída. Considera que Nietzsche, en su entusiasmo por romper los límites de la moral y del conocimiento, terminó entregándose a lo irracional vital, sin la disciplina metafísica que exige la tradición. Esa ruptura entre vida y forma hace que todo el edificio nietzscheano se tambalee desde la perspectiva evoliana. Ninguna fuerza vital puede constituir por sí misma un verdadero principio de elevación. Solo la forma espiritual, la disciplina interior y la conexión con un plano trascendente permiten un orden genuinamente aristocrático.
Otro aspecto que Evola subraya, en varios textos, es el carácter humano demasiado humano del proyecto nietzscheano. Cuando Nietzsche proclama la muerte de Dios y la necesidad de que el hombre sea su propio legislador, Evola detecta un gesto moderno que rompe con cualquier continuidad metafísica. Nietzsche cree liberarse de la tradición religiosa, pero para Evola lo que hace es clausurar la puerta de la trascendencia. El mundo nietzscheano queda reducido a un escenario de fuerzas humanas sin un centro superior. Ese plano horizontal en el que se mueve Nietzsche, con su insistencia en el devenir, la creación constante y la autoafirmación, se vuelve incompatible con la idea evoliana de un eje vertical del ser. La voluntad de poder nietzscheana carece de un fundamento que le permita estabilizarse en algo distinto al propio impulso vital. Por eso Evola termina concluyendo que Nietzsche abre caminos pero no los conduce hacia lo alto. Es un precursor fragmentario, no un maestro de la trascendencia. Su grandeza está en la crítica, no en la afirmación. Su genio está en destruir ídolos, no en crear un orden metafísico.
A pesar de todo, Evola reconoce que Nietzsche es indispensable para comprender la ruptura moderna. Es la prueba de que en el interior de la modernidad se produjo una revuelta que podía haber sido orientada hacia un sendero superior. Lo que para Nietzsche era un proyecto de transvaloración, para Evola debía ser una restauración del orden trascendente. Nietzsche creyó que la vida podía ser la medida de todo valor. Evola creía que esa medida debía situarse en un plano anterior y superior a la vida misma. Desde esa divergencia fundamental se comprende la acusación evoliana de que Nietzsche había caído en un error de raíz, pues al mantener la vida y la naturaleza como ejes del impulso creador, terminaba afirmando una visión darwiniana de la existencia que no permitía salir del círculo cerrado de lo humano. Lo que Nietzsche llamaba superación era, para Evola, solo intensificación de la vida. Lo que él llamaba voluntad de poder era, en la lectura evoliana, una voluntad sin ser.
La distancia entre ambos termina siendo una distancia ontológica. Nietzsche cree que la vida es el fundamento y que sobre ella puede edificar la grandeza. Evola cree que la vida es solo un nivel de realidad que debe ser dominado y trascendido. El vitalismo nietzscheano y el tradicionalismo evoliano no pueden convivir sin fricción. Nietzsche se mueve hacia adelante, Evola hacia arriba. Nietzsche eleva la vida, Evola la supera. Nietzsche busca un hombre más fuerte, Evola busca un hombre más alto. Esa divergencia se vuelve insalvable en el momento en que Evola afirma que la visión nietzscheana reproduce una lógica naturalista incompatible con toda verdadera ascensión espiritual.
Y sin embargo, al término de esta breve lectura comparada, aparece un punto que Evola nunca logró comprender con claridad. Él creía que existía en el hombre una naturaleza trascendente anterior a la vida, un eje solar que debía imponerse sobre lo vital para enderezarlo. No sospechó que la única naturaleza efectiva del hombre es antropológica y que esa naturaleza no surge de una altura previa sino de un acto originario por el cual la especie humana conquista el claro en la espesura del mundo y abre el espacio que la constituye. Lo religioso, lo espiritual y lo trascendente no son raíces eternas sino agregados que se forman para sostener ese claro del bosque y para preservar a la especie frente a la amenaza constante de regresar a la confusión primitiva.
El hombre no desciende de ningún plano superior sino que se erige a sí mismo al abrir el mundo y al producir el espacio donde puede habitarlo. Todo lo que se presenta como trascendencia es un modo de afianzar esa apertura. Evola imaginó que la vida debía elevarse hacia un principio vertical, cuando la verdad más profunda es que el hombre inventa sus verticalidades para sobrevivir a la fragilidad del claro que él mismo instauró. Ese claro es su única trascendencia y espíritu real y todo lo demás es adorno construido para no perderlo.
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