El valle alto de la antropología

Por El Coloso de Rodas

La superación del antropocentrismo, entendida como legado de la larga historia de emancipación del sujeto, no es simplemente un gesto conceptual. Implica también un método, un nuevo modo de mirar y de investigar. La advertencia de Helmut Plessner, uno de los fundadores de la antropología filosófica, es clara, no basta con cambiar las respuestas, hay que transformar las preguntas.

En esa misma línea irónica se ubica la sentencia atribuida a William F. Ogburn, sociólogo norteamericano, quien afirmaba que «la originalidad es… un nueve por ciento información insuficiente y un noventa por ciento mal razonamiento». La frase introduce un tono de modestia y prevención, no se trata de glorificar descubrimientos absolutos, sino de reconocer que incluso las grandes teorías nacen en un terreno plagado de carencias y malentendidos.

Quien entra hoy en la amplia geografía de la antropología se siente como en un valle elevado de los Hunza en Asia Central, rodeado por un conjunto de montañas descomunales que representan las cumbres del pensamiento humano. Cada cordillera es un sistema filosófico, cada pico una teoría que ha marcado un rumbo.

A lo lejos se alzan los montes clásicos, Platón y Aristóteles, padres de la metafísica y de la lógica, Tomás de Aquino, que sintetizó la herencia griega con la teología cristiana, los pensadores ingleses y franceses de la modernidad, Francis Bacon, John Locke, David Hume, Voltaire, Montesquieu, Rousseau, que establecieron las bases de la razón ilustrada, hasta llegar al macizo de Immanuel Kant con su crítica de la razón y al imponente Monte Georg Wilhelm Friedrich Hegel rodeado de mesetas estatales a izquierda y derecha. No lejos de allí aparece el macizo de Karl Marx proyectando sus glaciares, como si congelara el paso hacia otras cordilleras, recordando que la economía política y la lucha de clases fueron también respuestas antropológicas.

En el trasfondo se adivinan montañas menos nombradas, las de las antiguas culturas, los sabios de China, India, Egipto y Mesopotamia. No se alzan con nombres propios en este mapa, pero su presencia es indiscutible, son los cimientos más remotos de la reflexión sobre el hombre.

Más adelante emergen los picos modernos de la ciencia social, Lewis Henry Morgan pionero de la antropología evolucionista y Wilhelm Wundt fundador de la psicología experimental. Junto a ellos aparecen las montañas de la biología evolucionista, Charles Darwin con la selección natural, Alfred Russel Wallace co-descubridor de la teoría de la evolución y Eugène Dubois descubridor del Homo erectus en Java.

El paisaje muestra dos cordilleras que corren en paralelo. Por un lado la Cultural Anthropology norteamericana, con Franz Boas, Ruth Benedict y Margaret Mead que insistieron en la diversidad cultural y en la relatividad de las normas sociales. Por otro lado la Social Anthropology inglesa, con Bronisław Malinowski y Alfred Radcliffe-Brown que analizaron las funciones de las instituciones en las sociedades tradicionales.

En contraposición se extiende la cadena teutónica, desde la célebre distinción entre Gemeinschaft y Gesellschaft de Ferdinand Tönnies, comunidad y sociedad, hasta la escuela de la antropología filosófica. Allí se ubican Max Scheler con su teoría de lo humano como ser espiritual, Helmut Plessner que vio al hombre como un ser excéntrico en relación con el mundo y Arnold Gehlen que definió al ser humano como un animal carente necesitado de instituciones.

Aún más imponente se levanta el macizo de Konrad Lorenz fundador de la etología moderna, con múltiples ramificaciones que se extienden hasta la vasta meseta de la sociobiología norteamericana representada por Edward O. Wilson. Tan grande es esta meseta que puede sostener el libro de Wilson abierto como si toda la sociobiología descansara sobre ese terreno.

En primer plano aparecen las cimas de Jean Piaget que explicó el desarrollo cognitivo de los niños y Adolf Portmann biólogo que destacó la peculiaridad del nacimiento humano. Junto a ellos se levantan las siete montañas azules de Hans-Georg Gadamer padre de la hermenéutica filosófica y Arnold Vogler enlazadas en círculo con otras cimas que llevan hasta el Monte Nikolaas Tinbergen premio Nobel y pionero de la etología.

Desde allí la cadena se extiende hacia René Spitz que estudió la privación afectiva en la infancia, John Bowlby creador de la teoría del apego y Anna Freud psicoanalista y continuadora de la obra de su padre. Esta sucesión culmina en el macizo gigantesco de Sigmund Freud cuya cordillera psicoanalítica aún domina gran parte del paisaje.

Ante semejante variedad de alturas y direcciones lo más prudente parece sentarse en la piedra conmemorativa de Wilhelm Worringer, beber agua de glaciar y comer albaricoques, un gesto de humildad ante la desmesura del panorama.

Si la mirada se prolonga a través de la niebla se alcanzan a ver también las grandes narraciones históricas de Alfred Weber y hasta las series divulgativas de Time-Life. La tentación de abarcarlo todo resulta tan imposible como intentar unir en un solo gesto el trabajo de la tierra y el vuelo hacia el cielo.

Las cordilleras de Franz Carl Müller-Lyer conocido por sus experimentos perceptivos y la cadena Johannes H. Hofstätter, George C. Homans y Heinz Richter prometen mediaciones entre psicología, sociología y cultura, pero el terreno sigue siendo escarpado.

En el Monte Friedrich Nietzsche está grabada la sentencia «El hombre, el animal no fijado». A un lado aparece tallada la voz de Lucio Anneo Séneca «El hombre es un animal que piensa». Y en la pared de enfrente, como un eco sombrío, se lee «El pasado no resuelto del género humano».

Estas inscripciones marcan la entrada al valle alto de la antropología. Invitan a avanzar hacia las mesetas intermedias donde se despliegan la economía política de las sociedades simples, el proceso civilizatorio y los conflictos con el Estado. Allí el hombre aparece como un mono desnudo expresión popularizada por Desmond Morris, como un ser extraviado en la evolución, acompañado por el hombre de la Edad de Piedra que llevamos dentro, por los patriarcas que juegan cruelmente con el sexo femenino emergente y observado con envidia por un Cuarto Hombre que todavía escucha los mensajes de la prehistoria.

Este camino debe recorrerse con ingenuidad, sin dejarse arrastrar por la reducción simplificadora de la sociología ni por la silueta contradictoria de una cordillera que responde al nombre de Antropología estructural de Claude Lévi-Strauss.

Sobre nuestras cabezas flota la nave espacial de la lingüística. En ella pensadores como Ferdinand de Saussure y Noam Chomsky siguen deliberando acerca de qué relación existe entre el lenguaje y las condiciones socioeconómicas que el hombre mismo ha creado.

Y aún más arriba, en una altura soleada, se cierne el hiperciclo de Manfred Eigen, metáfora biológica de la autorregeneración de la vida. Ese hiperciclo, con sus miles de millones de años de historia, no es un simple artificio teórico, sino la condensación de una intuición profunda, que la vida se sostiene a sí misma en un repetición interminable de transmisión, error y corrección. En ese ciclo elemental donde moléculas se copian, mutan y se reorganizan, está ya contenida la posibilidad de lo humano, la raíz de toda memoria y de todo olvido, el germen de cada cultura y de cada fracaso.

La vida, ¿qué es? No un objeto que se posee ni una sustancia que se guarda en frascos, sino un movimiento que se propaga, una corriente que atraviesa el tiempo y que, al mismo tiempo, se reinventa a cada instante. La vida es autorreferencia y apertura, repetición y diferencia. Se dice que es metabolismo, información genética, reproducción, pero esas definiciones técnicas no alcanzan a expresar su verdadero carácter, porque la vida también es la sensación de estar aquí, el peso de un cuerpo que respira, la conciencia de la finitud, el gozo y el dolor que acompañan cada experiencia.

El hiperciclo de Eigen se alza entonces como un símbolo luminoso. Nos recuerda que la vida no se sostiene por la rigidez de una esencia inmutable, sino por la plasticidad de un sistema capaz de recombinarse y adaptarse. Lo que sobrevive no es lo perfecto, sino lo que encuentra modos de persistir en medio de la entropía. Por eso la metáfora de las praderas verdes de lo concreto y lo sensible cobra sentido, pues es en la inmediatez del vivir donde se verifica la verdad de todas las abstracciones.

Detrás de esas praderas se elevan tranquilizadoras las montañas azul-verdes de la complejidad reducida. Ellas nos recuerdan que incluso lo más elevado, lo más abstracto en apariencia —el lenguaje, el derecho, la religión, la ciencia— no puede desligarse nunca de las condiciones vitales que lo hacen posible. La vida es el fundamento silencioso de todas las construcciones humanas. Cada palabra escrita, cada cálculo lógico, cada sistema filosófico, se apoya en el latido de un corazón, en la respiración que acompaña la vigilia y el sueño, en la frágil continuidad de un organismo que un día dejará de ser.

La pregunta por la vida atraviesa, por tanto, este valle y sus montañas. No es sólo una cuestión de biología, sino una interrogación existencial. ¿Qué es vivir? ¿Persistir en el tiempo? ¿Dejar huella? ¿Crear cultura? La vida se revela como la tensión entre la materia que se resiste a disolverse y el espíritu que busca sentido en esa resistencia. Al contemplar el hiperciclo suspendido en la altura soleada, uno comprende que toda vida es a la vez individual y colectiva, un flujo que se ramifica y vuelve sobre sí, que se fragmenta en millones de destinos singulares y, sin embargo, sigue siendo una sola corriente universal.

Por eso caminar hacia los verdes prados de lo concreto y lo sensible no es un gesto ingenuo, sino un acto de sabiduría. Es reconocer que no existe abstracción sin cuerpo, que no hay teoría sin respiración, que el pensamiento más elevado debe apoyarse en la tierra húmeda de la experiencia. La vida, con su incesante autorregeneración, nos enseña que cada pérdida puede convertirse en comienzo y que cada límite encierra la posibilidad de otra forma. Allí, en el vaivén interminable de la existencia, se encuentra la verdadera lección del hiperciclo.

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