El retrato de Nietzsche

Por KuKambé

En un rincón de la pared de la sala colgaba el retrato de Nietzsche con su bigote de sable y sus ojos de fiera domesticada en óleo, dentro de un marco de madera gastado por los años. Allí permanecía en silencio, como si el propio filósofo alemán hubiera alquilado el aire de la casa para vigilar a todos con su espíritu imponente.

Aquella tarde Buchú fue invitado por el anfitrión y no tardó en clavar la vista en la imagen.
—¿Y ese bigotudo quién lo puso ahí? —preguntó con una media sonrisa socarrona—. Porque yo no sé si vigila o condena, pero la verdad es que da más miedo que respeto.

El anfitrión se encogió de hombros.
—Lo puse yo. No como reliquia, sino como advertencia. Aquí, en esta Casa del Ser, Nietzsche respira, aunque en pintura, y nos recuerda que existe una ética más allá de los rezos y las buenas costumbres.

Buchú soltó una carcajada breve.
—Una ética colgada en la pared. Pues vaya sermón enmarcado.

En ese momento la madera vibró apenas y de los labios inmóviles del retrato se desprendió una voz grave, irónica, cansada y orgullosa.
—No es sermón lo que aquí cuelga —dijo Nietzsche desde su propio retrato—, sino la advertencia de que el hombre, en su tedio gregario, necesita una bofetada. Yo soy esa bofetada.

Buchú retrocedió un paso sin perder la ironía.
—Ave María. Ahora habla el bigote. Pues dígame, maestro, qué hace usted aquí, espiando poetas y escritores que ni siquiera alcanzan su sombra.

Nietzsche rió con un eco metálico que recorrió las paredes.
—Precisamente eso. Los juzgo. Cada visitante que pasa por esta sala piensa si debe seguir viviendo como cordero o atreverse a caminar sobre la cuerda floja. La mayoría prefiere balar.

El anfitrión intervino con calma.
—Por eso está aquí, Buchú. No como santo ni demonio, sino como recordatorio de que vivir peligrosamente no es metáfora, sino mandato.

Buchú se cruzó de brazos.
—¿Mandato? ¿El suyo? ¿El de un anticristo colgado en la pared? Vamos, hombre, que yo he visto estatuas que también hablan cuando el ron es bueno.

Nietzsche replicó con cierta ironía.
—No bebo ron. En mi Zaratustra el primer discípulo fue un funambulista, un acróbata que arriesgaba la vida en cada paso. Cayó y fue olvidado. Pero qué importa. El acto valió más que toda una vida segura y obediente.

El anfitrión asintió casi en silencio, como si ya conociera la lección.
—Eso significa este retrato, Buchú. No la adoración de un ídolo, sino el recordatorio de que lo auténtico nace en la audacia. Las paredes de esta casa guardan la respiración de esas ideas.

Buchú lo miró fijamente, luego volvió al cuadro y le guiñó un ojo.
—Pues mire, don Friedrich, no sé si usted exige vivir peligrosamente o solo fastidiar a los que escriben versos mediocres. Pero le confieso algo. Si me sigue mirando con esos ojos, voy a tener que cubrirlo con un mantel.

El retrato calló satisfecho. El bigote se acomodó en su lugar y los ojos volvieron a ser apenas óleo seco.

El anfitrión sonrió.
—No lo cubras, Buchú. Déjalo ahí. A veces, para recordarnos que estamos vivos, hace falta que nos vigile un muerto.

Había llegado la hora de dormir y el invitado debía pasar la noche en un sofá de la sala, justo frente al retrato. La penumbra cubría el lugar y el bigote de Nietzsche parecía encenderse con la poca luz que entraba desde la ventana. Buchú se acomodó entre cojines que no lograban convencerlo de descanso, mientras la mirada latente del bigotudo lo mantenía en vela, como si lo desnudara con una paciencia infinita.

Dio vueltas sobre sí mismo y cerró los ojos con fuerza, intentando espantar esa vigilancia silenciosa que lo seguía incluso en sueños. No pudo. La respiración del retrato se confundía con la suya y cada sombra en la pared parecía el eco del filósofo acechando. Entonces Buchú suspiró resignado y, en un gesto entre cómico y desafiante, se incorporó del sofá.

Caminó hacia el cuadro con paso lento, lo observó de cerca y le hizo un guiño burlón, como si lo retara a continuar la vigilancia. Después estiró las manos, descolgó el marco de madera y lo apoyó en el suelo de espaldas contra la pared. Una vez liberado de esa mirada de óleo volvió al sofá, se recostó y, al fin, el sueño descendió sobre él con un alivio profundo, como si hubiera vencido por una noche al mismísimo Nietzsche.

Al amanecer abrió los ojos todavía envuelto en la pereza del descanso, y lo primero que vio fue al filósofo de nuevo en lo alto de la pared, con el bigote erguido y la mirada encendida. El retrato había regresado a su sitio como si nada hubiera ocurrido y Buchú comprendió que su desafío había sido inútil. El alemán seguía allí, observándolo con una sonrisa muda que parecía advertirle que nadie se libra tan fácilmente de su vigilia.

Entonces pensó, con un escalofrío, que quizá el propio Nietzsche había bajado en la madrugada, había tomado el cuadro con sus manos de óleo y madera y lo había vuelto a colgar para recordarle que en esa casa la última palabra nunca sería la del invitado, sino la del bigotudo inmortal.

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