Dios y Capital: el retrato y la «Imago» de Dios

Por KuKalambé

En el ámbito de la teología mística del Occidente latino, la cúspide de su desarrollo se alcanza en las obras de Nicolás de Cusa (1401-1464). Su trabajo profundiza en el análisis de la relación entre las inteligencias finitas y la infinita de Dios. A través de un enfoque fundamentado en influencias platónicas y agustinianas, Nicolás introduce una transformación revolucionaria en la exploración de la conexión entre el alma y Dios. En su tratado Sobre la visión de Dios o sobre la imagen de 1453, presenta innovaciones significativas que amplían la teoría de la relación profunda.

Un ejemplo destacado en este sentido es la metáfora de los retratos con la que inicia el tratado. Nicolás ilustra cómo la imagen retratada parece mirar directamente al observador sin importar su posición. Envía un cuadro con esta cualidad al convento de Tegernsee, en Baviera, junto con su libro, con fines devocionales. La entidad representada, llamada imagen de Dios, posee una visión omnisciente. Nicolás sugiere colgar el cuadro en una pared y que el observador se posicione a una distancia similar. Desde cualquier ángulo, la imagen parece dirigir su mirada exclusivamente al observador.

Incluso al cambiar de posición, la mirada de la imagen parece seguir a cada individuo. La imagen inmutable aparenta moverse sin movimiento real. Así, cada observador siente que la mirada constante se centra solamente en él. Esta metáfora del retrato refleja una conexión visual profunda, una interacción ocular que supera la distinción entre la teología universalista y la individualista.

Nicolás introduce la doctrina del símil del retrato, en el cual los ojos en el cuadro siguen al observador mientras se mueve. Esto interioriza la mirada de Dios en el individuo, como una vigilancia constante y personal de la divinidad, y como una vigilancia interna, en cambio, constante de la propia inteligencia. Esto permite que la omnivisión divina coexista con la capacidad humana de percibir desde perspectivas limitadas y físicas.

Este ingenioso ejemplo ejemplifica cómo Nicolás de Cusa supera la dicotomía entre la teología universalista y la individualista. El retrato pictórico con sus ojos dinámicos y móviles presenta una metáfora brillante de un Dios que, a pesar de su percepción panorámica, se enfoca de manera singular en cada individuo. Surge una representación de Dios llena de intensidad, cuyo poder abarca tanto lo diminuto como lo inmenso. Al igual que Dios no puede amar a la humanidad en su totalidad más que a cada individuo humano.

La noción de que Dios distingue al alma individual debido a su existencia dentro de ella se aclara al referirse a la presencia del ser supremo en el ser más pequeño. Sin embargo, la metáfora del retrato no puede aplicarse directamente a la relación espacio-temporal entre el sujeto y su observador invisible, ya que la imagen en la pared permanece separada del creyente, al ser un objeto externo. El objetivo de Cusano es interiorizar el ojo de Dios en el individuo, en dos aspectos: como una vigilancia constante y personal por parte de la divinidad, y como una vigilancia interior en constante cambio de la propia inteligencia. El ojo divino, con su capacidad visual suprema, se instala en el ojo individual. Esto permite que la omnivisión divina coexista con la capacidad humana de percibir desde perspectivas limitadas y físicas, sin ser deslumbrado por tal omnisciencia.

Nicolás de Cusa introduce la doctrina del «símil del retrato«, que conlleva el persistente seguimiento de los ojos en el cuadro a medida que me muevo, dentro de mi propio ser. En consecuencia, el alma debe experimentar una especie de inmersión en el campo visual y la perspectiva de una capacidad visual poderosa. Desde adentro y desde afuera, todo toma forma gracias a la mirada, y la visión constantemente abarca y penetra lo observado. Esto brinda una plausible idea de que, en mi vida interna, siempre estoy acompañado por la serena e inmutable mirada de una inteligencia absoluta.

Ahora tengo la libertad de pensar y sentir sin restricciones, sabiendo que los ojos del Ser Supremo en mi interior me acompañan en cada recoveco de mi pensamiento y emoción. Cuando veo, también soy visto, hasta el punto en que podría concebir que estoy destinado a absorber la totalidad del poder visual divino por mí mismo. Esta sensación me lleva a comprender el fundamento de mi similitud con Dios, ya que en realidad he sido dotado con una capacidad visual propia y percibo un mundo a mi alrededor. De esta manera, estoy reflejando la perspectiva cósmica de Dios en una inmanencia completa.

Desde una perspectiva inversa en la psicología, la noción del ser supremo en el ser más pequeño me distingue como el único hijo del absoluto. Nicolás de Cusa demuestra objetividad al reconocer y mantener la conciencia de que en cada caso individual, incluyendo el mío, se trata de una filiación única, singular. Esto se debe a que el Dios de la intensidad, que se encuentra incluso en lo más pequeño, también reside en otros lugares: en mi prójimo y en todo el universo. Su presencia en mí no está limitada por mi punto de vista, ya que su intensidad, que puede expandirse infinitamente por su propia naturaleza, no se reduce al no estar presente en mí. Sin embargo, poseo una legítima propiedad sobre mi capacidad para ver el mundo, aunque sea una manifestación derivada de la visión infinita de Dios. Esto me permite ser consciente de las cosas, como si tuviera una visión privilegiada como un hijo amado por los cielos.

Nicolás de Cusa utiliza el término contractio para describir de manera precisa la concentración de la visión omnipotente en mi propia capacidad de ver. Si tengo ojos capaces de ver y observo el mundo, es gracias a que el acto general de ver se contrae en mi acto de visión personal. Los traductores Dietlind y Wilhelm Dupré han interpretado contractio como entrelazamiento, una elección que resulta útil en cierto grado, aunque lamentable por la omisión del verbo importante atraer, arrastrar. Este verbo describe la actividad expansiva y concentradora de Dios, junto con sus derivados (abstractio, contractio, etc.). A pesar de esto, la interpretación es útil al resaltar cómo el ojo infinito se integra al ojo finito. Una elección de palabras más precisa, como contracción, permitiría una comprensión más profunda de cómo la visión absoluta se incorpora en mi visión como una acción del infinito en sí mismo. El término ensambladura o acoplamiento resalta el hecho de que toda visión ocurre en dos niveles, de manera hiperóptica, y solo se manifiesta gracias a la autorrestricción de la potencia visual absoluta en mi visión limitada.

«Dios está efectivamente presente en cada acoplamiento, ya que la visión absoluta es el acoplamiento de todos los acoplamientos […]. El acoplamiento más simple coincide con lo absoluto. Pues ninguna visión acoplada puede funcionar sin la visión absoluta […]. Así, la visión absoluta está presente en cada visión, ya que cada visión acoplada es a través de ella y no puede existir sin ella en absoluto».

Por lo tanto, Dios, la visión infinita en su estado actual o la visión máxima, se contrae en mí, un ser mínimo, y está presente y activo en mí de esta manera específica. La presencia de Dios en mí no puede ser comparada de ninguna forma con la narrativa de San Jerónimo en la cueva o el genio de Las mil y una noches en la botella. Más bien, se asemeja a un traspaso de habilidades o investidura, en el cual los poderes son transmitidos por el poseedor legítimo al designado para el papel, con la variante de que el receptor de la posición oficial es a su vez una creación del donante. Lo intrigante de esta investidura es que mi propio ser acepta la naturaleza oficial de la posición y que mi subjetividad se concibe y se valida como un elemento dentro del plan divino.

Según esta perspectiva, la extensión limitada de Dios da forma a la noción de inmanencia o existencia en todas sus formas. Mi inclusión en el ámbito divino se asemeja a un punto en una esfera abarcadora, donde este punto refleja y contiene la esfera a su manera. En lo que respecta a los seres humanos, Dios actúa como el otorgador de la capacidad de percepción, o más ampliamente, como el otorgador de la experiencia personal. Aquí, el término conceder se entiende tanto en su connotación feudal (otorgar en feudo) como en su connotación bancaria-capitalista (conceder préstamo), ya que tanto el feudo como el crédito representan formas auténticas de otorgar existencia o poder, tal como lo expresa Cusa con la noción de autocontracción. Esta idea destaca que solo algo infinito en su naturaleza actual puede asumir el papel de señor feudal o proveedor de crédito.

Dentro de estas interacciones radica el fundamento central de la figura primordial de la Era Moderna: la suplantación del Dios omnipotente por el poder subversivo del capital. Gracias a las reflexiones de Cusa, podemos comprender cómo las mentes influyentes del Renacimiento temprano se abrieron a la audaz y seria idea de que el individuo, al participar en el proceso de conocer y actuar, opera con el crédito del Absoluto. Esto marca un cambio en la concepción de la culpa hacia la deuda, y es un punto crucial en la formación de la historia contemporánea de las mentalidades europeas: el surgimiento de la subjetividad emprendedora que deriva de la esencia mística de reciprocidad.

Nicolás de Cusa no solo aborda la existencia desde una perspectiva visual (más precisamente, teoóptica), sino también desde una perspectiva de amor (más precisamente, teoerótica). Esto se refleja en su tratado De visio dei, donde las influencias y el estilo de escritura de san Agustín están presentes en cada página, como si fueran una extensión de las Confesiones. Así como la óptica metafísica describe una visión compuesta, la erótica teológica describe un amor compuesto. Al igual que soy un ojo filial de Dios en la visión compuesta, en el amor compuesto soy un intermediario del amor divino. Este amor también se expande en un rayo que me atraviesa, me envuelve y me concede un privilegio, similar a un manantial que no solo se manifiesta en cada rayo individual, sino también en su desbordamiento total.

Con agudos matices, Nicolás de Cusa expande la idea de que veo porque la visión absoluta me contempla a través de mí y por mí, y la idea de que existo y experimento deleite porque soy amante, ya que soy el receptor y el conductor de los flujos y dones divinos. ¿Y qué es, Señor, mi existencia, sino el abrazo tierno de la dulce alegría de tu amor? Mi vida es únicamente la manifestación de tu visión que confiere vida; es el fluir constante de tu dulce amor en mí, avivando mi amor hacia ti, nutriendo mi amor con esa llama ardiente. Tú despiertas mi anhelo a través de tu sustento, me nutres con el hilo de la felicidad en ese ardor y, así, permites que la fuente de la vida fluya en mí, crezca y se vuelva eterna en su corriente.

Este fragmento podría ser apreciado como un poema argumentativo impregnado del espíritu de una relación profunda. A través de imágenes que sugieren una comunión fluida, presenta la realidad de involucrarse en la corriente de flujos y derrames. Nos encontramos con un pedazo de literatura viva en el sentido más literal, creado desde la intuición de esa conexión que acompaña a la primera comunión.

Ahora, el ser-existe se asimila con la idea de ser envuelto, influenciado, nutrido y animado por la esencia divina. Reflexionar y celebrar con gratitud este abrazo, esta influencia, nutrición y estímulo se convierte en la escena primordial del proceso de autodescubrimiento. En otras palabras, la conciencia-descubre se da cuenta de que está inmersa, sostenida y permeada por un poder que fluye hacia ella en todas las direcciones. Siempre que el individuo se sumerja en esta conexión y en esta interdependencia, sin oponer resistencia, sin actitudes de rebelión o claustrofobia, esta comprensión del ser-en se mantiene arraigada en una postura fundamental de devoción y lealtad.

El satanismo de la aversión y su contraparte, el descontento, podrían obstaculizar aquí la comprensión del tema. De hecho, el individuo adopta una postura rebelde cuando deja de considerarse simplemente receptor de un poder supremo y comienza a verse como poseedor de un capital propio. Se vuelve rebelde, quien reclama su propia autoridad y se niega a percibir sus acciones como una contribución en el flujo divino. No obstante, desde la perspectiva católica, ¿no han anhelado los seres humanos desde siempre cierto grado de autonomía? ¿No resulta incómodo tener que expresar gratitud total por todo? ¿No se fundamentó la Edad Moderna en la idea de que aquel que se autogobierna finalmente se liberará de la obligación de agradecer?

Continuará…

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