El perro que habla (Crónica guantanamera)

Por Kukalambe

—Dicen que dice «Papaaaaa» —susurró una vendedora de viandas, con el mismo tono que se usaría para referirse a una traición. —¿Con entonación? —preguntó su cliente, sin alzar la vista. —Dicen que con afecto.

—¿Un perro que dice “Papaaaaa”? —dijo Fidel, sin levantar la vista de sus papeles—. Formemos una comisión.

El informe fue demoledor: «El perro no habla. El fenómeno es inducido».

Guantánamo estaba en un estado de agitación sin precedentes. La noticia había capturado la atención de todos, desde el más humilde trabajador hasta el dirigente más encumbrado. ¿Quién no dejaría todo para presenciar semejante prodigio? Día tras día, decenas de personas se congregaban frente a una modesta casa, ansiosas por ver al increíble perro parlante. El dueño, con un aire de misterio y teatralidad, abría una ventana y sacaba la cabeza del perro. Y entonces, en un silencio expectante, el perro miraba a la multitud y emitía un sonido claro y resonante: «Papaaaaa».

La noticia llegó como llegan las cosas en Cuba: entre murmullos, reticencias y sospechas de montaje. En menos de una semana ya había salido una nota en La Jiribilla, una mención velada en el NTV, y una alerta interna en el MININT: «Cuidado con el caso del perro que habla. Puede convertirse en fenómeno popular no controlado.»

Dos figuras públicas recibieron invitación directa del Consejo de Estado: Risitas, periodista revolucionaria con más de cuarenta años en la radio de provincia, y Ailer González Mena, ensayista independiente y artista visual, conocida por su pensamiento «no alineado», aunque suficientemente elegante como para ser tolerado en ciertos círculos.

El viaje a Oriente fue tenso. Durante el trayecto en avión militar, Risitas se dirigió a Ailer con diplomacia venenosa:

—Me sorprende verte aquí, compañera. Esto es un asunto serio, no un performance.

Ailer, con su habitual calma, respondió sin quitarse las gafas oscuras:

—¿Y no lo es también la Revolución? Un performance de larga duración.

Risitas apretó los labios.

—Esto no es arte. Esto es un misterio nacional. Un perro que dice “Papá” es cosa de Estado.

—Eso me preocupa —dijo Ailer—. Porque el Estado aquí se emociona con los milagros… pero responde con cárceles.

En Guantanamo, el acto era siempre el mismo. El dueño, un guajiro enjuto, alzaba al perro como si fuera un trofeo viviente. El perro miraba al vacío y decía:

—¡Papaaaaaaa!

El sonido era innegable, casi humano. El perro no ladraba, articulaba.

Fidel pidió una reunión con carácter urgente. Ailer y Risitas fueron convocadas al Palacio. La escena tenía algo de teatro clásico: tres personajes en tensión, un café cargado sobre la mesa, y un perro invisible que ya era leyenda.

—Comandante, lo he visto con mis propios ojos —empezó Risitas—. Y lo he escuchado. No hay truco. El perro dice “Papá” como un niño abandonado.

Fidel no parpadeó. Solo bebía su café.

—¿Y tú, compañera Ailer?

—Yo también lo oí. Pero no lo creo.

Fidel alzó una ceja.

—¿No lo crees porque no encaja en tu idea de lo posible?

—No lo creo porque no quiero. Porque en este país, cuando algo extraordinario aparece, no sabemos si es un poema o un expediente. ¿Y si el perro no dice “Papá”, sino “Paz”? ¿Y si no habla, sino que grita?

Fidel se acomodó en su silla. Había algo de goce en su rostro.

—Interesante hipótesis. ¿Y qué propone entonces la filósofa? ¿Que lo dejemos ladrar sin interpretación?

—Propongo que escuchemos sin necesidad de fabricar leyendas. Que el país no use al perro como usó a otros animales parlantes… o disidentes. Porque usted sabe, Comandante, que el perro es símbolo. Y los símbolos no se controlan, se desbordan.

—¿Desbordan el Estado? —preguntó Fidel, con una sonrisa contenida.

—A veces lo salvan. A veces lo entierran.

Risitas carraspeó, incómoda.

—Yo creo, sinceramente, que el perro expresa el alma popular. Esa palabra —Papá— es una caricia histórica. El pueblo quiere un padre. Aunque sea un perro el que lo diga.

Fidel asintió.

—El pueblo no quiere un padre, Risitas. Quiere no estar solo.

Ailer se incorporó ligeramente.

—El problema es que ya ni el perro está solo. Lo rodean comisiones, intelectuales, cámaras, decretos, y ahora… usted. ¿Quién protege al símbolo cuando lo adopta el poder?

Fidel miró a ambas. Se levantó. Caminó hacia la ventana.

—Yo tuve un perro, ¿saben? De niño. Le decía “Canelo”. Fue el único ser que me miró sin pedir explicación alguna. Desde entonces, he desconfiado del amor sin condiciones.

Ailer cruzó los brazos.

—¿Y el perro que dice “Papá”? ¿No es amor sin condiciones?

—No. Es fidelidad. Que no es lo mismo.

El silencio se hizo largo. El Comandante volvió a sentarse. Luego dictó:

—Quiero que Niño, el perro, tenga su propio carnet. Quiero que lo incluyan en el Registro Nacional de Sujetos Revolucionarios. Que sea símbolo viviente. Pero sin discursos. Que hable cuando quiera. Y que calle cuando sea necesario.

—¿Y si deja de decirlo? —preguntó Ailer.

Fidel sonrió.

—Entonces diremos que dijo lo que tenía que decir. Y que después… se convirtió en silencio. Como todos los grandes oradores de esta tierra.

Ailer salió de aquella reunión con una certeza: en Cuba, incluso los perros hablaban por decreto. Pero lo más inquietante no era eso. Lo más inquietante era que, incluso sabiendo que era absurdo, había algo profundamente conmovedor en ese Papaaaaa.

La Comisión Científica incluyó integrantes de la Academia de Ciencias, un oficial de la Seguridad del Estado, una veterinaria marxista-leninista y un poeta de la UNEAC especialista en “intensidades sonoras de la nación subjetiva”.

Un combatiente retirado del MININT juró que había sentido «la voz de Céspedes». Otros aseguraban que el perro estaba poseído por el espíritu de Maceo.

—¿Con entonación? —preguntó su cliente, sin alzar la vista.

Mientras tanto, Arleen y Risitas comenzaron a sospechar que algo no cuadraba.

—Esto huele a algo raro —murmuró Risitas mientras descendía del camión.

—Todo en este país huele raro, compañera —respondió Arleen, tomando notas con un lápiz sin punta.

—¡Papaaaaaaa!

—Esto es una farsa —dijo Arleen, con la mirada perdida.

—Esto es… épico —dijo Risitas, con los ojos húmedos.

—Peor. Es un dogma —contestó Risitas.

El sonido era gutural, largo, inexplicablemente humano. La multitud rompía en aplausos.

Y el perro, el perro fue entregado al zoológico de Santiago, donde pasó sus últimos días sin emitir palabra.

Pero en Moscú, el sonido del perro fue interpretado como una burla al concepto del Estado-padre. El embajador soviético exigió una aclaración.

No bastó con una Comisión Científica Nacional. Tras el escándalo mediático, las sospechas del Kremlin y los murmullos que crecían entre los sectores más doctrinarios del Partido, se decidió convocar una segunda Comisión. Esta vez, internacional.

Durante tres días se realizaron pruebas. Al perro se le aplicaron estímulos, se le ofrecieron objetos, alimentos, sonidos. No respondió a comandos verbales. No reaccionó ante grabaciones de voces humanas.

En Corea del Norte se pensó declarar al perro como símbolo de la amistad entre los pueblos.

Finalmente, en la sala de actos del Instituto Nacional de Neurociencias, la Comisión leyó el informe.

El dueño, con manos temblorosas, lo alzó. El perro, obediente, rugió:

—¡Papaaaaaaa!

—Esto hay que llevarlo a la historia —corrigió Arleen.

—Enséñenme al perro —ordenó.

Fidel guardó silencio. Luego sonrió, como si hubiera resuelto un acertijo cósmico.

La noticia, insólita pero consistente, atrajo a dos periodistas de confianza revolucionaria: la incombustible Risitas, voz oficial de la emisora provincial CMKS, y Arleen Rodríguez Derivet, enviada especial del periódico Juventud Rebelde.

Mandó preparar un programa especial en la televisión. Ordenó que se distribuyeran fotos del perro en las escuelas.

La frase fue recogida por Risitas, quien la repitió veinte veces en su grabadora.

Nadie volvió a hablar del perro parlante.

—Dicen que con afecto.

Arleen, por su parte, preparaba ya el titular: «Niño, el perro que habla, es un fruto del humanismo socialista».

Guantánamo volvió a su rutina. El cementerio junto a la casa fue tapiado. Las autoridades construyeron una unidad de vigilancia canina en el solar baldío.

Risitas, exultante, redactó un titular que la haría pasar a la historia:

“Niño, el perro que habla, es un logro de la Revolución”.

Y los más viejos del barrio, cuando lo oyen, no saben si santiguarse o escribir un informe.

La primera vez que Risitas escuchó el sonido, parpadeó tres veces y luego se santiguó discretamente, un gesto que aún le salía del subconsciente guajiro.

—¡Papaaaaaaa!

—Esto hay que llevarlo a La Habana —dijo uno de los del MININT.

El perro fue enviado al zoológico de La Habana, donde lo alimentaron durante semanas con arroz con picadillo. Al final, lo sacrificaron por «razones de seguridad alimentaria».

El perro vivía en una casa desvencijada al borde del cementerio.

La noticia dio la vuelta al mundo. En Bulgaria pidieron una copia del programa. En Finlandia, el suceso fue convertido en una película experimental llamada Isä! (¡Papá!).

Dicen que fue devorado por un león flaco y triste, que no rugía desde el Mariel.

Un científico de la Academia, enviado a verificar el hecho, notó que el movimiento del dueño sobre el cuello del perro no era inocente. Repitió la acción sobre un perro de peluche y obtuvo un sonido similar. Otro técnico descubrió que la «voz» era un tipo de rugido reprimido, generado por presión.

Y nadie sabe si fue verdad, mentira o simplemente la más hermosa pesadilla de aquel tiempo sin tiempo.

Y lo bautizó: “Niño”.

Fidel no aceptó el informe. Lo tachó de burgués y contrarrevolucionario.

Guantánamo volvió a su calma habitual, donde lo real se mezcla con lo imposible y donde las historias no se cuentan, sino que se repiten como letanías.

Pero ya era tarde. Moscú había retirado su apoyo. El perro fue retirado de la televisión.

Arleen anotó: «La voz del can, si voz es, surge con un tono de necesidad ontológica. Más que decir, reclama».

El dueño desapareció una madrugada. El Comité Municipal del Partido fue intervenido. La presidenta del CDR fue destituida por “inconsistencias revolucionarias”.

La multitud rompía en aplausos. Niños lloraban. Viejas se desmayaban.

El dueño desapareció. Se dijo que lo habían enviado a una «escuela de conducta» en Pinar del Río.

Dicen que fue devorado por un león flaco y triste, que no rugía desde el Mariel.

Risitas fue enviada a un curso de reeducación en Cienfuegos. Arleen se fugó a La Habana con una peluca y un pasaporte diplomático falso.

En las noches calurosas, cuando la brisa trae olores de mango y keroseno, los viejos aún susurran:

—¿Te acuerdas del perro que hablaba? Aquel que dijo “Papaaaaa”…

Lo vieron apretar con precisión la garganta del animal. Lo vieron mojarle las cuerdas vocales con un líquido viscoso. Lo escucharon susurrarle “ahora, cabrón, ahora”, como si el perro obedeciera una orden hipnótica.

Solo emitía el famoso gemido cuando su dueño le presionaba con delicadeza, pero con firmeza, una zona específica del cuello.

El dueño, un hombre de manos huesudas y dientes saltones, tenía la costumbre de mostrar al animal por la ventana a las cinco de la tarde.

El perro no habla —anunció la doctora Zuleika Menkour, neuroetóloga argelina—. El sonido es inducido. Se trata de un gemido condicionado, provocado por la estimulación de una región…

Arleen desapareció por unas semanas y regresó con un libro de poemas de Bertolt Brecht y una actitud más comedida.

Y si uno afina el oído, puede escuchar un eco lejano que viene con el viento:

—Papaaaaaaa…

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