Por Joseph Harrison Flores
Constantemente se utiliza el término diáspora para describir la emigración puertorriqueña en los Estados Unidos. Sin embargo, este término más allá de su verdadero significado ha sido interpretado en la isla con una nostalgia política de diáspora colonial. La diáspora clásica implica la dispersión de un pueblo que carece de derechos en su lugar de destino o que se ve obligado a abandonar su patria por persecución. En el caso puertorriqueño, el movimiento es una movilidad interna normal que fue facilitada por la Ley Jones y la otorgación de la ciudadanía en 1917.
Contrario a la visión que generalmente se le da, el puertorriqueño que se traslada a Florida, Connecticut o Texas no está cruzando una frontera nacional, sino una frontera geográfica. El objetivo es la promesa de prosperidad económica que define al ideal americano y no una persecución política o racial. Este desplazamiento es equivalente al de un ciudadano de Míchigan que se muda a Arizona buscando mejores condiciones climáticas y laborales. Por lo tanto, la diáspora es el sueño americano que impulsa al puertorriqueño a la búsqueda de una calidad de vida que el sistema continental federal garantiza de manera más eficiente que la administración colonial actual.
No se puede negar que Puerto Rico se parece cada día más a cualquier estado de la Unión. Esta integración no es solo económica, evidenciada por la dependencia de fondos federales y la presencia de cadenas comerciales estadounidenses, sino también institucional y jurídica. Los marcos legales, las normativas de seguridad, el sistema educativo y los estándares de consumo han creado una simetría que diluye la tesis de que somos países distintos. En Puerto Rico se ha adoptado una infraestructura de vida que refleja el modelo de Estados Unidos. Desde la organización de las urbanizaciones hasta la cultura del consumo, Puerto Rico opera bajo una lógica estadounidense. Esta asimilación estructural nos demuestra que el territorio ya funciona, en la práctica, como un estado de facto, donde la transición a la estadidad formal sería simplemente el reconocimiento legal de una realidad ya consumada.
Cada día más los sectores que defienden la definición de la diáspora colonial se alinean con las corrientes de pensamiento woke o políticas de identidad contemporáneas. Paradójicamente, estos grupos, al intentar rescatar una identidad y cultura puertorriqueña pura o en resistencia, utilizan marcos conceptuales, terminología y retórica que son profundamente estadounidenses. La obsesión con la interseccionalidad, las microagresiones y la política de identidad son un producto de la academia y el clima sociopolítico de los Estados Unidos. Cuando los puertorriqueños de segunda o tercera generación en Nueva York o Chicago reclaman su puertorriqueñidad a través de estos lentes, no están haciendo un ejercicio de nacionalismo insular, sino que están participando activamente en el discurso cultural estadounidense. Sin darse cuenta, su resistencia es la prueba máxima de su integración. Ellos están luchando por un espacio dentro del multiculturalismo americano utilizando las reglas del juego de Washington y las universidades de la Ivy League.
En la isla, quienes más denuncian la separación y el trauma colonial de la “diáspora” definen su identidad por lo que se pierde, no por lo que existe. Siendo la diáspora el sueño americano lo que validan es que Puerto Rico ya es parte de los Estados Unidos. Es un discurso cada vez más anacrónico. El puertorriqueño no se va de su país para hacerse extranjero, se mueve dentro de su nación, en el sentido jurídico de la ciudadanía, para acceder a los beneficios plenos de la misma.
Esta dinámica demográfica y cultural es el preámbulo natural hacia la estadidad. Si la población se integra, si las instituciones se homologan y si incluso el discurso de «identidad» se articula en términos americanos, el paso lógico es la culminación política. El «American Dream» puertorriqueño no termina en un aeropuerto de Florida, termina en la igualdad política total que solo la integración federada puede ofrecer.