Por Spartacus
Pensar el miedo en Cuba suele hacerse con una facilidad sospechosa, basta pronunciar la palabra para que esta adquiera peso explicativo absoluto y funcione como una categoría total que exonera tanto al poder como a los sujetos, y es precisamente donde el reísmo, según Elementos de la teoría del conocimiento, la lógica formal y la metodología de las ciencias de Tadeusz Kotarbiński, introduce una corrección intelectual severa, al exigir que dejemos de tratar los nombres a la manera de cosas y que comencemos a observar, con mayor atención empírica y menor indulgencia verbal, lo que efectivamente ocurre en el mundo de los cuerpos, de los gestos repetidos, de las omisiones persistentes y de los hábitos adquiridos.
Desde el reísmo, el miedo no existe. No existe en el sentido estricto que Kotarbiński reserva para aquello que puede ser considerado real. No hay un ente llamado miedo que recorra la isla, que se infiltre en los hogares o que se propague de forma difusa. Lo que existe son individuos concretos, hombres y mujeres situados en circunstancias específicas, que reaccionan de determinadas maneras ante un conjunto estable de amenazas, sanciones, advertencias y ejemplos punitivos. El miedo no actúa. El miedo no decide. El miedo es un nombre que se asigna a ciertas regularidades de comportamiento.
Esta afirmación adquiere claridad cuando se observan escenas cotidianas sin recurrir a explicaciones generales. No existe el miedo en Cuba, existen profesores universitarios que moderan el contenido de sus clases, evitan citar determinados autores, sustituyen un nombre propio por una referencia ambigua y miran con atención quién entra o sale del aula, no porque una emoción los domine, sino porque recuerdan con precisión a colegas que perdieron su puesto, su salario o su posibilidad de viajar. Lo real no es el miedo, lo real es la conducta ajustada a un entorno sancionador.
Decir que en Cuba reina el miedo suele funcionar como una explicación que no explica nada, una fórmula que sustituye el análisis por una atmósfera general. El reísmo obliga a descomponer esa atmósfera en acciones observables. Bajar la voz cuando se menciona a un opositor. Cambiar de tema al aparecer un desconocido. Eliminar una publicación en redes sociales. No reaccionar a un comentario. Salirse de un grupo de mensajería. No asistir a una reunión laboral cuando se anticipa un discurso político. No formular preguntas incómodas en una asamblea. No firmar una carta. No recordar públicamente a un detenido. No escribir. El miedo, visto así, no es una vivencia interior abstracta, sino una secuencia reiterada de abstenciones.
La dictadura cubana ha sido eficaz en promover la confusión entre nombre y cosa. Hablar del miedo a la manera de una sustancia colectiva permite al poder presentarse como prisionero de una emoción social y, al mismo tiempo, permite a los individuos diluir su responsabilidad en algo impersonal. El reísmo no admite esa operación. Si el miedo no es una cosa, entonces no puede actuar. Si no actúa, no decide. Si no decide, no excusa. Actúan personas concretas, bajo condiciones precisas, y eso es todo lo que hay.
El miedo a la dictadura, observado desde esta perspectiva, deja de parecer un fenómeno difuso y se revela como un aprendizaje acumulado. No es que el cubano tema de manera abstracta, sino que ha aprendido, a través de experiencias directas e indirectas, qué ocurre cuando se cruzan determinadas líneas. El joven que decide no salir a manifestarse porque recuerda al vecino condenado por desorden público. La madre que aconseja a su hijo no publicar nada político para no perder oportunidades futuras. El trabajador estatal que evita una queja formal porque sabe que su expediente no es un archivo inerte. El miedo aparece después, no como causa inicial, sino como resultado estabilizado.
Este desplazamiento es decisivo. La dictadura no se sostiene porque exista el miedo, sino porque existe un sistema de sanciones que produce comportamientos previsibles. El miedo es el rótulo posterior que se coloca sobre ese resultado. Desde el reísmo, la relación causal se invierte respecto al relato habitual. No es el miedo el que produce la obediencia, sino la obediencia reiterada la que consolida aquello que luego se llama miedo.
Más compleja resulta la cuestión del llamado miedo a la libertad, expresión que circula con soltura tanto dentro como fuera de Cuba. Afirmar que el cubano teme la libertad sugiere la existencia de una disposición psicológica colectiva, casi un rasgo permanente. El reísmo desmonta esa suposición. No hay miedo a la libertad como entidad. Hay individuos que, al enfrentarse a la posibilidad concreta de decidir sin tutela, reaccionan con cautela excesiva, con postergación, con espera prolongada de una autorización que no llega.
El pequeño empresario que prefiere no crecer para no atraer atención. El emigrado que evita pronunciarse públicamente por temor a que un familiar enfrente consecuencias. El ciudadano que expresa desacuerdo en privado pero no participa en ninguna acción pública. En estos casos, la libertad no es una idea abstracta, sino una práctica que implica asumir consecuencias, y es precisamente ahí donde la conducta se retrae.
Desde el reísmo, este fenómeno no produce sujetos paralizados por una emoción, sino comportamientos conservadores que resultan comprensibles dentro de un marco coercitivo. El llamado miedo a la libertad no es irracional, sino una forma de prudencia aprendida. El problema surge cuando esa prudencia se normaliza y se presenta como rasgo identitario, transformando una respuesta circunstancial en una característica permanente.
La ironía que este enfoque permite señalar sin recurrir al sentimentalismo es que la dictadura cubana se beneficia tanto del temor al castigo como de la reticencia a la autonomía. Uno asegura la obediencia directa. El otro garantiza la inercia incluso cuando la presión disminuye. No se trata de dos miedos distintos, sino de dos conjuntos de conductas producidos por el mismo sistema.
Aquí el reísmo introduce una exigencia ética difícil de eludir. Si el miedo no existe como cosa, entonces no puede utilizarse como justificación final. Decir que no se actuó por miedo equivale a decir que no se actuó. El miedo no firma declaraciones, no repite consignas, no participa en actos públicos, no guarda silencio ante una injusticia. Todo eso lo hacen personas concretas, en situaciones concretas, con cálculos concretos.
Hablar menos del miedo y más de las conductas permitiría una comprensión más precisa de la realidad cubana. Implicaría reconocer que la dictadura no se sostiene solo por la represión visible, sino por una red extensa de adaptaciones cotidianas, repetidas y previsibles, que resultan comprensibles y por ello mismo difíciles de desmontar.
El reísmo obliga a abandonar las grandes palabras y a concentrarse en los actos pequeños. No hay miedo flotando sobre Cuba. Hay cuerpos que se comportan de cierta manera. Cambiar el nombre no modifica la situación. Cambiar las prácticas, sí.
Y ahí se encuentra la enseñanza más incómoda del reísmo aplicado al caso cubano. Mientras el miedo siga siendo tratado a la manera de una cosa, seguirá operando como destino. Cuando se lo devuelve a su condición real de conducta aprendida, aparece la posibilidad de modificarla. No mediante exaltación, sino mediante claridad. No mediante gestos grandilocuentes, sino mediante decisiones concretas.