Por Spartacus
De mi periplo imaginario por el pequeño cementerio de Röcken, donde reposa el cuerpo o quizá la máscara última de Friedrich Nietzsche, he extraído una revelación que considero esencial para quien, como yo, se aventura en el territorio movedizo de la historia de las ideas. Allí, entre las tumbas rurales y el aire detenido de Sajonia, comprendí que la historia no es un conjunto de hechos, sino una forma de latido. Nietzsche lo intuyó en su segunda intempestiva, Sobre la utilidad y los perjuicios de la historia para la vida. La historia puede nutrir la existencia, pero también puede ahogarla bajo el peso de su propio archivo.
Aquel texto, escrito cuando el filósofo aún se debatía entre el impulso poético y la erudición académica, constituye algo más que un alegato contra el historicismo objetivo. Es una crítica radical a la tarea misma del historiador. Nietzsche desconfía de la historia entendida como ciencia de los muertos, de ese método frío que bajo la apariencia de objetividad termina sofocando la vida. No condena la memoria, más bien defiende el olvido como fuerza creadora. Desde esa perspectiva, el problema no está en conocer el pasado, sino en habitarlo sin convertirse en su prisionero.
El pensamiento nietzscheano interpela de manera directa la tradición de la historiografía cubana, tan orgullosa de sus genealogías y de su fe positivista en el progreso. Durante más de un siglo, el discurso histórico cubano ha bebido de las fuentes del naturalismo social y del llamado realismo trascendental. Esa corriente intenta elevar el dato empírico al rango de certeza metafísica. Sin embargo, la fusión entre positivismo y trascendentalismo produce un curioso espejismo. Hace creer que la historia puede poseer un sentido final, una teleología capaz de explicar la totalidad de la experiencia cubana. En ese espejismo, la historia se convierte en pedagogía, catecismo y herramienta de domesticación.
La exaltación de la llamada historia nacional en Cuba no ha estado libre de este impulso. Desde las aulas hasta los monumentos, el relato histórico ha servido para educar, fijar un carácter y crear una versión unívoca del pasado que funcione como fundamento del presente. Nietzsche advirtió que esa pretensión de totalidad resulta mortal para la vida. El exceso de historia enferma. Una cultura que no sabe olvidar se condena a repetir. La vida necesita del olvido con la misma urgencia con que necesita del sueño y del descanso de la conciencia.
En la práctica cubana, la dimensión del olvido ha sido poco explorada. Lo que Nietzsche llama el delirio encubridor, esa tensión creadora entre memoria y olvido, no ha encontrado todavía su espacio. La historiografía nacional ha preferido el registro de los hechos, la acumulación del dato, el archivo exhaustivo, la cronología inapelable. Pero el delirio encubridor no busca fidelidad a los hechos, sino su transfiguración. Su propósito no es documentar, sino sanar. No instruir, sino despertar. Nietzsche lo expresó con lucidez. “Hay un grado de insomnio, de repetición, de sentido histórico en el cual todo lo que está vivo sufre daño y finalmente perece, ya sea un individuo, una comunidad o una cultura. Por tanto, la capacidad de vivir en el instante debe considerarse en cierto grado como atemporal, lo más fundamental, ya que allí se sostiene lo recto, lo saludable, lo grande y lo verdaderamente humano.”
Desde el cementerio donde Nietzsche reposa, uno puede imaginarlo sonriendo ante la paradoja de haber sido enterrado por quienes buscaban inmortalizarlo. No hay ironía más nietzscheana que esa. En su tumba, el mármol y el musgo repiten su nombre con una calma que contradice todo lo que escribió. En ese silencio se escucha, sin embargo, la resonancia de su advertencia. Cuando la historia pretende ser absoluta, deja de servir a la vida.
Enrique José Varona comprendió, a su manera, este conflicto. Su crítica al positivismo educativo en Con el eslabón, publicada en 1927, no fue una simple diatriba pedagógica, sino un gesto de desilusión ante la esterilidad del sistema. Varona, que había creído en la razón y en el progreso, descubrió en su madurez que el mayor peso de la vejez no se encontraba en la pérdida de memoria ni en la salud deteriorada, sino en la experiencia. Esa forma fatigada del tiempo que el positivismo no podía reconciliar con la vitalidad. Para Varona, la educación debía volver a ser un ejercicio espiritual, una disciplina del alma y no una instrucción mecánica. Su decepción fue, en ese sentido, nietzscheana. Había visto cómo la pedagogía transformaba la enseñanza en una rutina sin vida.
La lección de Varona dialoga, de manera insospechada, con la de Borges. En Funes el memorioso, el argentino lleva al límite la misma idea. La memoria perfecta equivale a la parálisis. Funes recuerda todo y, por tanto, no puede pensar. El pensamiento requiere olvido, distancia y síntesis. Una memoria total, como la del cronista que pretende conservarlo todo, destruye la posibilidad de la imaginación. En ese punto, el filósofo y el narrador convergen en una intuición común. Recordar demasiado es dejar de vivir.
La historiografía cubana, y con ella la narrativa literaria, podría liberarse de su obsesión por el archivo si abrazara lo que podríamos llamar una memoria productiva. No se trata de negar el pasado, sino de dotarlo de una potencia creadora. Una memoria que, en lugar de repetir, invente. Que, en vez de enseñar obediencia, inspire transformación. Esa memoria productiva se mueve entre el mito y la metáfora, entre la historia y la poesía. No busca autoridad, sino intensidad.
Vista desde esa perspectiva, la cubanidad deja de ser un concepto cerrado y se convierte en un campo en movimiento, una forma del devenir. La nación, entendida como relato, no puede sostenerse sobre una sola imagen ni sobre una versión definitiva del pasado. Cada generación debe reinventar su relación con la historia, no para negarla, sino para insuflarle vida nueva. Esa es, quizá, la tarea del historiador-artista, aquel que entiende que el conocimiento del pasado no se justifica por su exactitud, sino por su capacidad de expandir la existencia.
Evitar que la cubanidad se reduzca a un discurso único exige desafiar las trampas del positivismo, del realismo trascendental, del marxismo y de cualquier otro ismo que pretenda clausurar la interpretación. Una historia que aspire a servir a la vida debe ser plural y capaz de sostener contradicciones, ambigüedades y silencios. Debe aceptar que el olvido también puede ser una forma de verdad y que en el mito, en la ficción y en la poesía habita una sabiduría que la ciencia histórica no puede ofrecer.
Imaginemos por un instante que Nietzsche hubiera nacido en el Caribe. Su crítica habría sido aún más radical, porque el espíritu antillano, mezcla de azar, memoria, ironía y sobrevivencia, se presta mejor que ningún otro a la risa trágica de su filosofía. El cubano, como el dionisíaco, baila sobre las ruinas y canta entre los escombros. En él, la historia no se aprende. Se improvisa.
Desde Röcken, el filósofo que predicó el eterno retorno parece susurrar una advertencia a nuestra isla. No conviertas la historia en un templo ni en un tribunal. Haz de ella un instrumento de creación. No te aferres al pasado como a un cadáver ilustre. Úsalo como semilla. Cada generación debe enterrar a sus muertos de nuevo, no para olvidarlos, sino para que vuelvan a nacer bajo otras formas.
Si la historia cubana lograra dejar atrás su pretensión de domesticación y reconciliar la memoria con el olvido y la erudición con el mito, podría cumplir su destino más hondo. No el de conservar lo que fue, sino el de expandir lo que puede ser. Solo una historia viva, como la que Nietzsche soñó y Borges intuyó, es capaz de hablarle al porvenir.
Y cada vez que regreso mentalmente al cementerio donde descansa Nietzsche, me parece escuchar una voz, quizá la suya, quizá la mía, que repite una máxima que ya no sé si pertenece a la filosofía o a la poesía. La vida no necesita historiadores. Necesita creadores de memoria.