El ego y la totalidad: Stirner, Dietzgen y la fractura permanente del socialismo occidental*

Por Gilberto Carrillo

*El texto forma parte de un capítulo más extenso de un libro en preparación.

El socialismo occidental no nace de una única fuente doctrinal ni puede reducirse a la crítica económica del capitalismo industrial, pues su raíz más profunda se encuentra en una tensión filosófica que atraviesa el siglo XIX y que continúa operando en nuestra época, una fractura entre el individuo absoluto y la totalidad social que encuentra en Max Stirner y Joseph Dietzgen dos formulaciones extremas cuya confrontación silenciosa configuró la arquitectura conceptual de la modernidad política.

Stirner parte del yo como realidad inmediata e irreductible, y en El único y su propiedad afirma con radical claridad que “He puesto mi causa en nada”, declaración que no constituye un mero gesto retórico sino la afirmación de que ninguna instancia superior, ya sea Dios, Estado o humanidad, puede reclamar autoridad sobre el individuo, pues todo aquello que se presenta como absoluto no es más que un “fantasma” que vive de la obediencia concedida por quienes lo aceptan. Cuando escribe que “El Estado siempre tiene un solo fin, el de limitar, domar y subordinar al individuo”, Stirner expresa la experiencia moderna de sentirse rodeado por estructuras que pretenden legitimarse como superiores al yo, y al sostener que “Yo soy dueño de mi poder y lo soy cuando me sé único” lleva hasta el extremo la idea de que la soberanía individual no admite mediaciones.

Esta afirmación no es ajena al contexto histórico del liberalismo emergente, pues el individuo burgués del siglo XIX efectivamente experimentaba una ruptura con órdenes tradicionales y una ampliación de su margen de acción económica, de modo que la defensa stirneriana del ego encuentra un correlato en la práctica del mercado competitivo donde la propiedad privada y el contrato parecen convertir la voluntad individual en fuerza tangible.

Sin embargo, esa vivencia de autonomía no agota la realidad material en la que se inscribe el individuo, y es aquí donde la intervención de Dietzgen adquiere relevancia decisiva. En La esencia del trabajo intelectual humano sostiene que “El pensamiento es una función del cerebro”, afirmación que despoja a la conciencia de cualquier pretensión de autosuficiencia espiritual y la sitúa dentro de la naturaleza organizada históricamente, y cuando añade que “La facultad de pensar no es un don sobrenatural sino un producto natural”, está subrayando que el individuo no es una entidad aislada sino una síntesis de condiciones materiales.

Dietzgen insiste en que “La verdad absoluta no existe para nosotros, solo existen verdades relativas dentro de la experiencia”, lo que implica que la libertad no puede entenderse como independencia metafísica sino como comprensión de las condiciones reales, y al afirmar que “El ser universal es uno, aunque se manifieste en múltiples formas”, articula una visión monista donde individuo, sociedad y naturaleza forman parte de una totalidad inseparable.

La tensión entre ambas posiciones no es simplemente teórica sino histórica. El trabajador industrial del siglo XIX podía experimentar la alienación de su trabajo como pérdida de autonomía individual, lo que resonaba con la crítica stirneriana a las estructuras que subordinan al yo, pero al mismo tiempo descubría que solo mediante la organización colectiva podía transformar su situación, confirmando la intuición dietzgeniana de que el poder es una relación social y no una propiedad aislada.

El socialismo occidental emerge precisamente en este cruce, pues no puede ignorar la fuerza de la afirmación individual sin volverse opresivo, ni puede aceptar la ficción de la autosuficiencia sin desconocer la interdependencia material. Stirner revela la dimensión psicológica de la modernidad al mostrar que “Toda cosa es nada para mí”, en el sentido de que carece de valor si no es apropiada por el individuo, mientras Dietzgen recuerda que incluso esa apropiación ocurre dentro de una red de determinaciones que el sujeto no controla plenamente.

El siglo XX intensifica la contradicción al intentar institucionalizar la relación entre individuo y totalidad mediante Estados sociales que buscan garantizar condiciones materiales para la autonomía real, pero también demuestra el riesgo de absolutizar la estructura cuando la burocracia se convierte en instancia dominante. En ese contexto la advertencia stirneriana frente a los fantasmas colectivos reaparece con fuerza, aunque la complejidad económica global confirma la tesis dietzgeniana de que la interdependencia es un hecho material ineludible.

Nietzsche introduce un elemento psicológico adicional al afirmar que “El hombre es algo que debe ser superado”, trasladando la afirmación del yo hacia la creación de valores propios y electrificando la sensibilidad individualista moderna, lo que encuentra eco literario en La rebelión de Atlas de Ayn Rand, donde el personaje John Galt encarna la convicción de que la mente creadora es propiedad inviolable y que el individuo excepcional sostiene el mundo con su talento. Sin embargo, incluso en esa narrativa la autosuficiencia absoluta revela su paradoja, pues la actividad creadora presupone infraestructuras, conocimiento acumulado y marcos sociales que confirman la interdependencia que Dietzgen describía.

La modernidad oscila así entre la afirmación stirneriana de que “Yo no soy nada en el sentido de vacío, sino nada en el sentido creador”, y la afirmación dietzgeniana de que el individuo es una manifestación de la unidad material del ser. El socialismo occidental no resuelve esta tensión, pero nace de ella al intentar articular una forma política que reconozca la energía del yo sin desconocer la trama histórica que lo sostiene.

El individuo no puede erigirse en absoluto sin destruir las condiciones que hacen posible su acción, y la totalidad no puede imponerse sin sofocar la creatividad que la impulsa. Entre ambas fuerzas se despliega la continuidad del debate iniciado en el siglo XIX, debate que no ha sido clausurado sino transformado por cada crisis económica, cada reorganización tecnológica y cada mutación cultural.

Stirner proclama la soberanía del único.
Dietzgen recuerda la unidad del ser.

Y la historia moderna continúa moviéndose entre la llama del ego y la densidad de la totalidad, sin que ninguno de los dos polos pueda extinguir al otro.

Total Page Visits: 362 - Today Page Visits: 24