Por Galán Madruga, el crítico
Leí el manuscrito de la novela inédita Coincidencias, de Julio Benítez, de unas 250 cuartillas, de un tirón, en un estado de atención que no fue exactamente entusiasmo ni curiosidad sino algo más cercano a la obligación íntima de acompañar una conciencia que se despliega sin alardes, sin voluntad de seducción inmediata, pero con una insistencia que termina por imponerse, como ocurre con ciertos relatos que no buscan convencer sino persistir, y que por esa misma razón obligan al lector a una forma de lealtad silenciosa. Se trata, en lo esencial, de una biografía del autor desplazada hacia la ficción, aunque esa definición resulta insuficiente, habida cuenta que no estamos ante una simple trasposición de hechos vividos, sino ante una reconstrucción moral y temporal de una vida marcada por la vigilancia, el encierro, el exilio y la sospecha, una vida narrada no para ser explicada ni redimida, sino para ser revisada con una lucidez que no excluye la duda ni la fragilidad.
Solo quiero dejar por ahora algunos apuntes generales sobre su trama, consciente de que cualquier intento de cierre resultaría prematuro, ya que Coincidencias no es un manuscrito que se agote en una primera lectura ni que se preste a resúmenes cómodos. Dividido en dos partes y estructurado en 35 capítulos breves, el manuscrito avanza mediante una fragmentación que no obedece a caprichos formales ni a una moda narrativa, sino a la lógica misma de una memoria que no puede organizarse de manera lineal sin traicionarse, porque lo que se narra aquí es precisamente la imposibilidad de una continuidad tranquila cuando la experiencia vital ha sido interrumpida una y otra vez por fuerzas externas que operan sin anunciarse.
Desde las primeras páginas se hace evidente que estamos ante una narración de largo aliento, no por su extensión, sino por la densidad de los tiempos que convoca, ya que el presente, el pasado y la anticipación se superponen de manera constante, obligando al lector a desplazarse con el narrador por un territorio mental donde cada escena parece resonar con otras que aún no han sido contadas o que solo adquieren sentido cuando se las mira desde la distancia. No hay aquí una voluntad de suspense tradicional, sino una tensión más sorda, más persistente, que se construye a partir de la acumulación de hechos aparentemente menores que, al insistir, terminan por adquirir un peso inquietante.
El narrador principal, Jules Dolz, firma bajo seudónimo y se presenta como un escritor emigrado, cercano a los sesenta años, profesor durante décadas, autor de una novela casi desconocida titulada El Convivio del Dorado? (La reunión de los dioses), y es desde esa posición marginal, tanto en lo literario como en lo político, desde donde se articula todo el relato. Mientras leía, tuve la sensación de que la novela no intenta en ningún momento convertir a su protagonista en una figura excepcional ni en un disidente ejemplar, sino que insiste, de manera casi obstinada, en su condición de escritor menor, de intelectual sin tribuna, de individuo cuya persistencia resulta incómoda precisamente porque no parece peligrosa ni influyente, y sin embargo no se deja absorber del todo por el silencio.
La vida del narrador en el exilio aparece marcada por la soledad, el desgaste físico, la enfermedad y una rutina que apenas se sostiene mediante hábitos mínimos, pequeños vicios controlados y una relación ambigua con la escritura, entendida menos como vocación gloriosa que como necesidad fisiológica, como algo que se hace porque no hacerlo implicaría una forma de desaparición interior. No hay aquí una idealización del exilio como espacio de libertad plena, sino la descripción de un desarraigo prolongado que no cancela el pasado, sino que lo reactiva bajo nuevas formas.
El detonante narrativo es deliberadamente discreto, casi insignificante en apariencia, ya que todo comienza con un correo electrónico inesperado que anuncia la posible presentación de su novela en Miami, gracias a la gestión de una antigua amiga. En otro contexto, ese gesto podría interpretarse como reconocimiento tardío o simple cortesía cultural, pero aquí despierta una mezcla de orgullo contenido, incredulidad y temor, porque la experiencia vital del narrador le ha enseñado que las coincidencias rara vez son inocentes y que cualquier gesto de visibilidad suele traer consigo consecuencias que no se anuncian de antemano.
A partir de ese momento, la novela comienza a encadenar una serie de hechos que, considerados de manera aislada, podrían atribuirse al azar o a la susceptibilidad de una mente marcada por el trauma, pero que al acumularse generan una sensación de cerco difícil de ignorar. Llamadas nocturnas sin respuesta, dificultades técnicas inexplicables, fallos en la computadora, interrupciones en la comunicación afectiva, la aparición reiterada de un automóvil que parece seguirlo, y sobre todo la manipulación inexplicable del precio de su libro en plataformas digitales, que pasa de cifras ridículas a montos exorbitantes, introducen una dimensión inquietante que el texto nunca se apresura a aclarar.
Uno de los mayores aciertos de Coincidencias es su negativa sistemática a ofrecer una explicación definitiva, ya que el narrador no afirma nunca con certeza que esté siendo perseguido, pero tampoco logra convencerse de que todo sea producto de su imaginación, y en esa ambigüedad sostenida se juega buena parte de la potencia narrativa del libro. Mientras leía, pensé que esa indecisión no es un defecto ni una evasión, sino una forma honesta de narrar una experiencia marcada por la vigilancia prolongada, donde la duda se convierte en un modo de conocimiento y no en un obstáculo.
En paralelo a la narración en primera persona, el manuscrito introduce una segunda línea narrativa en tercera persona situada en el país de origen, donde aparecen figuras como Montoro y Duvergel, oficiales de la Seguridad del Estado que analizan el caso de Jules Dolz con una mezcla de rutina burocrática, cinismo y obsesión residual. Estos capítulos resultan esenciales para el equilibrio del texto, porque impiden que la historia se cierre sobre la subjetividad del protagonista y ofrecen una mirada directa al funcionamiento cotidiano del aparato represivo, presentado no como una maquinaria espectacular, sino como un sistema administrativo que se alimenta de la repetición, la mediocridad y la necesidad constante de justificar su propia existencia.
Me llamó la atención la manera en que Benítez evita la caricatura, ya que los agentes del poder no aparecen como monstruos excepcionales ni como villanos de manual, sino como funcionarios atrapados en una lógica que normaliza la humillación, el chantaje y la violencia simbólica. No necesitan grandes enemigos ni conspiraciones sofisticadas, les basta con escritores sin audiencia, bibliotecarios independientes y disidentes fragmentarios para mantener activa la maquinaria del control.
Uno de los núcleos más perturbadores de la novela es la figura de Roberto, bibliotecario independiente y colaborador encubierto, cuya historia revela con crudeza la lógica del chantaje y la utilización sistemática de la intimidad como herramienta de control. Roberto no es presentado como traidor puro ni como víctima absoluta, sino como un personaje atrapado entre el deseo, el miedo y la necesidad de sobrevivir, cuya relación con Pititi, agente de la Seguridad, se desarrolla en un espacio donde la sexualidad no libera, sino que expone, y donde el cuerpo se convierte en una extensión del poder.
En Estados Unidos, la relación del narrador con Marisol introduce una tensión distinta, ya que ella encarna el presente, el cuerpo, la insistencia en una vida posible que no se detiene a interpretar cada signo como amenaza. Marisol desea estabilidad, convivencia, futuro, mientras el narrador oscila entre la gratitud por la compañía y el temor a perder su frágil equilibrio interior. La novela no idealiza esta relación, muestra sus momentos de ternura y deseo, pero también sus celos, su dependencia mutua y la dificultad de conciliar dos modos distintos de habitar el tiempo.
El viaje a Miami funciona como una culminación narrativa y, al mismo tiempo, como una decepción anunciada. La presentación del libro se realiza en un espacio modesto, con un público reducido y mayoritariamente compuesto por compatriotas, sin prensa ni consagración simbólica. El evento es correcto, incluso afectuoso, pero insuficiente, y el narrador lo percibe como una réplica desplazada de su pasado, una confirmación de que el reconocimiento, cuando llega, lo hace siempre tarde y de manera incompleta.
Miami, lejos de ofrecer una liberación plena, intensifica la sensación de vigilancia. La presencia reiterada del automóvil, las llamadas anónimas y los encuentros fortuitos refuerzan la idea de un cerco invisible que atraviesa fronteras. El exilio aparece así no como salida definitiva, sino como prolongación del control por otros medios, y la novela evita cualquier idealización fácil del espacio estadounidense, mostrando también sus jerarquías internas, sus resentimientos y sus nuevas formas de exclusión.
Hacia el tramo final, el cuerpo del narrador se convierte en el último territorio de disputa. Un accidente lo inmoviliza y el hospital aparece como una forma extrema de encierro, donde la causa del suceso nunca se establece con claridad absoluta, aunque las coincidencias acumuladas impiden atribuirlo sin más al azar. La memoria se despliega entonces como un archivo desordenado de imágenes, voces y escenas de infancia, errores sentimentales y pérdidas irreparables, sin epifanías ni revelaciones solemnes, solo con la persistencia de quien no quiere desaparecer.
Finalmente tuve la impresión de haber leído una biografía transformada en ficción que se resiste a cualquier clausura moral. No hay victoria ni derrota, no hay redención ni castigo final. El protagonista no vence al sistema ni es aniquilado por él. Sobrevive, recuerda y escribe, y en esa persistencia modesta, incómoda y a veces frágil, reside la verdad más sobria del libro, una verdad que no se impone, sino que se queda, como ciertas coincidencias que, una vez advertidas, ya no pueden ignorarse.