La imagen sonora y el cuidado poético: una lectura de Lezama Lima en La última lectura de Orlando

Por KuKalambé

Si se me ofreciera la posibilidad de escoger un solo ensayo dentro del volumen La última lectura de Orlando (Editorial Silueta, 2015), no dudaría en optar por aquel que retoma el tema de José Lezama Lima, no por capricho de la reiteración ni por la facilidad que supone volver sobre el ya consagrado mito de lo lezamiano, sino porque —como bien advierte Pablo de Cuba Soria— en el corpus del libro se advierte una unidad estructural profunda, una insistencia que no responde a la lógica de lo monográfico, sino al modo en que ciertas ideas, ciertos pulsos estéticos y filosóficos, configuran una red de sentidos recurrentes, signos de fuga que se desvían de la superficie discursiva para penetrar en lo no dicho, lo apenas insinuado, lo apenas audiblemente sugerido.

Estas fugas, líneas de desplazamiento barroco y a la vez vanguardista —lo que podríamos denominar una vanguardia barroquizante, en el sentido más fértil del término— no se presentan como simples variaciones temáticas o giros estilísticos. Son, más bien, resonancias de una sensibilidad poética que se resiste a la clausura de lo cubano como categoría fija, y que escapa a la institucionalización de la voz poética bajo etiquetas identitarias. En este sentido, las “disonancias prosódico-temáticas” que detecta el autor en su propio recorrido ensayístico no deben entenderse como fallas o interrupciones, sino como aperturas. Dichas disonancias cumplen la función de interrumpir el consenso discursivo sobre la poesía cubana, abriendo un espacio en el que la tradición se desestabiliza a través de sus propias figuras de exceso.

No obstante, el ensayo Lezama Lima: el ocultamiento visible de lo moderno no se agota en la intención de descifrar el artificio de la lengua lezamiana, ni en la exposición de sus múltiples travestismos formales. Va más allá: se adentra en un terreno menos explorado en el propio libro de Soria, y plantea una interrogación radical sobre el estatuto ontológico de la poesía. La pregunta que atraviesa este ensayo no es simplemente cómo escribe Lezama, sino desde dónde se escribe cuando se asume una postura poética que se resiste tanto a la transparencia como al mutismo. La cuestión de la imagen sonora, tan central en la poética de Lezama, aparece aquí no como una mera categoría retórica o como una alabanza del virtuosismo verbal, sino como un principio organizador del ser en el lenguaje.

Este principio, por su densidad filosófica y teológica, exige una reflexión más allá de la estética. El ensayo propone que Lezama, en su compromiso radical con el lenguaje, ofrece una suerte de profilaxis frente a una forma de decadencia moderna: el angelocidio de la imagen sonora. Esta imagen sonora no debe ser entendida de modo metafórico ni alegórico; se trata, más bien, de un modo específico de vibración del sentido, un eco de lo sagrado que, lejos de remitirse a una religiosidad institucional, encarna un gesto de cuidado (sorge) por el poema mismo.

Desde esta perspectiva, el ensayo interpreta la labor de Lezama como la de un poeta que guarda cuidado —en el sentido heideggeriano del término—, un cuidado que no es solamente protección, sino también una forma de habitar el lenguaje como espacio de resonancia ontológica. Lezama, al insistir en la fidelidad a la imagen sonora, profetiza el peligro de que el lenguaje que abandona esa vibración primordial caiga en la palabrería, en la cháchara, en el ruido sin cuerpo ni alma. La poesía, entonces, se convierte en el lugar de resistencia frente a la disolución del sentido, un lugar donde el ser puede aún encontrar refugio en la vibración justa de una imagen, en su forma sonora, en su auréola invisible.

En este contexto, ser en el poema —es decir, ser en el reino de la poesía— equivale a aislar un interior, a habitar una interioridad cuya materia no es otra que la vibración. Esta vibración no es psicológica ni sentimental: es tonal, es estructural, es espiritual. De ahí que la imagen sonora no sea simplemente un ornamento o una categoría estética, sino una forma de inmunidad poética. Frente al empobrecimiento general del lenguaje, frente al dominio de lo discursivo como aparato de control, la imagen sonora actúa como antídoto, como profilaxis contra la trivialización del verbo. Esta es, quizás, una de las intuiciones más sutiles del ensayo, y una de las más necesarias en el actual panorama poético e intelectual.

La lectura de Lezama que propone La última lectura de Orlando no es una más entre tantas. A través del desmontaje de las estructuras visibles del lenguaje lezamiano y del énfasis en sus zonas de vibración oculta, el ensayo se constituye en una meditación sobre la posibilidad misma de la poesía como forma de ser, como forma de cuidado, y como resistencia frente al extravío de la palabra. Lezama Lima aparece entonces no solo como poeta, sino como aquel que custodia el sentido, no mediante la lógica del concepto, sino a través del sonido de la imagen, del eco sagrado que aún vibra en la palabra cuando esta no se ha rendido al mercado, a la ideología o a la pura retórica.

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