El atletismo castrista y el último hombre

Por: Ángel Callejas

La estructura del pensamiento político cubano, tal como se articula en el castrismo, se define por una concepción específica de la transformación del individuo, en la cual la subjetividad no se entiende como instancia autónoma, sino como resultado de un proceso de modelación ideológica orientado a la consolidación del poder. En este marco, el sujeto no aparece como agente libre, sino como elemento funcional de un dispositivo político que reorganiza la vida social mediante mecanismos de control y producción de sentido. La noción nietzscheana del “último hombre” ofrece, en este contexto, una clave interpretativa particularmente fecunda para examinar los efectos de esta operación sobre la constitución de la subjetividad.

El concepto de “último hombre”, desarrollado por Friedrich Nietzsche, designa una figura que encarna el agotamiento de la voluntad de trascendencia y la renuncia a toda aspiración de superación. Se trata de un sujeto que ha sustituido el riesgo por la seguridad, la creación por la conformidad y la tensión por la comodidad. Esta figura no representa simplemente una decadencia moral, sino el resultado de un proceso histórico en el cual las estructuras sociales y culturales han neutralizado la posibilidad misma de la grandeza. En este sentido, la categoría permite analizar cómo determinados regímenes políticos producen formas de subjetividad caracterizadas por la pasividad y la adaptación.

Si bien el origen del término en Mary Shelley remite a una imaginación apocalíptica centrada en la extinción de la humanidad, su relectura filosófica permite establecer un paralelismo con configuraciones históricas concretas en las que el individuo es despojado de horizontes de realización. En el caso cubano, el castrismo puede ser interpretado como un dispositivo que, bajo la promesa de emancipación colectiva, ha operado una reducción sistemática de la autonomía individual, desplazando las aspiraciones personales hacia la lógica de la supervivencia y la adaptación.

El proyecto del llamado “hombre nuevo” adquiere un carácter problemático. Concebido inicialmente como una figura orientada hacia la solidaridad y el compromiso revolucionario, su implementación histórica ha derivado en una forma de subjetividad disciplinada, cuya principal función consiste en reproducir las condiciones de estabilidad del sistema. El individuo es así inscrito en una lógica de rendimiento y obediencia que limita su capacidad de decisión y redefine su relación con el entorno social.

Este proceso puede ser comprendido en términos de biopolítica, en la medida en que el poder no se ejerce únicamente sobre las instituciones o los recursos, sino sobre la vida misma de los sujetos. Las estructuras organizativas del castrismo, incluyendo organismos de vigilancia y movilización social, funcionan como dispositivos de interiorización normativa, en los que la adhesión ideológica se presenta como condición de pertenencia. La regulación no se limita a las prácticas externas, sino que alcanza la configuración de las disposiciones internas, produciendo sujetos que tienden a asumir como propias las exigencias del sistema.

La apelación al bien común, formulada en términos inclusivos, opera como mecanismo de legitimación de una estructura que, en la práctica, restringe la pluralidad y desincentiva la divergencia. La homogeneización del cuerpo social se presenta como garantía de cohesión, al tiempo que reduce el margen de acción individual. La figura del “último hombre” adquiere aquí una dimensión política concreta, en tanto designa un tipo de sujeto que ha internalizado los límites de su propia acción y ha renunciado a la posibilidad de cuestionar el orden establecido.

La advertencia nietzscheana sobre los efectos de la moralización y la uniformización encuentra, en este caso, una manifestación empírica. La producción de subjetividades conformes no responde únicamente a una imposición externa, sino a un proceso más complejo de adaptación en el que los individuos reorganizan sus expectativas en función de las condiciones disponibles. El resultado es una forma de existencia en la que la estabilidad sustituye a la transformación y la repetición se impone sobre la creación.

Incluso prácticas aparentemente neutrales, como la promoción del deporte, pueden ser interpretadas dentro de esta lógica. Más allá de su dimensión recreativa, estas actividades funcionan como instrumentos de disciplina corporal y social, orientados a la producción de hábitos compatibles con el orden establecido. La regulación del cuerpo se convierte así en un complemento de la regulación de la conducta, consolidando una forma de subjetividad ajustada a los requerimientos del sistema.

El análisis del castrismo a la luz de la figura del “último hombre” permite comprender la articulación entre ideología, poder y subjetividad en el contexto cubano contemporáneo. Lejos de constituir únicamente un proyecto político, el castrismo puede ser entendido como un dispositivo de producción de formas de vida, en el cual la autonomía, la creatividad y la capacidad crítica son progresivamente desplazadas por la conformidad y la adaptación. El resultado es la configuración de un sujeto que, desprovisto de horizonte trascendente, se limita a habitar un orden cuyas condiciones no interroga y cuya reproducción contribuye a sostener.

La fuga del tiempo y del espacio secular resuena en los instintos ascéticos y morales del Último Hombre, protagonista de la novela futurista escrita por Mary Shelley en 1826. Sin embargo, antes de la implementación de la filosofía de vida del Último Hombre en el año 2070, surge la noción del fin de la historia y el papel del Último Hombre. En esta utopía moral, las contradicciones fueron superadas por el ascenso del capitalismo y las democracias liberales tras la caída del Muro de Berlín. El anticipado abrazo a la huida y la liberación dejó en claro que el Último Hombre siempre estaba en camino hacia un retorno.

En contraste, la aprensión de Nietzsche sobre el concepto del «Último Hombre» revela una forma genealógica y permanente de la moralidad humana. En el enfoque nietzscheano, ser un «Último Hombre» implica caer en actitudes estoicas y apáticas, desembocando en el «gran cambio ético» o en una supuesta «transformación revolucionaria». Esta versión combina la pasividad tanto en el individuo como en la sociedad en su conjunto. Esta transformación, que busca anular el deseo de acción, se convierte en un terreno donde compiten elementos de sumisión y poder. ¿Qué motiva la actitud conformista en los cubanos? ¿Por qué no buscan desviarse de lo habitual? El «Último Hombre» nietzscheano no trata de crear una relación dependiente del historicismo en el individuo, sino de explorar la medida en que el orgullo y la voluntad han sido reducidos a una indiferencia cruel. Así, en la obra de Nietzsche, Zaratustra, el hombre de las alturas, dirige sus palabras al pueblo: «Hablaré de lo más despreciable: el Último Hombre». Aunque compite, el «Último Hombre» es en última instancia un fracasado.

Esta indiferencia moral está arraigada en la profecía martiana: «Con todos y para el bien de todos», una perspectiva que subyuga al individuo al «bien común». Si debemos elegir entre fuerza y debilidad en la competencia ética de la sociedad cubana, la trascendencia del bien parece ser la mejor opción. La interacción entre el «yo puedo hacer» y la aceptación de «dejarme hacer» da lugar a la «indolencia», que domina la existencia de los individuos transformados. Esta indolencia se convierte en el núcleo ético de la Revolución. La dinámica de intercambio entre las demandas estatales y la sumisión de los individuos elimina su orgullo. En esta esfera de la biopolítica estatal, el castrismo domestica a los individuos, transformándolos en «Últimos Hombres» a través de entrenamientos en campos de competición.

Sin embargo, la ingenuidad ideológica de los ideales ascéticos espirituales ha borrado la presencia de la forma ascética deportiva que caracterizó la institucionalización del castrismo en Cuba. Las UMAP, ESBUS, CDR, FMC, UJC, la Escuela de Cuadros del Partido y la UNEAC, ¿qué son sino campos de entrenamiento para el «Último Hombre«? La represión, la humillación y la dominación no son solo herramientas coercitivas del castrismo, sino que ocultan la interacción competitiva entre el entrenador y el entrenado, entre el Estado y la sociedad civil. El castrismo reproduce «hombres disciplinados» en serie, ya sean homosexuales, disidentes, delincuentes o patriotas. El «Hombre Nuevo» se convirtió en el prototipo del individuo que sufre la intervención del otro en un entorno competitivo y panóptico.

Se puede entender el eslogan revolucionario de los años sesenta que todavía adorna las paredes de los estadios de béisbol en Cuba: «deporte, derecho del pueblo». Este derecho permite subsistir en un entorno de competencia extrema y educativa.

Ahora, analizaremos la forma en que el entrenamiento en Cuba da lugar a dudas en la naturaleza humana, examinando así la relación entre Cuba y el «Último Hombre«.

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