El libro furtivo de Simplicio Magno

Por KuKalambe

El inicio es algo peculiar. Si no lo reflexionamos, sabemos lo que significa comenzar, pero si meditamos sobre ello, ya no lo sabemos. Esa aparente claridad que acompaña a la palabra «inicio» se disuelve como la niebla cuando la luz del pensamiento la atraviesa. ¿Qué significa comenzar algo, realmente? ¿Dónde empieza el tiempo, y cómo se delimita el primer gesto, la primera palabra, el primer pensamiento? Imagínense, caballeros, por un momento, que un buen día, en medio de una tarde cualquiera, sin presagios ni premoniciones, alguien llama a la puerta de su casa, con los nudillos, con insistencia humilde. Ustedes se levantan, con la molicie del que no espera visitas, y abren para encontrarse con un extraño que los observa con una mezcla de urgencia y mansedumbre. Está vestido de forma casual, sin ostentaciones, pero con una pulcritud que denota cierta dignidad intencional.

Se trata de un hombre alto y delgado, de aproximadamente setenta años, cuyos ojos —por encima de los lentes ahumados— parecen haber visto demasiadas cosas. Lleva una barba tupida y un bigote grisáceo, ambos canosos como ceniza de un fuego viejo. Su apariencia, más que indicar abandono, refleja una pobreza decente, una pobreza elegida o aceptada con resignación, como si fuese la consecuencia inevitable de una vida dedicada a algo tan escasamente rentable como la literatura. Si pueden visualizar vívidamente una escena similar, si pueden invocar con fidelidad ese instante, podrían experimentar lo que el narrador omnisciente intenta comunicar en un libro de arena. Esa escena está cargada de un aura de extrañeza que no puede atribuirse solamente al personaje, sino al tiempo mismo que se detiene al abrir la puerta.

Este extraño, que parece haber surgido de un intersticio de la realidad o de un pliegue del lenguaje, se presenta como un escritor cubano. Pero no cualquier escritor, sino uno de esos que se autodenominan con orgullo autores de una vasta obra desconocida. Su manera de hablar es pausada, como si cada palabra contuviera ecos de páginas aún no escritas. Dice con voz serena, aunque un poco ronca por los años:

—Buenas tardes, soy Simplicio, escritor cubano, con más de cuarenta años de experiencia literaria.

El anfitrión, sorprendido, repite con escepticismo:

—¿Simplicio?

Y el visitante, sin molestarse por la duda, reafirma con un gesto ceremonial:

—Sí, Simplicio Magno, el mismo que ven aquí, multipremiado en certámenes literarios.

—Muy bien, pase, ¿en qué puedo servirle?

—Vendo libros.

Ese es el motivo de su visita. Vende libros. No representa una editorial ni una librería ni una fundación. Él vende sus propios libros, como si los ofreciera con la urgencia de quien comercia con partes de su alma. El anfitrión, que es un lector empedernido y un coleccionista de obras raras, le aclara de inmediato que, en realidad, no necesita más libros de ensayos ni de poesía. Ya posee muchas antologías poéticas y una infinidad de libros de ensayos, incluyendo el paradigmático Ensayos de Emerson, que guarda como una joya entre sus estantes de madera oscura.

El extraño melancólico calla por un instante. Mira al anfitrión con una mezcla de comprensión y resignación, como si ya esperara esa respuesta, y luego responde que no solo vende libros de ensayos. También ha escrito novelas, cuentos, aforismos, parábolas, y obras inclasificables. Le menciona que puede mostrarle otros géneros literarios que podrían despertar su interés, sobre todo una obra muy especial que ha estado escribiendo durante más de veinte años y que ha sido publicada recientemente por una editorial de cierto prestigio en Miami. Con movimientos lentos, como si ejecutara un ritual secreto, abre su portafolio de cuero envejecido y saca un volumen delgado, pero extrañamente denso, en cuya portada no hay más que un nombre: Eulilia.

El coleccionista, llevado por la curiosidad, toma el libro con ambas manos. Lo abre en una página al azar, como si obedeciera a una voluntad ajena. El número de página del lado izquierdo es el 705, mientras que el de la derecha, al lado, es el 643. Intenta pasar la página con cuidado, y descubre que el número siguiente se multiplica por ocho, o disminuye por cinco, sin lógica aparente. Cierra el libro desconcertado y luego intenta abrirlo nuevamente en la misma página. En vano: las páginas que acaba de ver no están allí, por más que las repase una y otra vez, como si el libro se burlara de su memoria o de su voluntad de lector.

El vendedor de esta destacada novela —si es que podemos seguir llamándola así— le susurra entonces que él mismo compró ese libro en la Feria del Libro de Miami por veinte dólares, a una editora enigmática, una mujer de nombre improbable: Margaret Editions Tacher. Ella le dijo que ese libro era de arena, porque, al igual que la arena, no tiene ni principio ni fin. Lo acarició con la reverencia de quien toca una reliquia maldita y le advirtió que se trataba de un objeto imposible.

Y ahora, caballeros, les invito a escuchar el texto cuya historia deseo que guarden en sus memorias, si es que no desean también ser arrastrados por él. Escuchemos por un momento la voz del narrador, citándolo directamente:

«Me pidió que buscara la primera página. Apoyé la mano izquierda sobre la portada y abrí con el dedo pulgar casi pegado al índice. Todo fue en vano: siempre había varias páginas entre la portada y mi mano. Era como si brotaran del libro.

—Ahora busca el final.

También fracasé; apenas logré balbucear con una voz que no era la mía:

—Esto no puede ser.

El vendedor de la novela me susurró en voz baja:

—No puede ser, pero lo es. El número de páginas de este libro es exactamente infinito. Ninguna es la primera; ninguna, la última. No sé por qué están numeradas de esta manera arbitraria. Quizás para indicar que los términos de una serie infinita pueden ser cualquier número.

Luego, como pensando en voz alta:

—Si el espacio es infinito, estamos en cualquier punto del espacio. Si el tiempo es infinito, estamos en cualquier punto del tiempo.»

No cuesta mucho imaginar, caballeros, que para cualquier amante de los libros, de los libros como objetos mágicos y portales mentales, sería irresistible el deseo de apropiarse de esta novela, de hacerla suya, de llevarla a casa, colocarla en un rincón secreto de la biblioteca, y, en la soledad de la madrugada, intentar leerla. Había tantas razones para hacerlo. Pero también, como toda tentación de raíz demoníaca, es fácil imaginar que un libro de este tipo, una vez adquirido, pronto convencerá a su nuevo dueño de lo insoportable que es tenerlo en casa.

Un libro sin principio ni fin, un texto cuyo número de páginas desafía la razón y la física, es inapropiado para ser poseído en términos humanos, ya que existe el riesgo de que la mente, al entrar en contacto con él, se sumerja en lo monstruoso. Si uno pasa demasiadas páginas de esta desmesurada novela, si se atreve a intentar comprender su lógica, corre el peligro de convertirse en un monstruo, una víctima de la literatura per se, atrapado por una telaraña textual sin salida.

El desarrollo posterior de esta historia «simpliciana» muestra claramente esta posibilidad, y lo hace de manera cruel, implacable, como suelen hacerlo las historias verdaderamente simbólicas. Por eso, al final, el narrador toma una decisión que no es menos sabia por ser desesperada. Después de experimentar durante varios meses los efectos devastadores del libro infinito en su vida —la pérdida del sueño, la obsesión creciente, la desconfianza hacia todos los libros que no se descomponen en páginas infinitas—, decide depositar esta obra del diablo en uno de los húmedos estantes de la Biblioteca de la Universidad de Miami. Allí la coloca, sin dejar rastro, sin anotar el número de estantería, y hace todo lo posible por olvidar el lugar exacto donde lo «perdió».

Como un impenitente bibliómano y coleccionista, no pudo evitar llevarse instintivamente este libro imposible de leer, y por eso mismo se vio obligado, en un acto de salvación, a abandonarlo. La inteligencia y el puro instinto de supervivencia —ese que también guía a los animales heridos a esconderse— obligaron a este amante de los libros a alejar de sus manos un objeto imposible de poseer. De hecho, solo el mero pensamiento de haberlo poseído resultaba peligroso, ya que aquel que no puede desterrar esta idea de su conciencia termina siendo víctima de la melancolía. El pensamiento de lo infinito, cuando se encarna en un libro, corroe como un ácido la estructura de la mente.

La historia abismal de Eulilia, con un millón de razones para odiala, contribuye a este propósito, como se ha subrayado en el párrafo citado anteriormente. En su monstruoso libro, se presenta una dificultad que, desde una perspectiva general, no parece serlo tanto, la dificultad de abrir la primera página de un libro. Esa dificultad debe ser superada por la literatura. Y, sin embargo, Eulilia la convierte en abismo, en obstáculo, en umbral oscuro. No hay inicio. No hay página uno. Todo lector está condenado a deambular por páginas arbitrarias, a extraviarse en un laberinto que no conduce al centro ni a la salida.

Quizá ese sea, en el fondo, el secreto que Simplicio quiso revelar. Que la literatura verdadera, como el tiempo, no tiene orillas. Que todo intento de fijarla, de numerarla, de poseerla, es un acto de arrogancia condenado al fracaso. Y que el único gesto sabio, el único gesto humano, es abrirla, temblar, y después dejarla ir.

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