Por KuKalambé
*Este relato está inspirado en una crónica escrita por Ángel Lago en 1989 para un periódico en Cuba.

El padre y el niño caminaban por una calle de polvo leve, bajo un sol que hacía vibrar las superficies. El padre había prometido una salida y, cuando llegó la mañana, eligió el zoológico sin pensarlo demasiado. No era un lugar de maravillas sino un recinto pequeño con árboles cansados y jaulas viejas, pero el niño sonreía como si la aventura ya estuviera cumplida antes de empezar.
—Apura, papá, o se acaba el helado
—El helado no se acaba tan pronto
—Sí que se acaba cuando uno llega tarde todo se termina
El padre dejó que el niño pasara adelante y siguió su marcha con la calma de quien quiere estirar el día. Había dormido poco, con pensamientos que volvían siempre al mismo punto. El niño parecía no llevárselos nunca a la cama. Dormía como duermen los troncos pulidos por un río.
El portón chirrió sin música. Un guardia levantó la mano y les indicó el paso con un gesto cansado. Dentro cambiaba el aire. Olía a paja húmeda y a agua que llevaba mucho tiempo quieta. Había sombras donde se recogía la frescura, había rincones donde el sol clavaba aguijones. El niño corrió hacia los columpios que cobraban otra vida con su cuerpo pequeño.
—Empújame, papá
—Vas a pedir más alto cada vez
—Más alto no es suficiente
El padre lo impulsó con prudencia y con ternura. Cada empujón dibujaba un arco y cada regreso parecía un regreso de otro mundo. El niño, cuando llegaba a la cima, se quedaba con los ojos entrecerrados y la boca abierta en una sonrisa que era también un asombro. A veces daba un pequeño grito. A veces solo respiraba hondo como si guardara el aire para después.
—Hasta aquí
—No hasta aquí no más fuerte
El padre lo dejó caer despacio y el niño aterrizó con un salto, con las rodillas flexibles, con la seguridad de los que confían en el suelo.
—Helado
—Helado
Lo comieron a medias y se mancharon las manos. El niño eligió un sabor dulce que manchaba la lengua y el padre eligió uno ácido que parecía limpiar la boca. A veces se pasaban el cono y el mundo quedaba en ese intercambio.
El camino que llevaba a las jaulas de los primates tenía piedras más calientes que el resto. Un mono se balanceaba con una energía que parecía repetirse desde el principio del día. El niño rió sin reservas.
—Mira papá se rasca la cabeza como tú cuando escribes
—¿Así de feo
—Peor pero más contento
El mono hizo una mueca y el niño la imitó. El padre sintió una punzada alegre en la garganta. Le gustaba oírlo comparar lo que veía con lo que sabía. La risa del niño tenía una mezcla de ingenuidad y certeza que no se aprende. El padre le tocó el hombro como si quisiera asegurarse de que esa risa le pertenecía.
Unos pasos más y apareció el león dormido en su piedra. La melena no tenía brillo. La respiración se notaba como un movimiento largo, como si dentro de ese cuerpo pesaran los años de un mundo que no se recuerda.
—Papá por qué no ruge
—Porque está cansado
—Y por qué está cansado
—Porque lleva demasiado tiempo aquí
—Entonces ya no es rey los reyes no se cansan
El padre guardó silencio. Miró la piedra, miró el león, miró al niño con el helado chorreándole los dedos. El niño lo miró también y esperó una corrección que no llegó. Siguieron adelante con esa frase armada en el aire.
La serpiente dormía bajo un vidrio que deformaba el reflejo. El niño acercó la cara y retrocedió un poco.
—Nos puede morder
—No puede está detrás del vidrio
—Entonces ya no es peligrosa
—Sigue siéndolo aunque no lo parezca
—No si no puede hacer nada ya no es serpiente es una soga que respira
El padre sonrió con admiración. No quiso explicarle las diferencias entre esencia y accidente. Dejó que existiera esa soga viva en la mente del niño. A veces el pensamiento verdadero se viste con ropa simple.
La cotorra gritaba con un ritmo que parecía un reloj nervioso. Repetía siempre la misma palabra. Saludaba a nadie y a todos.
—Por qué hace eso
—Porque aprendió una frase y ya no sabe olvidarla
—Entonces es como los adultos
—Cómo así
—Dicen siempre lo mismo aunque nadie los escuche
—Y tú cómo sabes eso
—Porque tú también lo haces
El padre soltó una risa que se rompió pronto. Acarició la cabeza del niño con los dedos helados. Se prometió hablar menos mientras caminaban, dejar que las cosas dijeran lo que tuvieran que decir por sí mismas.
El foso del cocodrilo estaba al fondo. Había una baranda metálica fría a pesar del calor. El agua parecía pintura espesa y tenía un color indefinible que recordaba a las paredes de los edificios viejos. Del centro emergía un cuerpo inmóvil con una geometría perfecta. El niño soltó el resto del helado sobre la baranda sin darse cuenta. Sus ojos se agrandaron y luego se apaciguaron. El padre sintió una calma rara en ese silencio.
—Parece muerto
—No está vivo espera
—Qué espera
—Que alguien se acerque
—Para comérselo
—Quizás
—Papá coge ese cocodrilo y llévalo a casa
El padre buscó la broma y no la encontró. El niño hablaba con la misma naturalidad con que pedía agua. Había un brillo nuevo en su mirada, una confianza que no era desafío sino ternura hacia el mundo.
—Qué haríamos con él
—Lo metemos en el baño le ponemos agua y comida
—Y si te muerde
—No me va a morder me va a conocer
El padre rió por costumbre. Rió para no sentirse raro. Rió para ponerse del lado de lo razonable. Después miró al animal con atención y le pareció que uno de los ojos, casi oculto, parpadeaba con lentitud.
—No es buena idea
—No es tan peligroso como parece podemos llevarlo a casa
El niño habló despacio como si le dictara a un adulto. El padre pensó en el baño de su casa, pensó en el olor a humedad, pensó en una bañera que no era tan grande, pensó en el cuerpo que había delante. Luego pensó en los ojos del cocodrilo y el pensamiento se hizo distinto.
—Tiene los ojos tristes como tú cuando miras por la ventana
—Cuándo me has visto triste
—Cuando te quedas callado y no escuchas lo que digo
El padre apretó la baranda con los dedos y sintió el frío del metal. El cocodrilo parecía tallado por tiempo más que por mano. El niño estiró el brazo y señaló el agua. El padre lo agarró del codo sin brusquedad. El cuerpo del niño entró en el espacio del padre como las comas entran en un verso.
—Si sale de ahí muere
—Entonces vive en una jaula aunque no tenga techo
—Así es
—Y tú también
El padre dejó el brazo del niño. Quedó un calorcito de contacto que se fue rápido. El niño no insistió. Se quedó mirando el agua inmóvil. A veces lo correcto es quedarse mirando.
—Vámonos
—¿Mañana volvemos
—Mañana
Caminaron hacia la salida con paso lento. No compraron ninguna golosina en el puesto final. No miraron los llaveros ni los juguetes de plástico, aunque alguno brilló con una simpleza que siempre atrapa. El guardia los saludó de nuevo con su gesto que no era saludo ni despedida.
El padre y el niño tomaron un autobús donde el aire venía por la ventana y les despeinaba la cara. El niño preguntó por qué las cosas se quedaban atrás y el padre respondió que era porque el autobús iba hacia adelante. El niño preguntó si el tiempo corría con la misma lógica. El padre dijo que quizá. El niño no quedó satisfecho y miró por la ventana, donde el cielo parecía quedarse pero no era cierto.
En casa todo estaba en su lugar. El niño dejó los zapatos bajo la mesa, bebió agua y buscó un lápiz para dibujar al cocodrilo con líneas torpes pero obedientes. El padre se quedó de pie en la puerta y no dijo nada. Se sentó luego ante el cuaderno y escribió una sola frase. La frase apareció entera y clara. La miró como se mira una fotografía de alguien que todavía vive en otra ciudad.
El niño vino con el dibujo. El cocodrilo ocupaba toda la hoja y tenía un ojo grande y redondo con un punto negro en el centro. Al lado del ojo el niño había dibujado una lágrima que parecía querer caerse sin atreverse.
—Lo voy a pegar en la pared
—Pégalo
—Pero quiero pegarlo al lado de tu mesa para que lo mires cuando te quedes callado
—De acuerdo
El resto del día se fue por el desagüe de las horas ordinarias. Lavaron los platos con agua no del todo fría. Hubo un tropezón de sillas y una pequeña discusión breve sin violencia. Luego vino el baño del niño, el cuento antes de dormir, la pregunta de si mañana era de verdad mañana y la respuesta que parecía suficiente aunque nunca lo era.
Esa noche el padre se desveló. Escuchó ruidos de plomería que antes no estaban o que antes no oía. Se levantó con cuidado y fue al escritorio. Abrió el cuaderno y leyó la frase de nuevo. Le pareció que no la había escrito él. Como si la mano hubiera sido suya y la voz de otra parte.
Recordó su propia infancia en un patio más estrecho. Un recuerdo de cuando su padre lo llevó a un circo pobre y un tigre lanzó un rugido que todavía le vibraba por dentro. Recordó que el rugido no fue miedo sino permiso para pensar en grande. Recordó que después nunca volvió a pensar en grande del todo. Cerró el cuaderno y apoyó la frente en el antebrazo. Sintió el calor de su propia piel y un olor leve a tinta.
El niño soñó con una bañera gigante donde flotaba un cocodrilo pequeño como un juguete, un cocodrilo que abría los ojos para decirle no tengo frío. En el sueño el baño tenía ventanas que daban a un río desconocido. En el sueño el padre reía sin ruido. El niño giró en la cama y el dibujo pegado en la pared se movió con la brisa de la madrugada.
El día siguiente no los llevó al zoológico. Hubo compromisos que se interpusieron con la naturalidad con que los objetos caen al suelo. El padre salió temprano y volvió tarde. Encontró el dibujo del cocodrilo mirando directo a su silla. Trabajó unas horas y cada tanto levantó la vista como un animal que olfatea. El ojo dibujado parecía más grande con la luz de la tarde.
El niño le preguntó si ya podían ir. El padre pidió paciencia. No era un no pero el niño oyó un no. Los niños tienen oído para la verdad escondida en las excusas. La semana fue una cuerda tensa que no se rompe. El padre la atravesó con una prudencia que a veces parecía miedo. El niño la atravesó con saltos.
Volvieron el domingo. El guardia tenía otra cara, quizá la misma cara con otra luz. El portón volvió a hacer su chirrido. El aire parecía más pesado. El niño corrió por instinto hacia los columpios y luego hacia el foso. El cocodrilo estaba en el mismo sitio con otro ángulo en el cuello, con una quietud recién estrenada. Un grupo de personas se asomó y se fue rápido. Nadie miraba demasiado tiempo. El niño se detuvo. El padre sintió que se repetía el eco de un momento que no había terminado.
—Hoy sí
—Hoy qué
—Hoy te lo llevas
El padre se rio con calma. Quiso decir palabras serias sobre la responsabilidad y el peligro. Quiso hablar de los límites que ponen orden al mundo. No dijo nada. El niño se aferró a la baranda y habló con el cocodrilo como se le habla a un perro generoso.
—No es tan peligroso como parece verdad
El agua respondió con un brillo.
Un empleado del zoológico llegó con un balde y arrojó algo al foso. El cocodrilo hizo un movimiento corto, preciso, que recordó a la música bien tocada. El niño se quedó sin parpadear. El padre tragó saliva y se concentró en respirar. La perfección de lo antiguo siempre deja al cuerpo sin espacio.
—Vámonos por hoy
—No todavía
El niño se quedó callado. El padre entendió que la insistencia había llegado a su punto de dignidad. No era capricho. Era una forma de cuidado incomprensible para los adultos. Se quedaron hasta que el sol perdió filo. Salieron con la ciudad fría y la frente tibia.
Pasaron otras semanas. A veces iban y a veces no. El padre observó que el niño hablaba menos de llevarse al cocodrilo y más de quedarse con él. Hubo una tarde de lluvia. Hubo otra de viento que arrancó hojas y carteles. Hubo una en que el zoológico estaba casi vacío y en la que el padre pareció joven sin razón y el niño pareció mayor de pronto.
Una vez el padre llevó una libreta pequeña. Se sentó en un banco que olía a madera mojada y escribió algunas líneas. Escribir en medio del jardín de jaulas hizo que las frases tuvieran una respiración más lenta. El niño le pidió la libreta y dibujó una vez más el ojo del cocodrilo. Esta vez no dibujó lágrima. Dibujó una pupila con dos puntitos blancos. Dos reflejos. El padre entendió que eran ellos.
—Papá se puede llevar una cosa del zoológico sin robarla
—No se puede
—Seguro que sí
El padre supo que hablaban de otra cosa. Le acarició el cuello con el dorso de la mano y no dijo más. El niño guardó el dibujo en la libreta del padre. El padre no protestó.
Cuando llegó el final de esa estación, el zoológico anunció que haría reparaciones. El foso quedaría con más agua y la baranda tendría un vidrio alto. El padre leyó el cartel y el niño lo leyó también. El niño frunció la boca, no por disgusto sino por resignación. Había aprendido que el mundo se arregla para parecer más seguro y que a veces esa seguridad roba una mirada que importaba.
—Entonces ya no nos va a ver
—Tal vez nos vea de otro modo
—No me gusta otro modo
Se quedaron un rato en silencio. El sol bajó y el guardia les dijo que era hora de salir. Nunca habían sido los últimos en irse. Esa vez quisieron serlo. El guardia fue amable y no apuró su gesto.
En la última noche antes del cierre, el niño tardó en dormirse. Pidió agua dos veces. Pidió que el padre se quedara a su lado y el padre se quedó. El niño miró el techo como si allí hubiera un mapa. Preguntó si el cocodrilo soñaba. El padre dijo que todos los animales sueñan de un modo que los humanos no entienden. El niño aceptó la respuesta. Se durmió con la mano abierta como si sujetara una cuerda que no se ve.
El padre regresó a su mesa. Sacó de un sobre la libreta pequeña. Leyó sus notas. Encontró el dibujo de la pupila con los dos puntos blancos. Buscó la primera frase que había escrito aquella tarde. La releyó como quien pone la mano sobre una piedra que estuvo al sol. Después apagó la lámpara y se quedó en penumbra. El reloj marcaba una hora que no tenía consecuencias.
El día del cierre lloviznaba. Entraron igual. Había pocos visitantes. Las reparaciones ya habían empezado en la otra punta. En el foso el agua tenía un color nuevo. El cocodrilo estaba sobre la orilla como si recibiera a alguien. No pareció inquieto. Tal vez los cambios eran una anécdota en una vida más larga que las obras.
—Hoy nos despedimos
—No digas despedimos
—Solo por un rato
El niño se inclinó sobre la baranda. Murmuró palabras sin forma. El padre pensó que el niño tenía derecho a un idioma propio. Pensó que solo por hoy debía creer en todo. Lo hizo. Cerró los ojos y creyó en todo.
La lluvia aflojó. El viento dejó en el aire un olor a tierra limpia. El niño se volvió hacia el padre con una sonrisa tranquila.
—Ya está
—Qué cosa
—Ya nos lo llevamos
—Cómo que nos lo llevamos
—Aquí —el niño se tocó el centro del pecho— y aquí —le tocó al padre el mismo sitio
El padre asintió. No era una concesión. Era una certeza sin palabras. Se quedaron mirando el agua un poco más. Luego caminaron hacia la salida con la seguridad que concede un pacto.
A partir de ese día el dibujo del cocodrilo cambió de lugar. Se mudó de la pared a la puerta de la casa. El ojo quedaba a la altura de la frente del padre cuando salía y cuando entraba. A veces el padre elevaba la mano y tocaba el papel con la punta de los dedos como si el papel tuviera temperatura. El niño lo veía y no decía nada. Se había vuelto experto en no añadir palabras donde la vida ya dijo lo necesario.
Pasaron meses. El zoológico reabrió con barandas nuevas y carteles pulcros. El foso mostraba más agua y menos barro. El cocodrilo parecía el mismo y era otro. Lo visitaron un día de verano tardío y sintieron que algo se había hecho más distante. No fue tristeza. Fue un aprendizaje.
—Ya no podemos llevarlo a casa
—Nunca pudimos
—Pero ahora sí que no
—Ahora sabemos cómo se hace
El niño sonrió. Comprendió sin esfuerzo. A veces lo difícil es aceptar que lo que se entiende no necesita explicación. El padre lo tomó de la mano y le señaló el camino hacia los columpios. El niño se subió y pidió que lo empujara. El padre le dio el primer impulso. El niño, en el punto más alto, estiró una pierna y lanzó un grito alegre. La luz recortó su figura y por un segundo pareció que flotaba en una claridad sin peso.
Esa noche el padre durmió profundamente. Tuvo un sueño en el que caminaba por un pasillo de agua. A cada lado había paredes líquidas que no lo tocaban. Al final del pasillo había una bañera que era también una laguna. Sobre la superficie descansaba un cocodrilo tranquilo. El padre se acercó y el animal abrió un ojo. No hubo miedo. El padre miró dentro del ojo y se vio a sí mismo de pie con el niño a su lado. El sueño no necesitó palabras para cerrarse.
Cuando amaneció, el padre encontró al niño sentado en el suelo con la libreta abierta. Había dibujado otra vez. Esta vez un baño con una ventana grande y un río detrás. En la bañera el cocodrilo dormía con una sonrisa mínima. El niño le mostró el dibujo sin solemnidad.
—Ya vino
—Sí ya vino
El padre lo abrazó con una gratitud que no sabía expresar. Preparó el desayuno con movimientos lentos y seguros. Puso la mesa con cuidado. No dijo que la vida era más simple de lo que parece. No dijo que a veces lo salvaje no muerde cuando uno lo mira sin pretender nada. No dijo que había aprendido algo que se aprende solo una vez. No dijo nada porque a veces el silencio es el modo más exacto de hablar.
Salieron a la calle cuando el sol era todavía amable. Caminaron sin prisa con un destino disponible pero no urgente. El padre se sorprendió a sí mismo mirando a la gente con una suavidad nueva. El niño caminaba al mismo paso. Levantaba la vista cada tanto para contar nubes que tenía pensadas y que no se agotaban. Al final de la cuadra el padre le tocó el hombro. El niño lo miró.
—Vamos bien
—Siempre vamos bien cuando tú escuchas
Siguieron adelante con una paz que no se nombra. Fue el tipo de paz que se confunde con el aire cuando el aire es claro. Buena parte de lo importante quedó dicho en los días anteriores. El resto lo diría el tiempo con su forma sin apuro. En algún punto de la ciudad había un recinto con jaulas viejas y barandas nuevas. En algún punto del corazón habían abierto una puerta que no necesitaba llave. En algún punto el cocodrilo respiraba sin saber que era símbolo. A veces basta con respirar. A veces esa basta es el milagro.
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