Por KuKalambé
En Guantánamo todos lo conocían como Bobito. Nadie recordaba su nombre de pila. Se decía que él mismo lo había olvidado cuando perdió el ojo izquierdo, en unas circunstancias que jamás fueron aclaradas. Fue durante los apagones de los años noventa, cuando la ciudad entera parecía un parpadeo colectivo, y todo lo que no se decía era más fuerte que lo dicho. Cuando no había luz, ni arroz, ni fe en la radio. Y cuando llegó el rumor, no hubo quien lo desmintiera: “Ese hombre ve cosas que no existen”, gritó un niño una noche, señalándolo con el dedo tieso. Desde entonces, a Bobito lo dejaron en paz. Lo cual, en Cuba, ya era señal de peligro.
No hablaba mucho, pero miraba como si su único ojo contuviera el mapa oculto del país. Un ojo grande, opaco en el centro, y rodeado de venillas que parecían letras, cifras, latidos. Muchos decían que en esas venas se dibujaban nombres de muertos, lugares prohibidos, palabras que el Estado había borrado. Cuando Bobito te miraba, no sentías que te observaba, sentías que te leía.
—Muchacha, a ese le dejaron el ojo del diablo —decía Chucha, la santera de la Loma del Chivo, mientras colaba café en una media rota y revolvía los caracoles con la cuchara de palo.
—¿Y por qué no se lo sacan? —preguntó un miembro del MININT, medio en broma, medio acojonado.
—Porque el que se meta con Bobito, se borra, mi niño —respondió Chucha con la seguridad de quien sabe que en Cuba los vivos le temen más a los muertos que a los vivos armados. Y con razón.
A Bobito se le veía a menudo en la plaza del mercado, sin hacer nada. Se sentaba en el muro de un mostrador como un reloj sin manecillas. A veces con una libreta en blanco, otras con una hoja de almanaque arrugada en la mano, como si consultara los días que vendrán. Su ojo giraba lento, pausado, como si lo moviera una voluntad ajena a su cuerpo, como si fuera una antena sintonizando otro país. En Guantánamo, se decía que aquel ojo veía más allá de la Sierra, más allá del río Bano, más allá del muro de la Base Naval y del tiempo.
Un día, un capitán de la FAR retirado —de los que aún desfilaban por orgullo o por hábito— lo encaró frente a la casa de cultura:
—Oye, tú, el del ojo raro. ¿Qué miras tanto, eh? ¿Me estás chequeando?
Bobito no respondió. Solo alzó el rostro y lo miró fijamente.
El capitán palideció. Tembló como si le hubieran echado un balde de agua helada en plena canícula.
Al día siguiente, pidió traslado a Holguín. Dijo que era por razones médicas. Pero todos sabían que no quería volver a pasar por la plaza. Que no quería encontrarse con ese ojo otra vez.
Pasaron los años. La ciudad envejecía como un perro mojado. Las casas se caían solas, los discursos se repetían como letanías podridas, y los jóvenes se iban o se encerraban en sí mismos. Solo Bobito seguía allí, viendo. Sin gritar, sin denunciar, sin escribir una queja. Solo viendo. Como si su ojo fuera una cámara del Más Allá.
—Ese no está loco, mi amor —decía una guantanamera vieja—. Está más cuerdo que todos nosotros. El loco es el que no quiere ver.
Bobito murió un martes, cuando el sol pegaba fuerte y los relojes no daban la hora correcta. Amaneció muerto en un banco frente al parque 24 de Febrero. Tenía una sonrisa extraña, casi triunfal, y el ojo abierto. Algunos dijeron que fue un infarto. Otros que la Seguridad del Estado le echó algo en el café. Pero fue Chucha la primera en hablar con voz alta:
—Ese no murió. Ese se apagó. Porque ya vio lo suficiente.
Lo velaron en la funeraria de la calle Carretera, en una caja prestada, de madera pálida, con bisagras que chirriaban como promesas incumplidas. Le pusieron un pañuelo blanco sobre el rostro, pero alguien lo retiró. Querían ver el ojo. Y allí estaba, inmóvil, pero brillante. Un niño dijo que parpadeaba cada vez que alguien mentía cerca del féretro.
—Parece que aún respira —murmuró una mujer mientras le rezaba un Padre Nuestro sin convicción. —Ay, Bobito, si tú supieras todo lo que no nos atrevimos a decir.
La procesión al cementerio de San Rafael se formó con los pocos que aún creían en rituales. Unos estudiantes de arte cargaban el ataúd, más por acto performático que por fe. Uno tenía una camiseta que decía “Todo ojo es una frontera”. Una guagua desvencijada seguía detrás, llena de viejas con sombrillas, vendedores de maní, y un loco que gritaba:
—¡El ojo de Bobito es una antena! ¡Nos está viendo desde la otra vida!
Cuando llegaron a la puerta del cementerio, ocurrió lo que nadie esperaba y todos temían en lo más íntimo; el féretro se detuvo. No bajaba. Los cargadores empujaban, sudaban, maldecían con esa rabia aprendida en la cola del pollo, pero el ataúd no cruzaba la verja de hierro. Era como si una fuerza invisible, testaruda y muy guantanamera, se hubiese afincado en las patas de la caja.
—¡Se jodió esto! —gritó uno con el acento arrastrado del reparto Caribe—. ¡Este muerto no quiere que lo entierren!
Los tambores batá que sonaban a lo lejos, en una ceremonia que no tenía que ver con Bobito —o eso se pensaba—, callaron de pronto. Silencio repentino, como si alguien hubiera puesto el dedo sobre la boca del mundo. Una ráfaga de viento atravesó el cementerio y levantó las flores de plástico, que comenzaron a girar por el aire como trompos locos.
El cura, que apenas conocía a Bobito y había sido asignado al oficio por falta de otro, se santiguó con nerviosismo, sin saber si enfrentaba una posesión, un mal chiste o un error del protocolo funerario.
Y entonces, como mandada por Ochún, habló Chucha:
—¡Este muerto no ha terminado su trabajo! ¡Devuélvanlo!
—¿Y pa’ qué, vieja loca? —le gritó un mulato fornido, con tatuajes de la EJT en los brazos.
—¡Pa’ que les enseñe! —replicó ella con los ojos encendidos—. ¡Pa’ que el ojo les pinte lo que no quieren ver!
Nadie se atrevió a burlarse. En Guantánamo, cuando una santera habla en voz alta, el miedo antiguo se impone. Volvieron a la funeraria, arrastrando el ataúd como si llevaran una caja de fuego. Durante siete días, el cuerpo de Bobito permaneció allí, en esa caja prestada, de madera pálida y promesas rotas. El ojo —ese ojo— se mantenía abierto. Y lo más increíble, comenzó a proyectar imágenes en las paredes.
No eran alucinaciones ni sueños. Eran escenas nítidas, detalladas, sin censura ni edición. Como si el ojo de Bobito fuera un proyector mudo, obstinado y omnisciente. Una televisión del más allá, pero sin apagón ni control remoto.
El primer día, se vio una reunión del Partido en la sede provincial. Delegados con las caras derretidas por el aburrimiento, bostezaban mientras uno con voz engolada decía: “Vivimos momentos difíciles con victorias aseguradas por la Revolución”. Nadie aplaudía. Solo un ventilador que giraba como loco sin mover el aire.
El segundo día, el ojo proyectó una cola para el pan en la esquina de Los Maceo. Una mujer se desmayaba mientras el panadero sacaba media risita, escondía una bolsa y se rascaba la barriga.
El tercer día, la imagen fue una escuela. Un aula con pupitres vacíos, sin maestros, sin tizas, sin electricidad. Solo un retrato de Fidel colgado al revés, como diciendo: Ni yo entiendo ya esto.
El cuarto día fue el más cruel. El ojo mostró las delaciones. Uno a uno, los que habían ido a ver el milagro —o el espectáculo— se vieron a sí mismos en escenas olvidadas: firmando actas contra vecinos, pasando informes al CDR, aceptando jabitas por votos, callando cuando debían hablar. El pasado se hizo carne, y era feo.
—¡Apágalo! ¡Tápalo! —gritó una señora, con la voz llena de vergüenza.
Pero el ojo no obedecía. Giraba, giraba como molino brujo. Seguía proyectando.
El quinto día, el ojo mostró a Guantánamo desde arriba. No la ciudad como aparece en los mapas escolares, sino su alma: una prisión sin barrotes, sin rejas, pero con cerrojos mentales. Casas cerradas, pensamientos encerrados, futuro sin llaves. El silencio era el himno nacional.
—¿Qué hacemos con esto? —preguntó el director de Cultura, presente más por miedo al informe que por fe en el difunto.
—Nada —dijo Chucha, sentada en una esquina como un oráculo de Palo Monte—. Solo mirar.
El sexto día, un valiente —o imprudente— intentó cerrar el ataúd. Pero el ojo se encendió con un brillo rojo, ardiente, como una lámpara de neón diciendo prohibido cerrar por obras del espíritu.
El séptimo día, el ojo mostró una última imagen. Una plaza de la Revolucion vacía. La tribuna desmoronada. Nadie hablaba. Nadie escuchaba. Solo una paloma gris, vieja, dando vueltas sin saber dónde posarse. Como el país mismo.
Esa noche, el ojo se cerró. Sin dramatismos. Como una cámara que ha capturado la última foto del alma nacional. Al día siguiente, lo llevaron de nuevo al cementerio. Esta vez, las puertas se abrieron solas. Nadie cargó con desgano. Nadie dijo palabra. Lo enterraron sin discursos, sin bandera, sin himnos. Solo una ráfaga de aire que levantó polvo y dejó caer una flor seca sobre la lápida sin nombre.
Desde entonces, en Guantánamo, cuando hay desfile o reunión del Poder Popular, alguien siempre se vuelve y comenta:
—Cuidado… que el ojo de Bobito sigue mirando.
Desde entonces, hay quienes juran que el ojo de Bobito aparece por las noches reflejado en las ventanas de las casas donde se conspira. Otros aseguran que lo vieron en el espejo, detrás del hombro, justo antes de tomar una decisión equivocada. Y los más escépticos, los que no creen en nada, evitan pasar por la plaza cuando anochece. Por si acaso.
Y en la pared de una bodega vieja, allá por la calle Crombet, bajo una farola rota, a veces se ve un reflejo redondo. Una pupila dilatada. Un punto de luz que no es luna ni linterna. Dicen que es el ojo. Otros, que es el recuerdo. Y algunos, con miedo en la voz, dicen que es la conciencia.
Una vez, una niña le preguntó a su abuela:
—Abuela, ¿y por qué lo llamaban Bobito?
La vieja, sin mirarla, respondió:
—Porque los bobos en Cuba son los únicos que ven claro.
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