Una anécdota rusa

Por KuKalambe

Durante una de las sesiones del simposio Una Cuba posible, auspiciado por la Fundación Herencia Cultural Cubana, un instante de sosiego intelectual fue interrumpido por un murmullo cargado de expectación. Entre el público congregado, compuesto en su mayoría por exiliados, académicos, diplomáticos y escritores cubanos asentados en Miami, se alzó la voz de un hombre de verbo ágil y mirada vivaz, cuyo tono —mezcla de sarcasmo culto, memoria vivida y agudeza narradora— convocó la atención general con la promesa de una anécdota esclarecedora.

“Permítanme”, dijo con voz modulada y gesto pausado, “compartirles una historia que, aunque breve, resume el espíritu contradictorio del fin de una era y la resurrección de otra que muchos creíamos ya enterrada”.

La escena que evocaba se situaba en 1989, cuando el Muro de Berlín se desplomaba con estrépito no sólo físico sino simbólico, marcando el colapso de los totalitarismos del siglo XX. Junto a su esposa, había emprendido un itinerario por las ciudades de Europa Oriental con el propósito de observar de cerca la descomposición del sistema comunista y el amanecer incierto de una nueva realidad política. Visitaron Varsovia, Budapest, Praga, Vilna. En cada sitio encontraron signos inequívocos de un presente en transformación, una oscilación entre el entusiasmo popular y la incertidumbre institucional. Pero fue en Moscú donde, según relató, vivieron el momento más desconcertante del viaje.

Bajo la atmósfera plomiza de la capital rusa, se toparon con un espectáculo que rozaba lo absurdo y lo profético. Boris Yeltsin, quien encabezaba la fractura definitiva del poder soviético, supervisaba la restauración pública de varias iglesias ortodoxas demolidas durante el estalinismo. La Plaza Roja, que durante décadas había sido el corazón escéptico del ateísmo marxista-leninista, rebosaba ahora de ciudadanos que portaban retratos de los antiguos zares, pancartas con iconografía religiosa y cánticos litúrgicos. Aquella muchedumbre parecía desandar el camino revolucionario con fervor místico y teatral. La procesión concluía frente a una escultura imponente erigida, supuestamente, en honor a Pedro el Grande.

El público del simposio contenía la respiración mientras el narrador, con una sonrisa ladeada, anunciaba que revelaría el verdadero origen de aquella estatua monumental, pero antes, como si el tiempo no lo apremiara, introdujo otra historia, no menos reveladora.

En los años previos a 1992 —cuando se conmemoraría el quinto centenario del descubrimiento de América—, un célebre escultor propuso a varias capitales del continente levantar un coloso de Cristóbal Colón como tributo a aquel acontecimiento fundacional. Las propuestas fueron presentadas, sucesivamente, en Nueva York, Miami, Santo Domingo y La Habana. Pero en todos los casos el proyecto fue rechazado. Nadie deseaba vincularse con una figura tan polémica, cargada de significados opuestos: explorador y colonizador, genio visionario y agente del genocidio, navegante de la modernidad y emisario del imperio.

Cristóbal Colón, en uno de sus escritos, había dicho con tono visionario: “No navegamos hacia lo desconocido, sino hacia lo inevitable”. Como si ya intuyera que su figura sería tan venerada como vilipendiada siglos después.

Sin embargo, esa escultura no fue abandonada al olvido. En un giro que sólo puede explicarse desde la lógica heterodoxa del alma rusa, Moscú adquirió el monumento —una figura imponente de Colón señalando al horizonte— y lo instaló en una gran plaza urbana. Pero, y aquí el detalle revelador, no como homenaje al almirante genovés, sino rebautizándolo como Pedro el Grande. La estatua no fue modificada, sólo la placa cambió. Así, el cuerpo de Colón se convirtió, por arte de propaganda simbólica, en el zar reformador.

Cuando el periodista ruso que cubría el evento preguntó al entonces alcalde de Moscú, Yuri Luzhkov, por qué se había erigido un monumento de Colón en honor a Pedro el Grande, su respuesta fue tan cínica como reveladora: “En este país, las estatuas no preguntan a quién representan. Nosotros decidimos qué ven los ojos del pueblo”.

Años después, el ministro de Cultura Vladimir Medinsky diría en un ensayo: “Los símbolos no deben ser exactos, deben ser útiles. La verdad histórica es una forma menor de utilidad política”.

La moraleja, subrayó el orador mientras se sentaba con aire de satisfacción, era contundente: en Rusia, la historia no se niega, sino que se reescribe. No importa tanto quién fue la figura representada, sino qué se desea que represente. Todos los monumentos, y por extensión, toda la memoria histórica, son reconfigurables, útiles, resignificables en nombre de un nuevo relato nacional.

Y concluyó, sin despegar del rostro esa sonrisa burlona que anuncia una verdad amarga disfrazada de broma: “Qué mentirosos son los rusos, están regresando al monarquismo con la misma naturalidad con que Lenin abolió la monarquía. Nada muere del todo, sólo cambia de traje”.

El auditorio, entre la risa nerviosa y el estupor reflexivo, quedó suspendido en el eco de aquella doble historia. Lo que había comenzado como una anécdota pintoresca se había transformado en una poderosa meditación sobre el uso político de la historia, la plasticidad de los símbolos y la inquietante posibilidad de que, en nombre del futuro, siempre regrese el pasado.

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