Nietzsche, un Cristo invertido, según Alberto Lamar

Por Galán Madruga

Alberto Lamar propone en la introducción a su libro La palabra de Zaratustra un análisis de la figura de Federico Nietzsche que se aparta tanto del elogio hagiográfico como del dictamen patológico de manual clínico, y lo hace con un rigor que evita por igual la genuflexión devota y la burla fácil. Desde el inicio fija una posición que no se desdice a lo largo de todo el ensayo, Nietzsche no es un gran filósofo sistemático, no edifica una arquitectura conceptual comparable a la de Kant ni funda una escuela con pretensión de clausura, pero es, sin discusión, el gran revolucionario moral de la modernidad tardía, el pensador cuya huella sigue operando de manera persistente y conflictiva en la ética contemporánea, incluso en aquellos contextos donde se lo combate o se lo considera superado.

Lamar entiende que la importancia de Nietzsche no reside en la solidez doctrinal ni en la coherencia metódica, virtudes propias de los grandes constructores de sistemas, sino en la potencia disolvente de su gesto intelectual, en su capacidad para erosionar valores heredados y obligar al pensamiento posterior a definirse siempre en relación con él. Kant representa el orden, la simetría y la mesura del sistema, una razón que legisla, clasifica y garantiza estabilidad, mientras Nietzsche irrumpe como quiebre, inversión de jerarquías y provocación sostenida, una fuerza que no busca conciliación ni síntesis y que deja al pensamiento moderno en un estado de inquietud activa, forzado a pensarse a sí mismo contra una presencia que no termina de extinguirse.

Una de las claves interpretativas que Lamar subraya con mayor insistencia es la distancia escandalosa entre la vida de Nietzsche y su obra. El filósofo que exalta la fuerza, el instinto y la afirmación vital llevó una existencia retraída y enfermiza, marcada por la soledad y la renuncia. No conoció de primera mano aquello que glorificó en sus libros, habló de la vida desde el retiro de la biblioteca, defendió el instinto desde una biografía dominada por la inhibición y celebró la violencia creadora sin haber participado jamás en el fragor de la acción. Esta disonancia no es para Lamar un dato anecdótico, sino un índice hermenéutico decisivo. Nietzsche no piensa desde la vida sino en tensión con ella, y su filosofía aparece como una compensación simbólica, una construcción imaginaria de aquello que le fue negado por su propio destino corporal y psíquico.

Fuera del ámbito moral, Lamar no concede a Nietzsche un lugar de innovación filosófica sustantiva. Su pensamiento especulativo se muestra ecléctico y fragmentario, alimentado por fuentes diversas que van desde Schopenhauer y Stirner hasta Spencer, Guyau y el positivismo francés. No hay en él un método original ni una sistematización rigurosa, y su metafísica no alcanza a modificar de manera decisiva los grandes problemas heredados. La cohesión que caracteriza a los sistemas filosóficos alemanes de su tiempo brilla por su ausencia, y lo que emerge es una constelación de intuiciones, aforismos y fulguraciones más próximas a la literatura que a la filosofía académica.

El núcleo irreductible de la originalidad nietzscheana se encuentra, según Lamar, en la ética. Es allí donde el filósofo de Weimar deja su marca más profunda y conflictiva. Su moral no consiste en una simple reforma de valores, sino en una inversión radical de la tradición occidental, particularmente de la moral cristiana. Lamar propone una analogía tan provocadora como esclarecedora, Nietzsche sería un Cristo invertido. Donde el cristianismo predica humildad, caridad y sacrificio, Nietzsche proclama fuerza, afirmación y guerra. Donde uno habla a los débiles y a los humillados, el otro se dirige a los fuertes y a los capacitados para vencer. El primero construye un sistema moral orientado al amor, el segundo lo desmantela para erigir una ética fundada en la supremacía del yo.

Zaratustra aparece así como la figura simbólica en la que se condensan las doctrinas nietzscheanas. No es un personaje filosófico en sentido estricto, sino un profeta laico, un portavoz mítico que anuncia la llegada del Übermensch, el hombre futuro que encarna la superación de la moral de esclavos. Lamar insiste en que este superhombre no debe leerse como una figura empírica, sino como un ideal regulador, una imagen orientadora que legitima una ética del egoísmo absoluto.

La moral de Nietzsche es, para Lamar, una moral del yo sin limitaciones. No se trata del egoísmo moderado de la tradición ilustrada ni del cálculo hedonista de los epicúreos, sino de un egoísmo radical, dispuesto a sacrificar lo ajeno, a justificar el crimen y a glorificar la guerra como principio regenerador. El instinto se convierte en la única razón legítima de la acción, y toda elaboración intelectual que introduzca duda o conflicto es vista como una debilidad. El pasado debe ser olvidado porque actúa como rémora, y la reflexión moral tradicional es denunciada como producto de la renuncia y del resentimiento.

Lamar no oculta el costado inquietante y peligroso de esta ética. La exaltación del aislamiento, el desprecio por la mujer concebida como instrumento de placer, la glorificación de la violencia y el rechazo de toda compasión configuran una moral que rompe con los límites sociales y convierte la afirmación del yo en principio absoluto. Sin embargo, el autor se niega a despachar estas ideas como simples extravagancias de un enfermo.

El problema de la locura ocupa un lugar central en el análisis. Lamar acepta sin ambages que Nietzsche fue un anormal desde el punto de vista psiquiátrico, diagnosticado retrospectivamente por alienistas y médicos que vieron en su obra los signos de una degeneración progresiva. No obstante, rechaza que este dato invalide el valor de su pensamiento. Muy al contrario, sostiene que toda gran creación histórica nace de algún tipo de desequilibrio. El equilibrio, entendido como conformidad con la norma, no ha producido nunca una obra trascendental. Dante, Shakespeare, Cervantes, Goethe, Cristo o Napoleón aparecen como figuras limítrofes, excéntricas, atravesadas por una tensión que las aparta de la medianía.

La locura de Nietzsche no desautoriza su moral, sino que explica su radicalidad. Su egotismo, entendido en sentido psicopatológico, se transforma en principio ético. La pregunta que Lamar formula no es si Nietzsche estaba loco, sino si una moral concebida desde la anormalidad puede contener una verdad histórica. Su respuesta es afirmativa, aunque cautelosa. En Nietzsche hay una verdad parcial, peligrosa y desestabilizadora, que responde al agotamiento espiritual del siglo XIX.

Ese siglo es descrito como una centuria enferma, saturada de sistemas, de pesimismo y de crisis de sentido. El cristianismo ha derivado en ascetismo intelectual, el idealismo se agota y el positivismo no ofrece consuelo. Nietzsche surge entonces como una reacción violenta contra el nihilismo pasivo, como un intento desesperado de devolver al hombre una afirmación vital sin trascendencia ni promesas ultraterrenas. Su moral busca reinstalar el valor de la vida en el aquí y ahora, aunque sea al precio de socavar las bases mismas de la convivencia tradicional.

Uno de los tramos más polémicos del ensayo es aquel en el que Lamar vincula el pensamiento de Nietzsche con el militarismo alemán y la Primera Guerra Mundial. Sin afirmar una relación mecánica, sostiene que la filosofía naturalista de Nietzsche y Feuerbach contribuyó a preparar el espíritu del pangermanismo, no tanto desde los cuarteles como desde las universidades. El ideal del superhombre habría sido transmutado en el ideal de la supernación, y la ética de la fuerza en ideología bélica. Bélgica, Verdún y Namur aparecen como escenarios donde la moral nietzscheana encuentra una realización histórica brutal.

Esta interpretación no absuelve a Nietzsche, pero tampoco lo reduce a simple ideólogo de la barbarie. Lamar reconoce que los pensadores latinos se alzaron contra esa moral en nombre de la justicia y la equidad, aunque introduce una duda incómoda. Si la victoria alemana hubiese sido total, ¿habrían resistido esos principios. La moral, sostiene Lamar, no es un absoluto inmutable, sino una convención histórica que limita el egoísmo según las circunstancias.

Aquí la introducción alcanza su mayor densidad filosófica. La moral es presentada como un fenómeno histórico mutable, no como una esencia eterna. Cambia con las condiciones sociales, económicas y biológicas. Cada etapa histórica genera su propia moral, y el cristianismo mismo aparece como una fase que se aproxima a su ocaso. Resulta entonces lógico esperar una nueva ética, y la pregunta decisiva es si esa ética será o no la que Nietzsche anunció.

Lamar no ofrece una respuesta cerrada. Reconoce que, aunque sentimentalmente los pueblos latinos rechazan a Nietzsche, intelectualmente su influencia es innegable. La literatura moderna, el teatro, la exaltación del individuo y el culto al yo muestran la persistencia del núcleo nietzscheano. D’Annunzio, Ibsen y las vanguardias aparecen como herederos directos de esa moral naturalista que privilegia la afirmación personal sobre toda otra consideración.

En este punto, Alberto Lamar introduce una distinción decisiva al referirse a los llamados pueblos latinos, noción que no remite a una categoría racial ni meramente lingüística, sino a una tradición histórico cultural configurada por la herencia del derecho romano, el humanismo clásico y el cristianismo mediterráneo. Francia, Italia, España y, por extensión, América Latina, encarnan para Lamar una sensibilidad moral específica, en la que el individuo no se concibe aislado sino inscrito en un entramado social y jurídico, y donde la ética opera como límite al poder, no como exaltación de la fuerza. La moral latina, incluso en sus versiones secularizadas, conserva un fondo comunitario y normativo que desconfía de toda absolutización del yo y de toda legitimación directa de la violencia.

Desde esta perspectiva se explica el rechazo que Nietzsche provoca en el mundo latino. No se trata, como aclara Lamar, de una incomprensión intelectual ni de una incapacidad teórica para asimilar su pensamiento, sino de una resistencia moral y civilizatoria. La inversión nietzscheana de la moral cristiana resulta particularmente perturbadora para una cultura que, aun descreída, sigue estructurada por valores derivados de esa tradición. Allí donde el cristianismo introduce la idea de prójimo, límite y justicia, Nietzsche propone la afirmación irrestricta del yo, el desprecio del débil y la glorificación del conflicto. El latino percibe en ese gesto no una corrección del cristianismo, sino su negación radical.

A esta oposición se suma una diferencia más profunda en la concepción misma de la moral. Mientras la tradición latina tiende a pensar la ética como convención social, como regulación histórica destinada a contener el egoísmo y hacer posible la convivencia, Nietzsche formula una moral de carácter biológico e instintivo, donde la fuerza se convierte en criterio de legitimidad y la guerra en principio regenerador. Para Lamar, esta sustitución del derecho por la fuerza no puede sino generar rechazo en culturas que han fundado su organización social sobre la idea de ley y no sobre el predominio desnudo del poder.

El distanciamiento latino frente a Nietzsche se vuelve definitivo tras la Primera Guerra Mundial. Cuando la ética de la fuerza deja de ser una provocación filosófica y se encarna en invasiones, fusilamientos y destrucción sistemática, el superhombre deja de ser una figura simbólica y se manifiesta como soldado. Bélgica, Verdún y Namur se convierten entonces en argumentos históricos que sellan una condena moral. Nietzsche aparece, en esa lectura, no como responsable directo, pero sí como uno de los antecedentes espirituales de una catástrofe que el mundo latino experimenta como negación de su propia tradición.

Sin embargo, Lamar subraya una paradoja que impide clausurar el problema. Aunque los pueblos latinos rechazan a Nietzsche en el plano moral y sentimental, no pueden sustraerse a su influencia intelectual. La literatura moderna, el teatro, la exaltación del individuo y ciertas corrientes estéticas muestran que el núcleo nietzscheano opera incluso allí donde se lo combate. El latino niega a Nietzsche como legislador ético, pero lo incorpora como fermento crítico, como perturbador de conciencias y como síntoma de una crisis que también le pertenece.

La introducción concluye con una visión abierta y deliberadamente inconclusa. El siglo XX aparece como un umbral ético, un punto de inflexión en el que viejas morales se agotan y nuevas formas de vida exigen otros principios. Nietzsche no ofrece una solución definitiva, pero nombra el conflicto y anticipa la ruptura. Su valor no reside en haber dicho la última palabra, sino en haber pronunciado una palabra incómoda, una palabra que sigue operando como signo de discordia y como espejo deformante de la modernidad.

De este modo, Alberto Lamar no canoniza ni condena a Nietzsche. Lo sitúa como síntoma y como catalizador, como producto de su tiempo y como fuerza que lo desborda. Esa ambivalencia es, finalmente, la razón de su persistencia. En Nietzsche, Lamar reconoce no un maestro de certezas, sino un perturbador de conciencias, y quizá por eso mismo, uno de los nombres inevitables de la ética moderna.

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