Mutación y movilidad: el cubano entre la isla y la diáspora

Por Angelazo Goicoechea

Quizá no se haya reflexionado con suficiente detenimiento sobre una diferencia que, aunque parezca de orden práctico, contiene en sí una dimensión ontológica profunda, la mutación en el grado de movilidad del ser cubano cuando este transita de la isla al espacio continental estadounidense.

En el contexto cubano, la movilidad ha sido históricamente una experiencia marcada por la escasez, la lentitud, la espera como forma de vida. El ser cubano ha aprendido, como apuntó Virgilio Piñera en su célebre poema La isla en peso, a «soportar la tierra ardiente en la planta del pie» y a hacer del andar una prolongación de la espera agónica, casi metafísica. Se trata de un movimiento precario, de dos patas, donde la corporeidad mantiene una relación directa, íntima, táctil con el espacio. El desplazamiento se realiza en una escala humana, porosa, donde cada metro recorrido se gana a fuerza de sudor, paciencia y, en no pocas ocasiones, resignación. El andar se convierte así en un gesto de resistencia, de apropiación casi artesanal del territorio.

Por el contrario, al llegar a Estados Unidos, el ser cubano experimenta una transformación abrupta, casi violenta, en su régimen de movilidad. La lógica del automóvil, ese símbolo del American Way of Life, introduce una ruptura en la relación entre el ser y el espacio. De pronto, el cubano debe articular su existencia en un entorno donde el desplazamiento a pie es marginal, residual, y donde la vida está diseñada para ser vivida a través de máquinas. Ya no basta con las dos piernas biológicas; ahora es imperativo añadir las dos patas mecánicas del automóvil. Se configura así una doble movilidad: el cuerpo y la máquina cohabitando en una relación ineludible.Como señaló Paul Virilio, vivimos en una civilización donde «la velocidad es la violencia»

Esta mutación no es meramente funcional; comporta un desajuste emocional, una suerte de vértigo ontológico. Al verse obligado a habitar un espacio donde la velocidad sustituye al ritmo humano, el ser cubano siente una despersonalización de su relación con el mundo, convirtiéndolo en lo que Marc Augé definió como no-lugar. La velocidad impuesta por el automóvil lo despoja de la posibilidad de habitar el espacio como experiencia, transformando el desplazamiento en mero tránsito, en pura función. Como advirtió Lezama Lima, el cubano ha sido siempre un hombre de la demora, de la alta tardanza, de la conversación extendida en el umbral, del paseo como acto poético. Al suprimir esa demora, el cubano exiliado pierde no solo una costumbre, sino una estructura de sentido.

Es en este punto donde se instala el deseo de retorno. Pero no necesariamente un regreso al territorio físico de la isla —que muchas veces se ha transfigurado en un espacio mítico, irreconocible—, sino a una temporalidad perdida, a una forma de habitar el espacio donde el tiempo se dilataba, se espesaba, se respiraba. En este sentido, la angustia del exilio no se expresa solo en la nostalgia geográfica, sino en una nostalgia por una velocidad distinta, más lenta, más interior, más acorde a la experiencia insular.

Alejo Carpentier, en El siglo de las luces, comprendió bien esta paradoja cuando describía la llegada de la modernidad a la Habana colonial como una irrupción de máquinas y relojes que desfiguraban la lentitud tropical, imponiendo un ritmo ajeno al carácter insular. Carpentier percibía en esa invasión de modernidad una forma de violencia, de desarraigo espiritual, que hoy podríamos identificar en la experiencia del cubano en el exilio. Es el mismo ser, pero desplazado a una topografía donde la velocidad le es hostil, donde el automóvil no es una herramienta de liberación, sino una prótesis impuesta que lo arranca de su hábitat natural.

Esta duplicación de movilidad —dos patas biológicas, dos patas mecánicas— genera una escisión interna, una fractura en la experiencia del ser. Como señaló Piñera en sus textos más ácidos, el cubano es siempre un ser que vive contra la fatalidad de la geografía, pero esa fatalidad no desaparece al migrar: se transforma, muta, adopta nuevas formas. En lugar de la inmovilidad insular, ahora es la hiperactividad compulsiva del exilio; en lugar de la espera agónica en la guagua, ahora es el tráfico interminable de las autopistas americanas, que devora horas sin dejar huella.

En definitiva, podríamos afirmar que la diáspora cubana no solo migra de un territorio a otro: migra de un régimen de movilidad ontológica hacia otro. Y esa transición, lejos de ser un mero accidente logístico, constituye una fractura profunda en su experiencia del mundo, en su modo de habitar la existencia. Como sugirió Michel de Certeau, el andar es una práctica narrativa, una manera de escribir el espacio con el cuerpo.Tal vez por ello, muchos de los que regresan a Cuba por breves estancias sienten una paz inexplicable al volver a caminar bajo el sol abrasador, al esperar una guagua que nunca llega, al recuperar, aunque sea por instantes, la lentitud originaria que les permitió reconocerse como cubanos.

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