Por Coloso de Rodas
“La literatura es el mal, no porque predique el crimen, sino porque se atreve a mirar de frente lo que la moral se esfuerza por ocultar.”
— La literatura y el mal
Georges Bataille afirmaba, hace más de medio siglo en La literatura y el mal, que la literatura se acercaba al mal para evitar el naufragio en la monotonía, para no rendirse a la modorra espiritual de las sociedades satisfechas. El mal, en su concepción, no era simple perversión o escándalo, sino una forma extrema de lucidez, un gesto de rebelión contra la servidumbre del orden, una tentativa de experimentar lo prohibido como vía de conocimiento. Aquellos fueron días de audacia y de revelación, cuando los escritores se atrevían a descender a los abismos de la condición humana para interrogar su sentido último. La literatura, en ese entonces, no se conformaba con describir la vida: la desnudaba, la violentaba, la hacía estallar en sus límites.
Hoy, sin embargo, el panorama ha cambiado radicalmente. La literatura de nuestra época parece haber abdicado de ese impulso trágico y se refugia en una retórica del bien que, más que búsqueda, es consuelo. Ya no se escribe para desentrañar la oscuridad, sino para domesticarla; no para revelar lo indecible, sino para tranquilizar conciencias. El mal ha sido sustituido por la corrección moral, la provocación por la prudencia, la inquietud por la empatía de catálogo. Así, la literatura contemporánea se convierte en un territorio de refugio y complacencia, un espacio donde el lector no enfrenta su abismo, sino que se siente acompañado en su miedo a mirar.
Esa inclinación hacia el bien —entendido no como virtud, sino como anestesia— es síntoma de un tiempo que ha perdido el coraje metafísico. En lugar de confrontar la tragedia de la existencia, se busca mitigarla, volverla soportable, envolverla en palabras amables que sustituyan la intensidad por la ternura, la verdad por el bienestar. La literatura, que antes era una experiencia límite, ha pasado a ser una terapia colectiva, una forma de consumo emocional que disfraza de sensibilidad lo que en el fondo es cobardía espiritual.
El escritor contemporáneo ya no se pregunta, como Dostoievski, por la necesidad del mal ni por la culpa de la criatura humana. Ahora busca aceptación, eco, consenso. Escribe desde la prudencia institucional y el cálculo moral, temeroso de ofender o de romper la armonía de la comunidad virtual que lo aplaude. En esa transición, la palabra se ha vuelto inofensiva y el lenguaje, que en otro tiempo hería y revelaba, se ha convertido en bálsamo. La literatura se ha hecho ligera, terapéutica, utilitaria, un refugio contra el vértigo y no una exploración de él.
La paradoja, sin embargo, es profunda. Al renunciar al mal, la literatura renuncia también a la intensidad de la vida. Lo que antes era riesgo y transgresión se transforma en corrección y domesticación. El mal, entendido como energía creadora y destructiva, como vértice de la experiencia humana, ha sido desplazado por el discurso del bien como confort. Pero sin la sombra del mal, el bien pierde espesor y se convierte en una abstracción moral sin sustancia, un simulacro de pureza incapaz de dar sentido a la existencia.
Quizás Bataille tenía razón en más de un sentido. Cuando la literatura abandona el mal, no se vuelve más humana, sino más aburrida. Se despoja de su poder iniciático y se convierte en adorno. En lugar de ser una forma de conocimiento, deviene entretenimiento; en lugar de transformar, se limita a acompañar. Es, en definitiva, la literatura de una época que teme al sufrimiento y que, en su miedo, prefiere escribir sobre el bien para no recordar que el mal sigue habitando en lo más profundo de su alma.
De este modo, la literatura contemporánea, al huir del mal, huye también de sí misma. Olvida que la palabra es, ante todo, una forma de peligro. Y sin peligro no hay revelación, ni experiencia, ni verdad. Lo que queda, entonces, es un simulacro de humanidad que se refugia en la amabilidad y en la corrección, como si el lenguaje tuviera ahora la función de protegernos de la vida y no de revelárnosla.
El mal, que en otro tiempo fue camino de conocimiento, ha sido proscrito. Pero su ausencia deja un vacío que ningún discurso sobre el bien puede llenar. Allí donde el mal era exploración del límite, hoy sólo hay superficie. Allí donde el escritor se enfrentaba a lo innombrable, hoy el narrador busca aceptación. Y en ese desplazamiento, la literatura pierde su vocación de misterio y se convierte en una moralina de lo sensible, una pedagogía sentimental para un mundo que ha olvidado que el alma, para no naufragar, necesita también asomarse a sus tinieblas.
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