La Historia a favor de la vida

Por Irene Calandraca

Ya no cabe duda, salvo para los nostálgicos del archivo polvoriento, que la historia —como entidad autónoma, como sustancia o esencia en sí— es una construcción ficticia. No existe la historia en sí misma, sino los relatos que la enuncian, los fragmentos que la evocan, los dispositivos narrativos que la tornan legible y transmisible. Son los hechos tramados por la literatura, las escenas que sobreviven por obra de la narración, lo que constituye aquello que solemos llamar historia. Y, sin embargo, tras mi travesía por Sils Maria, sabía que no podía abandonarla sin arrancar de su geografía una lección destinada no al viajero, sino al historiador, la vida de una intempestiva, en irreconciliable oposición al historicismo objetivo y, por tanto, en pugna directa con nuestra propia figura profesional —esa del historiador que se presume custodio de lo real.

Hoy me es posible afirmar, sin hesitación ni recurso al matiz innecesario, que la historiografía cubana, en su corpus más visible, ha alcanzado un lugar destacado dentro del repertorio del positivismo latinoamericano. Lo ha hecho amparada en dos de sus más sólidas columnas, la pedagogía republicana y la domesticación del pasado. A través de esas dos vías, la historia ha sido convertida en un arte de la obediencia y una técnica del asentimiento. La mirada científica —ya sea desde el naturalismo o desde lo social— ha funcionado como una garantía de objetividad, una certificación de verdad. Pero hay algo que nunca ha estado verdaderamente en disputa dentro de ese proyecto historiográfico, el giro nietzscheano hacia una comprensión más radical, más dolorosamente fecunda, de lo histórico. Nietzsche lo llamó el “delirio encubridor”, una forma de historia que no busca representar, sino intensificar la vida. Una historia que no explica ni ordena, sino que actúa como mediadora entre el recuerdo y el olvido, en función de una salud espiritual y corporal, una fisioterapia del alma.

En este punto, la figura de Enrique José Varona se erige como una advertencia premonitoria. En Con el eslabón (1927), ese compendio de aforismos tardíos, Varona expresa con una mezcla de desencanto y lucidez su fracaso como pedagogo positivista. Reconoce que toda teleología educativa, todo intento de formar un sujeto racional y progresista a través del saber histórico, está condenada a enfrentarse con el peso inútil de la experiencia. Escribe, «El bagaje más incómodo de la vejez no son las enfermedades, ni la falta de fuerzas, ni el enflaquecimiento de la memoria; el más incómodo es la experiencia». No alude aquí a la memoria como un depósito frío, sino como un archivo vivo, un sistema de organización que, al igual que el personaje de Borges, Ireneo Funes, puede saturarse hasta volverse incapaz de pensar. Funes lo recuerda todo, pero no puede abstraer, no puede interpretar. Y por eso, aunque lo habite la memoria, no puede hacer historia. Es un archivista sin distancia, un cronista esclavizado por la literalidad.

Esta parábola borgiana, si se lee en clave filosófica, permite intuir la trampa fundamental del positivismo, su ilusión de totalidad. Porque detrás de ese aparato robusto de datos, cronologías y fuentes, se agita otro impulso, más oscuro y más vital, el deseo de que la historia no sea simplemente registro, sino creación; no simple espejo del pasado, sino palanca para transformar el presente. Esa es, a fin de cuentas, la ambición nietzscheana, no servir a la historia, sino servirse de ella como instrumento para el crecimiento, para el ascenso improbable de nuevas formas de existencia.

De ahí que se haga urgente una crítica de todas las formas historiográficas que, bajo sus distintos disfraces —positivismo, hegelianismo, marxismo, historia social, historia de las mentalidades, microhistoria, nueva historia— continúan sosteniendo la gran maquinaria de domesticación del pasado. Todas ellas, en el fondo, comparten una fe común en la inteligibilidad progresiva de lo ocurrido, una confianza excesiva en el orden retrospectivo. Pero ninguna —o casi ninguna— ha tomado en serio el desafío nietzscheano de hacer de la historia una técnica de vitalización, un arte de selección activa, una dramaturgia del porvenir.

Romper con ese esquema implica algo más que cambiar de método o de enfoque, exige una transformación radical del sentido mismo de nuestra relación con el pasado. Exige, también, abandonar la comodidad de la historiografía como disciplina autorizada, y asumir el riesgo de una historia intempestiva, creativa, intensiva, una historia no para saber más, sino para vivir mejor. En definitiva, no se trata de recordar el pasado, sino de inventar el presente.

 

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