La fallida «democracia» de José Martí, según Alberto Lamar

Por Eulogio Osorio Partenson

En el marco de la conmemoración del 173 aniversario del nacimiento de José Martí, fecha que suele convocar más a la repetición ritual que a la reflexión crítica, he vuelto estos días a Biología de la democracia de Alberto Lamar, publicada en 1927, y antes de entrar propiamente en las ideas que allí se formulan sobre Martí considero necesario detenerme, aunque sea brevemente, en el lugar histórico e intelectual desde el cual escribe Lamar, porque nada de lo que dice puede entenderse al margen de la experiencia republicana concreta que lo atraviesa y lo condiciona.

Lamar vivió de manera directa el primer cuarto de siglo de la República, fue testigo activo de sus promesas iniciales y de sus tempranos extravíos, ocupó el cargo de secretario de prensa durante los primeros años del gobierno de Gerardo Machado y participó intensamente en la vida cultural del país como fundador del movimiento minorista, concebido no como una agrupación estética circunstancial, sino como el intento deliberado de constituir una élite intelectual de alta cultura capaz de intervenir en la formación de la nación y de disputar el dominio de una retórica patriótica ya entonces convertida en coartada.

Ese lugar no fue marginal ni secundario. Lamar se movió entre los intelectuales más visibles y activos de su tiempo, sostuvo intercambios con figuras centrales del debate cultural y mantuvo conversaciones prolongadas con De Caricarté, uno de los conocedores más amplios y rigurosos de la obra martiana, lo cual no es un dato menor si se tiene en cuenta que, además, Lamar tuvo acceso a testimonios vivos de personas que conocieron personalmente a Martí, que compartieron con él el clima intelectual del exilio y que conservaban todavía una memoria directa de su palabra y de su carácter. Todo ello confiere a su lectura un espesor histórico poco frecuente y la sitúa en una zona intermedia, incómoda y productiva, entre la experiencia vivida y la elaboración teórica, lejos tanto de la devoción acrítica como de la reconstrucción tardía y puramente conjetural.

Es desde ese lugar, marcado por la cercanía temporal y por el desencanto republicano temprano, que Lamar se aproxima a José Martí sin necesidad de convertirlo en ícono intocable ni en emblema pedagógico. Lo hace desde una preocupación que recorre de principio a fin Biología de la democracia, a saber, la convicción de que la democracia no puede reducirse a un programa moral ni a una fórmula política exportable, sino que constituye una forma de vida que solo puede sostenerse allí donde existe una determinada maduración cultural, una sedimentación de hábitos, ritmos y prácticas colectivas. Cuando Lamar escribe que no se trata de un problema de cultura entendida como simple repertorio de ideas, sino como categoría del ser y como ritmo colectivo, está desplazando deliberadamente la discusión del plano ideológico hacia una dimensión histórica y antropológica que obliga a replantear el lugar de Martí no como símbolo, sino como problema.

Entonces aparece una de las afirmaciones más extrañas y persistentes de Lamar, aquella según la cual Bolívar y Martí pertenecen a la cultura europea y son europeos puros en su formación intelectual, frase que suele ser leída como provocación o como negación de la americanidad martiana, cuando en realidad apunta a una cuestión más precisa y más difícil de aceptar. Lamar no pone en duda el compromiso político de Martí con América ni su entrega a la causa independentista, lo que cuestiona es la organicidad cultural de su pensamiento democrático, el hecho de que Martí piense la política desde una tradición ilustrada europea que presupone hábitos cívicos, estructuras sociales y una experiencia histórica que no se encuentran plenamente desarrolladas en el medio americano al que intenta dar forma.

Desde luego, según Lamar, la democracia martiana no surge de una experiencia social sedimentada ni de una práctica colectiva prolongada, sino de una conciencia individual excepcional que intenta adelantarse a un entorno que no ha desarrollado todavía los ritmos necesarios para sostenerla. Lamar condensa esta idea en una formulación decisiva cuando afirma que estos hombres no se adelantaban al medio, sino que trataban de crearlo, frase que desplaza a Martí del lugar del representante al del fundador solitario. Martí no traduce una voluntad colectiva ya constituida ni siquiera en proceso de consolidación, sino que busca fundarla desde la palabra, desde la exhortación, desde una pedagogía moral persistente. Su discurso no describe una realidad existente, propone una forma ideal.

Esta diferencia resulta crucial porque sitúa a Martí no como expresión orgánica de una cultura democrática, sino como su proyección más alta y, al mismo tiempo, más problemática. Para Lamar, Martí no encarna una democracia en acto ni siquiera latente, sino una aspiración civilizatoria que se mantiene en tensión constante con el medio histórico. Su democracia funciona como horizonte ético más que como forma social efectiva, no nace de la costumbre sino del deber, no del hábito sino del imperativo, y esa distancia entre ideal y experiencia explica tanto la grandeza de su figura como el límite de su eficacia histórica.

Lamar refuerza esta lectura mediante comparaciones históricas que iluminan su posición sin necesidad de subrayados innecesarios. Señala que Miguel Ángel encarna el sentido del Renacimiento, pero vive socialmente en el Medioevo, y que Rousseau encarna el sentido de una sociedad que avanza hacia la democracia, pero vive bajo el gobierno del cardenal Fleury, casos en los que el genio anticipa un sentido futuro que la sociedad terminará asumiendo. Sin embargo, insiste en que el caso de Martí es distinto, porque Martí no anticipa un sentido futuro de la cultura americana, sino que sintetiza un remate de la cultura europea. Su genio no prefigura lo que América llegará a ser, sino que clausura una tradición que América aún no ha incorporado plenamente.

Aquí se concentra uno de los núcleos más polémicos del pensamiento de Lamar, la idea de que Martí no sería el anuncio de una democracia americana por venir, sino el último gran representante de una tradición ilustrada europea trasladada sin mediación suficiente. Su democracia no brota del suelo americano, se injerta en él, y ese injerto, por noble que sea, no garantiza arraigo. Lamar no cuestiona la coherencia interna del pensamiento martiano ni su altura moral, cuestiona su correspondencia con el ritmo real de la sociedad en la que interviene.

De ahí que advierta contra la tentación de juzgar la cultura americana a través de sus hombres síntesis, porque cuando se toma a Martí como medida suficiente de la democracia americana se incurre en una ilusión retrospectiva que confunde el ideal con la realidad y la excepción con la norma. Martí no representa lo que América fue ni lo que era, representa lo que él quiso que fuera. Su figura opera como horizonte y no como espejo, distinción que suele borrarse en el discurso patriótico que convierte al genio en coartada cultural.

Desde este ángulo, Martí aparece en Lamar como una figura trágica en sentido clásico, un hombre que asume una tarea desmesurada respecto a las condiciones de su tiempo, cuya grandeza reside precisamente en ese desajuste, en ese intento de instituir una democracia desde una conciencia que opera fuera de ritmo respecto al cuerpo social. Pero ese mismo desajuste marca el límite de su proyecto político. Martí puede fundar un ideal, puede elevar la exigencia moral de una nación en formación, pero no puede garantizar la realización histórica de ese ideal.

Lamar se expresa desde una experiencia republicana concreta, atravesada por el desencanto temprano ante una República que no logró producir los hábitos democráticos que proclamaba, y esa experiencia informa de manera decisiva su lectura de Martí. No escribe contra Martí, escribe contra la mitificación que lo convierte en explicación suficiente de la democracia cubana, y al hacerlo obliga a separar la altura ética del genio de la densidad real de una cultura, recordándonos que una democracia no se decreta desde la conciencia, por más lúcida que esta sea, sino que se construye, lenta y trabajosamente, en el espesor de la historia.

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