Gombrowicz y el arte narrativo

Por José Bejerano

Aunque podría afirmar —con una convicción apenas sostenida, más próxima al esplín que a una aversión verdadera— que no me atraen de manera particular las narraciones vitales ni el limo movedizo de la remembranza, algo en ellas persiste con una obstinación silenciosa y exige atención, como si supieran de antemano que negarles crédito no equivale a desactivarlas. En los textos autobiográficos y en los ejercicios memorialísticos opera una energía discreta, casi subrepticia, que no depende del episodio relatado ni de su mayor o menor espectacularidad, sino de su aptitud para decantar lo sustantivo con acritud, para separar lo accesorio de aquello que, aun sin saberlo, ha gobernado una vida.

Bajo su fisonomía modesta, a veces deliberadamente doméstica, estos textos funcionan como planos reflectantes donde quedan inscritos los repliegues de lo humano, las tensiones persistentes entre singularidad y comunidad, las huellas silenciosas de una época que se incrustan —como adarce— en la materia sensible del sujeto, dejándole marcas que solo el tiempo y la escritura vuelven legibles. Son, en suma, croquis incompletos de la identidad, o de sus variaciones sucesivas, siempre inestables, siempre en proceso, siempre a punto de contradecirse.

Desde ese umbral incierto, donde la vida se vuelve materia narrativa sin dejar de ser una carga opaca, se perfila casi por gravitación natural la figura de Witold Gombrowicz. No como un nombre más dentro del canon moderno ni como una referencia obligada en el inventario académico, sino como un foco de confluencia donde lo privado y lo general se interceptan, se ponen en cuestión y se impugnan mutuamente. En él, la vivencia no se repliega en el ámbito confesional, como si buscara absolución, ni la especulación asciende a un plano abstracto donde pudiera resguardarse de la experiencia; ambas zonas se rozan, se contaminan y se activan en un movimiento continuo que impide cualquier clausura cómoda. Gombrowicz no escribe para representarse, ni siquiera para comprenderse, sino para desarmarse ante quien lee y, en ese gesto de desposesión deliberada, poner en evidencia las máscaras compartidas, el teatro plúrimo de la forma social y literaria que nos precede y nos modela.

La densidad de su producción apenas halla equivalentes en mi recorrido lector, salvo, quizá, en la empresa oceánica del Ulises de James Joyce, cuya vastedad parece no agotarse nunca y cuyo proyecto totalizador continúa desafiando la paciencia y la inteligencia de quienes se le acercan. Ambos participan de una ambición que rebasa lo narrativo y se adentra en regiones donde la literatura colinda con la reflexión radical y la conciencia se vuelve sustancia estética, materia trabajable, no simple tema. Pero mientras Joyce levanta una arquitectura verbal de vasto aliento, un entramado donde cada elemento responde a una lógica total y donde incluso el exceso parece estar previsto, Gombrowicz actúa desde la inmediatez del gesto y del cuerpo, desde una proximidad incómoda que no concede refugios. Su prosa es menos colosal y más cortante; no progresa por sedimentación paciente, sino por impacto, por fricción, por una lucidez que hiere y que, al herir, obliga a mirar de nuevo aquello que creíamos conocido.

Autor de elevada elaboración conceptual, Gombrowicz se aproxima a la filosofía sin capitular ante ella, como si intuyera que rendirse significaría perder el nervio de la escritura. Permanece en la narración como quien avanza junto a un borde, consciente del peligro y, al mismo tiempo, atraído por él, incapaz de retroceder hacia una seguridad impostada. Su desembarco en la novela parece un accidente fértil, una inflexión del azar que modifica tanto su trayecto personal como el horizonte literario que lo circunda, introduciendo una disonancia que no se deja domesticar. En ese cruce delicado entre noción y forma reverbera la advertencia de Nabokov contra la llamada literatura de ideas, esa propensión a convertir la ficción en un armazón rígido y estéril, donde los personajes no viven sino ilustran. Sin embargo, el proyecto gombrowicziano invalida ese temor desde dentro, porque en sus libros las nociones no se superponen al relato como un añadido externo, sino que germinan desde el propio movimiento del texto, como si fueran un subproducto inevitable de la narración misma.

Su escritura está colmada de pensamiento, pero no de un pensamiento que asfixia ni que se impone con gesto magistral. Las nociones operan como una corriente subterránea que confiere relieve y cadencia al discurso, que lo empuja sin hacerse visible del todo. Quien lee no percibe que lo abstracto opaque la sustancia narrativa; advierte, más bien, una interdependencia constante, una necesidad mutua que impide separar con claridad la idea del gesto, el concepto de la escena. Lo conceptual surge como residuo —casi como lampo— de una pulsión creadora que oscila entre orden y desvío, entre estructura y deformación, entre la necesidad de forma y la sospecha permanente hacia ella.

Ese ajuste delicado entre noción y relato, entre reflexión y materia sensible, otorga a la obra de Gombrowicz su condición irreductible. En sus novelas no comparecen doctrinas camufladas ni tesis disimuladas, sino una realidad intensamente humana, discontinua, contradictoria, viva, que se resiste a cualquier cierre tranquilizador. Allí, las encrucijadas de la modernidad no se enuncian ni se resuelven; se encarnan en situaciones, en gestos, en humillaciones y desafíos que no admiten moraleja. Por eso su voz no se vuelve zullenca ni se solidifica en estatua; persiste como una presencia incómoda y necesaria, capaz todavía de desbaratar certezas.

Tal vez por eso, al volver una y otra vez a Gombrowicz, uno tiene la impresión de estar leyendo a alguien que no escribe desde una posición de autoridad, sino desde una vulnerabilidad cuidadosamente trabajada, desde una conciencia aguda de la impostura que sostiene tanto la vida social como la literatura. Esa conciencia no conduce al cinismo fácil ni a la negación estéril, sino a una forma de lucidez que acepta el conflicto como condición permanente. En ese sentido, su obra dialoga menos con las grandes construcciones sistemáticas que con la experiencia concreta de la incomodidad, del desajuste, de la risa que no libera del todo.

Gombrowicz demuestra, en última instancia, que las ideas, cuando se injertan con naturalidad en la ficción y no se imponen como programa, no empobrecen el arte narrativo, sino que lo empujan hacia zonas inciertas donde escribir y pensar se confunden en un mismo gesto, donde la narración deja de ser un mero vehículo y se convierte en espacio de prueba. Quizá sea ahí, en ese territorio sin garantías, donde la literatura encuentra todavía su razón de ser, no como afirmación de identidades consolidadas, sino como interrogación persistente de aquello que creemos ser y que, sin embargo, nunca termina de fijarse.

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